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75 años de déficit en el multilateralismo

Nos vestimos de gala para recibir el septuagésimo quinto aniversario de Naciones Unidas, pero lamentablemente va a ser un festejo muy peculiar sin confeti, fuegos artificiales y con más preocupaciones que logros para celebrar.

La copa se levanta pero parece que son pocos los comensales dispuestos a brindar. Aparentemente un mundo más hostil nos rodea de aquel que dio origen a la Organización y, si bien no hay guerra sangrienta tan abrupta que lamentar, lo regional o relacional hace casi imposible la concreción de proyectos que salvaguarden la vida en comunidad de los Estados.

Este 2020 ha traído graves turbulencias y, con el COVID-19 como protagonista, se ha intensificado la impredecible dinámica de relaciones que manejan los actuales actores internacionales. Algunas cuestiones previsibles y otras no tanto, hacen que la realidad y, aún más nuestro futuro, se tambalee en un abismo de incertidumbre donde a todas luces hay más preguntas que respuestas.

Si nos remontamos a aquel 24 de octubre pero de 1945 con la Carta de Naciones Unidas en manos, llenos de esperanzas y expectativas de una comunidad internacional con mayor unidad, ¿hoy en día podemos decir que fueron satisfechas? ¿O sólo fueron promesas y un vitoreo momentáneo? El malestar mundial evidentemente triunfó.

El banquete está servido

El pasado 15 de septiembre se dio inicio a la, también, 75° sesión de la Asamblea General pero, a diferencia de años anteriores, esta vez no se vio a ningún auto desfilar por la Primera Avenida ni ningún líder caminando por los pasillos de la sede, ni siquiera el propio Donald Trump quien era el único que podía asistir en persona y que decidió hacer prevalecer su campaña presidencial.

Por motivos ya conocidos la misma se llevó a cabo de forma virtual y, para asombro de muchos, contó con mayor participación que años anteriores. Ahora, ¿qué nos dejó la pasada Asamblea?

El eje común de todos los discurso fue ni más ni menos que el coronavirus, pero al parecer fue el único punto de contacto ya que podemos sintetizarlo como un encuentro de discordancias, y poca demostración de cooperación y solidaridad.

Quien dio el primer bocado fue Jair Bolsonaro de Brasil que enfatizó en la politización del virus por la cual se diseminó el pánico en la población y la campaña de desinformación sobre Amazonia por parte de grupos antipatriotas, aunque deberíamos aclararle que una imagen dice más que mil palabras.

AFP via Getty Images

El ruso Putin elogió constantemente a la ONU y sostuvo la importancia de reformar el Consejo de Seguridad en miras de incluir los intereses de todos los países pero, a su vez, el de conservar el derecho a veto. Un poco contradictorio su discurso, ¿no? Otros puntos en donde se focalizó fue el de la liberación del comercio global, sobre las armas estratégicas y el despliegue de misiles, donde dejó en claro la total falta de respuesta por parte de EEUU para la concreción de acuerdos.

El plato más caliente, aunque no nos sorprende, fue de la mano de Donald Trump que, como no se podía esperar de otra forma, alabó su actuación ante el “virus chino” y de esta forma comenzó un discurso lleno de golpes al país asiático, como fue el caso de sus palabras hacia la Organización —que de paso aprovechó y le dio algunos consejos de actuación— para que responsabilice a China por la pandemia, sumado a las denuncias de las emisiones de carbono y la pesca ilegal de Beijing. No podía faltar el lema que lo acompaña siempre de poner a su país primero como así lo debían hacer cada uno de lo de los demás países.

Cuando le tocó el turno a Xi Jinping pensamos que la cuestión se iba a poner más ríspida pero, para sorpresa, tuvo un discurso conciliador anunciando como objetivo lograr un “pico” en las emisiones de CO2 antes de 2030 y la neutralidad de carbono para 2060, como así también su falta de intenciones por entrar en una “guerra fría” y sosteniendo que las soluciones de diferencias debían provenir del diálogo y negociaciones. A pesar de esto, no desaprovechó su momento para rechazar la politización y estigmatización que se creó alrededor del coronavirus.

Argentina no estuvo exenta de polémicas, ya que Jeanine Áñez de Bolivia arremetió contra el gobierno sudamericano, haciendo su denuncia contra un «acoso sistemático y abusivo» que dice haber sufrido contra sus instituciones.

Por su lado, los europeos utilizan su tiempo para decir lo correcto, fomentando la necesidad del multilateralismo. No era de esperarse lo contrario.

Al margen de las palabras; los modales, formas, las banderas, el decorado y el espacio en donde cada uno se hizo presente, también dejan un mensaje a analizar y muchas veces tienen mayor importancia que los propios platos sobre la mesa.

Llegó la hora de brindar, pero ¿qué celebramos?

