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Hannah Arendt: radiografía del mal

Por Agustina Miranda Giordano

El bien y el mal constituyen un interrogante inherente al ser humano, estos conceptos son una constante en la tradición del pensamiento.

Ilustración: Ingrid Fonoy Díaz

Desde una perspectiva política y filosófica, Hannah Arendt en su búsqueda de nuevas categorías conceptuales para pensar su presente, juzgar los sucesos y las acciones de los regímenes totalitarios, en especial en el totalitarismo nazi, repara en el tema del mal, específicamente, en la ‘banalidad del mal’ a partir de la falta de pensamiento de los seres humanos.

Arendt, judía y pensadora política, asistió al juicio de Eichmann realizado en Jerusalén en 1961 en calidad de cronista del The New Yorker. El resultado de su asistencia al juicio es el libro titulado Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal (1963). Esta obra se centra en un tema muy concreto, desarrolla el proceso y las etapas del plan genocida nazi: expulsión, concentración y exterminio. En este análisis, un lugar significativo lo ocupa la figura de Eichmann, caracterizado como un ser banal, un burócrata incapaz de pensar.

Adolf Eichmann fue un oficial nazi condenado por el asesinato de judíos y por ser uno de los ideólogos de la llamada Solución Final de la «cuestión judía» durante la Segunda Guerra Mundial. Eichmann se ocultó en Buenos Aires, Argentina, y en mayo de 1960, fue encontrado y secuestrado por agentes de seguridad israelíes. Posteriormente fue llevado a Israel para comparecer en el juicio por sus crímenes, juicio que tuvo lugar en abril de 1961.  Para Arendt esta fue una tarea prioritaria porque la concibió como una oportunidad de acercarse y enfrentarse a los responsables del Holocausto y de esta manera hacerse cargo y dar respuesta a su presente.


Adolf Eichmann (1906-1962) fue considerado como uno de los principales culpables del genocidio nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Escapó a Argentina y vivió en una comunidad rural de la Provincia de Buenos Aires bajo el nombre de Ricardo Clement, hasta su captura por miembros del Mossad.

A partir del estudio del caso de Eichmann, Arendt acuñó la noción ‘banalidad del mal’ en la que la premisa central es la falta de pensamiento, por la que los seres humanos aceptan de modo acrítico e irreflexivo cualquier criterio o norma.

Esta idea de ‘irreflexibilidad’ tiene ciertas implicancias. Por un lado, el trato cosificante y deshumanizante hacia otros seres humanos, es decir, la consideración superflua y banal de otros seres humanos que conduce a la anulación de la dignidad de la vida humana. Por otro lado, la trivialidad con la que se acepta cualquier idea y doctrina por absurda que ésta sea, dicho de otro modo, seguir doctrinas o mandatos sin reparar en ellos. Esta falta de pensamiento convierte a cualquier ser humano en una presa ideal para la manipulación ideológica. Además de una actitud de indiferencia total sobre los efectos de estas ideas llevadas a la práctica

La impresión -e impacto- que le produjo el acusado a Arendt fue la de una persona que, en apariencia, no lucía como un monstruo o asesino brutal. Afirma que Eichmann parecía totalmente corriente, no presentaba signos de convicciones ideológicas sólidas ni motivos específicamente malignos. La única característica destacable en él era su incapacidad para pensar. 

La ‘banalidad del mal’ no significa que el mal carece de importancia, ni tampoco se minimiza la crueldad de sus efectos, sino que implica, desde la perspectiva arendtiana, que el mal se torna banal cuando se lo justifica como derivado de alguna ‘verdad’ o doctrina.

En el caso de Eichmann esto es bien claro, él nunca cuestionó ni desobedeció la ideología nazi. De hecho, Eichmann para justificar sus crímenes se apoya en que él sólo obedecía las normas. Eichmann murió con la certeza de haber obrado según el deber que le correspondía, las normas prescritas y de no haber hecho nada malo.

