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Hacia un nuevo paradigma de desarrollo

Una reflexión sobre la necesidad de plantear qué tipo de futuro post pandemia queremos para imaginar y construir nuevos modelos de organización de nuestras sociedades.

Alex Wong/Getty Images

La pandemia causada por el COVID-19 ha marcado una crisis en el modelo de crecimiento económico, poniendo en cuestionamiento conceptos preestablecidos. Sociedades complejas, avanzadas y modernas han entrado en una coyuntura de cambios de la noche a la mañana y aún no se logra dimensionar con exactitud la magnitud de los impactos que este cataclismo global ha provocado. Esta crisis presenta distintas facetas (económica, ecológica, política y social) con implicancias de corto y largo alcance. No obstante, es en estos momentos donde surge la oportunidad de mutar y elegir nuevas orientaciones para la humanidad.

En consecuencia, se plantea la urgencia de revisar el antropocentrismo, las narrativas e imágenes que orientan la construcción de futuros. En este sentido, para influir en aquellas es necesaria la participación de todos los actores sociales y su articulación para construir poder. Aunque la principal prioridad en este momento de los gobiernos es hallar una vacuna tan pronto como sea posible y mitigar las consecuencias económicas y sociales de la pandemia, es fundamental mirar más allá de la coyuntura actual. En tiempos donde desde el Foro Económico Mundial se habla de resetear el capitalismo, se requiere plantear qué tipo de porvenir queremos para la humanidad para así imaginar y construir nuevos modelos de organización de la comunidad internacional.

En principio cabe mencionar algunos datos ilustrativos y relevantes del estado de cosas actual a nivel global en materia ambiental. Según un reciente informe de Naciones Unidas elaborado por la Plataforma Intergubernamental de Ciencia y Política sobre Biodiversidad y Servicios de los Ecosistemas (IPBES), la contaminación causada por plásticos se ha incrementado por 10 desde 1980. La degradación de la tierra ha reducido la productividad del 23% de la superficie terrestre mundial, y entre 300 a 400 millones de toneladas de metales pesados, disolventes, lodos tóxicos y otro tipo de desechos de instalaciones industriales se vierten cada año en las aguas del planeta. Los fertilizantes que ingresan a los ecosistemas costeros han producido más de 400 “zonas muertas” en los océanos, totalizando un área de más de 245.000 km2 —un área mayor a la del Reino Unido—.

Gráfico obtenido de informe especial del IPCC, «Climate change and land».

Se suma a todo lo antedicho que en 2015 el 33% de las poblaciones de peces marinos se ha capturado a niveles que son considerados insostenibles; más de 1/3 de la superficie terrestre del mundo y casi un 75% de los recursos de agua dulce se dedican ahora a la agricultura o ganadería; y, como si fuera poco, entre 1980 y 2000 se perdieron 100 millones de hectáreas de bosque tropical, como resultado principalmente de la ganadería en América Latina y de las plantaciones en el sudeste asiático. En paralelo, la población mundial se ha más que duplicado (de 3.700 a 7.600 millones) aumentando de manera desigual entre países y regiones.

La otra cara oculta de este modelo de crecimiento y de la voracidad ilimitada por los recursos naturales, es el ataque continuo sobre ecosistemas y áreas habitadas por pueblos indígenas que sienten la presión de actores que avanzan sobre sus territorios. Según un informe reciente elaborado por la organización Global Witness las cifras de asesinatos a líderes ambientales ha registrado una suba significativa en el año 2019, una tendencia que no disminuye desde el año 2015. Más de 2/3 del total de muertes de ambientalistas se ha dado en América Latina y de los 10 países con el mayor número de líderes muertos, 7 son latinoamericanos —Colombia y Brasil son los países más afectados en la región—. Entre los sectores más letales para los defensores ambientales encontramos el de la minería y las industrias extractivas, seguido por el de la agricultura, ganadería y explotación forestal.  

A la luz de estos datos es necesario plantear un cambio de paradigma, lo cual implica indiscutiblemente realizar modificaciones culturales como un todo y en el comportamiento de los individuos. El avance científico y tecnológico dentro del mismo paradigma mental no contribuirá a solucionar el problema.  Para realizar estas transformaciones se parte de un concepto de desarrollo distinto que no tiene que ver exclusivamente con el crecimiento económico y el bienestar material. Comprende la creación de un entorno en el que las personas puedan desarrollar su máximo potencial y llevar adelante una vida productiva y creativa de acuerdo con sus necesidades y aspiraciones personales. En consecuencia, la medición del bienestar en los sistemas estadísticos de los gobiernos deberá mutar para reflejar esta transformación de paradigma.

Foto: Marcelo Manera

Estas variaciones requieren de esfuerzos colectivos a gran escala y de una fuerte revisión en la educación. Los resultados solo podrán verse en el largo plazo y la aquella debe ser un eje en la agenda, incorporando nuevas dimensiones como el desarrollo espiritual, la conciencia ecológica y la gestión emocional de las personas; esenciales para un progreso en armonía con el entorno social y ambiental.  

A su vez, debemos replantearnos el actual paradigma de consumismo que está en el corazón del sistema económico. El consumo masivo a gran escala es reciente en la historia de la humanidad, su surgimiento proviene del período de la Revolución Industrial y la aparición de la industria publicitaria que apunta a despertar el deseo de acceder a una cantidad infinita de productos y servicios. Todo esto nos lleva a pensar en el bienestar y la felicidad desde otra aproximación basada en la psicología, las neurociencias y la sociología. Siguiendo el enfoque de Abraham Maslow (psicólogo estadounidense) de las jerarquías de las necesidades y motivaciones humanas, las políticas públicas deberían orientarse primero en asegurar las más básicas para luego permitir la realización de sus aspiraciones más elevadas como personas.

En conclusión, de no realizarse cambios radicales en la organización de nuestras sociedades, los escenarios a futuro son sombríos. Los Objetivos de Desarrollo Sostenible no podrán alcanzarse de seguirse la misma trayectoria. Ya el Club de Roma en el año 1972 informaba acerca de los límites en el crecimiento económico en un planeta finito. Como se ha visto, solo de una manera holística e interdisciplinaria se pueden comprender y abordar los problemas que enfrentamos en toda su magnitud y complejidad. De igual manera, es necesario actuar en distintos niveles desde lo local a lo global y encontrarse maneras de subordinar los objetivos de corto a largo plazo, analizando maneras de modificar el comportamiento humano y los sesgos cognitivos en los procesos de toma de decisiones.

Ilustración Andrea Ucini

Las tendencias negativas en la naturaleza continuarían hasta 2050 y más allá en todos los escenarios de políticas analizados en el Informe de Naciones Unidas mencionado, excepto aquellos que incluyen una transformación debido a los impactos proyectados del aumento de la modificación de uso de la tierra, la explotación de organismos y el cambio climático, aunque con importantes diferencias entre regiones.


Fernando Ruiz (Argentina): Licenciado en Relaciones Internacionales; investigador y divulgador científico; e integrante del Centro de Estudios Prospectivos de la Universidad Nacional de Cuyo y del Centro de Estudios de la Circulación del Conocimiento Científico.

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