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¿Quién está mal?

El activismo digital nos ha hecho replantear actitudes que teníamos normalizadas y que son discriminatorias. No obstante, los flujos de información difusos pueden hacernos cometer errores básicos y perjudicar la causa por la que se lucha.

El mundo ha cambiado en los últimos años y con ello la sociedad. Entre muchos de los nuevos fenómenos que nos encontramos actualmente, se puede destacar el activismo digital como una innovadora forma de participación local y global que ha creado nuevas formas de acción colectiva.

El “netactivismo” —otro nombre con el que se conoce al activismo digital o ciberactivismo— ha sido fundamental en la búsqueda de una mayor democracia y de una mejor regulación de las instituciones gubernamentales, convirtiéndose asimismo en un proceso de lucha y uso de recursos, como el internet, para conseguir más justicia, libertad e igualdad. Así, hoy vivimos en un contexto de crisis de representatividad donde, si bien la mayoría de las personas sigue eligiendo a la democracia como la mejor forma de gobierno, también se siente cada vez menos representada por los políticos y las instituciones estatales.

Uno de los mayores problemas de los flujos de información contemporáneos es que son tan diversos y difusos que nos pueden mostrar panoramas distorsionados y parciales de la realidad. Además, la búsqueda exhaustiva de errores que corregir en pos de la desconstrucción social puede hacernos cometer otras equivocaciones y afectar la causa por la que luchamos. Son numerosos los ejemplos de esta situación, por lo que aquí solo desarrollaré dos que versan sobre una temática que está copando todos los medios: el racismo.

El primero de ellos, es la retirada del clásico del cine “Lo que el viento se llevó” del servicio de streaming “HBO Max”, en el corriente mes de junio, como un símbolo de apoyo al “Black Lives Matter”, movimiento originado dentro de la comunidad afroamericana que lucha contra el racismo. La película, que llegó a los cines en el año 1939, fue tan popular que lideró el ranking como la más rentable de la historia por casi 25 años.

El film, que narra la historia de supervivencia de Scarlett O´Hara en el sur de Estados Unidos durante la Guerra Civil y la Reconstrucción, está sufriendo las consecuencias del revisionismo histórico siendo acusada de romantizar el racismo por personificar a los esclavos negros como personas felices, “tontas” y dedicadas a sus patrones. Por ello, HBO lo quitó temporalmente, para agregarle “una exposición de su contexto histórico y una denuncia de esas representaciones”, y subirlo nuevamente.

El primer problema que se presenta en este caso es querer juzgar la cultura moralmente – porque, nos guste o no, la película es parte de la misma a nivel mundial – y puesto que justamente la moralidad está determinada, entre otras cosas, por esa cultura que tiene como una de sus características al dinamismo. El otro error es ignorar el contexto histórico y social de la película. Sí, tiene fundamentos racistas eso es innegable, pero hasta es una obviedad aclarar que hace 80 años en un país en el que existía la segregación racial esto no fue tan crítico como lo es hoy.

Se puede censurar una película, mas no se puede censurar la historia. La sociedad no solo debe ser capaz de no repetir los errores, sino también tiene que poder analizar el pasado y reconocerlo para lograr la deconstrucción. Quizás la actitud de HBO no es tan cuestionable ya que, según dicen, mantendrá las escenas que tuvo originalmente. Sí considero que el Orpheum theatre —un histórico teatro de Memphis, Tennessee— se equivocó al retirarla de su programa, en el cual había estado por 34 años consecutivos. Si buscamos eliminar todo producto pasado por representaciones discriminatorias, tendremos que borrar una larga lista y terminaremos por invisibilizar la misma causa por la que luchamos. Considero mejor combatir por desarrollar, a través de la educación, una conciencia colectiva que sea capaz de reconocer estas ideas y su peligro para la comunidad.

El segundo ejemplo es de Argentina y es un tanto ingenuo. Se trata de criticar el isotipo de la harina leudante “Blancaflor”, por la representación de blackface —práctica de pintarse la cara de negro en forma de burla hacia las personas de tez oscura—. Comenzó en el siglo XIX como una vía de ridiculización hacia los esclavos africanos por parte de los blancos, quienes de igual modo los personificaban como perezosos, ignorantes, cobardes e hipersexuales.

Estamos frente a un acto completamente racista y repugnante, pero lo que los activistas argentinos no sabían es que Blancaflor no hace alusión a esta práctica discriminatoria, sino que es el personaje de una leyenda ibérica. Ese es el nombre de la hija del diablo, quien según la narración, ayudó a un príncipe por medio del cumplimiento de tres desafíos que debía realizar para recuperar su vida que le era debida al diablo. Los retos eran: allanar una ladera, sembrar trigo y hacer pan para el diablo en un solo día; allanar una montaña, sembrar cepa y hacer vino; y por último recuperar un anillo perdido en el estrecho de Gibraltar. Por eso mismo se la representa cocinando en el dibujo.

Bajo ningún término pretendo que se interprete que me opongo al ciberactivismo. Por el contrario, apoyo que se utilicen las nuevas herramientas en pos de un mundo más justo, libre e igualitario. No obstante, creo que debemos ser cuidadosos a la hora de escoger la información y de estructurar nuestros reclamos ya que podremos terminar por repetir mentiras, como en el caso de la marca de harina, o por exigir medidas que afecten la causa que apoyamos. Sortear estas dificultades sin atentar contra la libertad de expresión es el nuevo desafío que tenemos como sociedad.


Opinión

José Ignacio Teruel (Argentina): Licenciado en relaciones internacionales, Universidad de Congreso.

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