Eichmann fue capturado y trasladado a Jerusalem, donde se realizó un multitudinario juicio. Fue condenado a la horca y lo ejecutaron en 1962.

Si Eichmann participó en el genocidio fue porque el aceptó hacerlo, él tuvo la libertad de decir no, abstenerse y actuar de otro modo, pero no lo hizo.  Eichmann, como todos los involucrados en estos actos, tenían la capacidad de poner en duda, cuestionar y sospechar de las supuestas ‘buenas intenciones’ de Hitler. Pero, no lo hicieron.

Eichmann no era estúpido. Unicamente la única y pura irreflexión […] fue lo que le predispuso a convertirse en el mayor criminal de su tiempo.

Post Scriptum, Arendt, 1965

¿Desidia, adoctrinamiento o enajenación?

Para Arendt, todos los seres humanos tenemos la capacidad de pensar. Esto no tiene que ver necesariamente con el nivel de educación (aunque ella sea un elemento importantísimo), sino más bien con la capacidad y la posibilidad de elegir cómo actuar ante las situaciones que acaecen.  Dicho de otro modo, tiene que ver con la libertad y la responsabilidad. Así como sucedió en el caso de Karl Jaspers o Reck-Malleczewen y de muchas otras personas que se negaron a adherirse al nazismo a partir de una actitud y un ejercicio de reflexión moral.

Arendt no afirma que el pensamiento garantice actuar bien (hay muchas personas inteligentes que actúan sin reflexión). Mucho menos considera que éste nos pueda garantizar alguna definición universal sobre el bien y el mal, sino que más bien indica que por falta de pensamiento reflexivo el ser humano puede caer en la estupidez y esto conducir a consecuencias irreversibles para la humanidad. No se trata de que los seres humanos no piensen en absoluto, sino que piensan unilateralmente, desde una visión cosificante de los humanos como meros objetos.

Afirma Arendt que la banalidad del mal “puede proliferar y arrasar el mundo entero precisamente porque se extiende como un hongo en la superficie. Desafía al pensamiento, según dije, porque el pensamiento trata de alcanzar alguna profundidad, de ir a la raíz, y en el momento en que se ocupa del mal se ve frustrado porque ahí no hay nada. Tal es su ‘banalidad’. Sólo el bien tiene profundidad y puede ser radical […] El modelo concreto de lo que tengo en mente, seguirá siendo sin duda Eichmann.”

La figura de Eichmann se repite muchas veces a lo largo de la historia, esta banalidad del mal por la falta de pensamiento la podemos encontrar en muchos casos, algunos de ellos, aunque no todos, son: Reinhard Heydric, oficial nazi de alto rango durante la Segunda Guerra Mundial, y uno de los principales autores del Holocausto. ​ Erich von dem Bach-Zelewski, militar alemán, también relacionado con creación del campo de concentración de Auschwitz. Claude Robert Eatherly, oficial de las Fuerzas Aéreas del Ejército de los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial y piloto del avión que apoyó el lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima, en Japón.


Lamentablemente, son hechos que se siguen repitiendo en nuestro conflictivo presente, donde acontecen guerras, corrupción, manipulación, violación a la dignidad humana y los derechos humanos.  El mal encuentra terreno fértil allí donde la facultad de pensar y de recordar es pobre. Esta ausencia del ejercicio del pensamiento conduce a dejarse arrastrar por los acontecimientos. Arendt no tiene la intención de prescribir valores, sino de acentuar la capacidad de todos los seres humanos de interrogar todo valor dado, todo dogma fijado. No se trata de adoctrinar, sino de suscitar el ejercicio del pensar, de la reflexión, de la duda, de la pregunta. Esto significa tener una actitud no pasiva, sumisa y obediente, sino una actitud activa que implica ejercitar nuestra voz para denunciar y sospechar de todo orden determinado.


Agustina Miranda Giordano (Argentina): estudiante de Profesorado de grado universitario y Licenciatura en Filosofía, Universidad Nacional de Cuyo.

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