El brindis es un símbolo de celebración y expresión de buenos deseos para el porvenir. Los invitados al banquete alzan sus copas, y el anfitrión pronuncia unas breves pero especiales palabras de agradecimiento por los logros alcanzados gracias a la solidaridad de quienes le acompañan en la mesa.

Pero dado el actual contexto, ¿puede el Secretario General de la ONU acompañar su brindis con un honesto discurso de agradecimiento? ¿Vale celebrar sus tres cuartos de siglo con copas de champaña alzadas por líderes austeros y hostiles a la solidaridad que su misión promulga?

Gran parte de los discursos expuestos en la Asamblea General reflejan un claro debilitamiento de un sistema de gobernanza mundial. Y aunque el actual contexto que estamos atravesando nos demuestra que los problemas globales requieren de respuestas globales, los mecanismos multilaterales propuestos por Naciones Unidas desde 1945 han sido apartados para dar lugar a herramientas de fuerte tinte nacionalista para hacerle frente a la crisis del COVID-19.

Sin embargo, la pandemia no es más que la gota que rebalsó el vaso de la universalidad. Lo que antes se conocía como una simple guerra comercial entre China y Estados Unidos, hoy se ha convertido en una especie de “guerra fría comercial”, en la que las medidas proteccionistas no hacen más que profundizar una recesión económica que hoy afecta a todos los países del mundo.

Ilustración: El País

Podríamos decir incluso que la crisis sanitaria ha servido de excusa a varios países para cerrar sus fronteras, incrementar su autonomía productiva y lograr una nueva meta individual: el primero que consiga la vacuna se sentará en la punta de la mesa del próximo banquete. Pero, ¿de qué puede servir la competencia cuando la pobreza aumenta y la salud de quienes, se supone los líderes deben proteger, se ve desamparada?

Mientras las tendencias nacionalistas avanzan con creces en el diseño de políticas de Estado, estas técnicas de cuidado puertas adentro limitan las creativas posibilidades de generar nuevos métodos de protección ciudadana. El multilateralismo ve sus herramientas más nobles amenazadas y arrinconadas por la obstinación de líderes irresponsables que pocas ventajas políticas encuentran en la cooperación.

Y sin embargo, el virus es una de las varias problemáticas a las que el mundo debe hacerle frente y que poco ha logrado hacer para lograr una contención conjunta y coordinada.

Nuestro ecosistema ya no tolera mayores daños a la naturaleza, haciendo cada vez más notorios los efectos del cambio climático. La crisis por el clima y la falta de respuestas concretas por parte de las grandes potencias, son una clara muestra de que no importa cuántas veces se anote el tema en la agenda internacional ya que por lo pronto es un ítem que aún no podemos tachar. Mientras avanza y amenaza poniendo en peligro a todas las especies que habitan la Tierra, y en tanto que los pulmones que posee nuestro planeta arden, no son pocos los líderes mundiales que posponen el deadline de propuestas y respuestas a esta urgencia.

Y como por si fuera poco, todo esto refleja la fragilidad institucional de todos los sistemas: estatales nacionales, bilaterales, regionales y el sistema global de las Naciones Unidas. Cuando más necesarios se hacen los esfuerzos de cooperación para hacerle frente a la urgencia, a la luz se asoma la ineficiencia de su funcionamiento.

Entonces, ¿existen aún motivos para celebrar el 75° aniversario de este sistema global? 

Ya se acabó, ya es el fin de fiesta

Con la pandemia afectando a 193 países alrededor del globo y un futuro que parece incierto, la pregunta ahora es ¿cómo la Organización puede continuar manteniendo su relevancia?

La realidad ya ha forzado una serie de cambios, algunos de los cuales han demostrado la unidad y la importancia de Naciones Unidas más allá de una plataforma de intercambios geopolíticos y posturas ineficaces. En particular, el Programa Mundial de Alimentos que recibió el Premio Nobel de la Paz este año, ha brindado asistencia alimentaria a corto plazo a quienes se encuentran en centros de cuarentena en países desde Siria hasta Myanmar. Además, ha trabajado para brindar oportunidades de empleo a quienes han perdido sus ingresos debido al coronavirus en Irak. Llegando a más de 70.000 personas en cuatro ciudades, este programa ha proporcionado actividades y trabajos centrados en la comunidad.

«No se ha vertido un molde fijo. Cambiando el mundo las condiciones requerirán reajustes, pero serán reajustes de paz y no de guerra.»

Harry S. Truman, trigésimo tercer presidente de Estados Unidos

También podemos considerar la Agencia de la ONU para los Refugiados, que también ha continuado y ampliado sus actividades notables en estos últimos meses. Con el número de personas desplazadas en aumento drástico, el personal de ACNUR se ha quedado en 135 países para brindar ayuda, incluida la instalación de nuevas estaciones de lavado de manos y otros protocolos de higiene en los campos de refugiados. También han ayudado a 750.000 estudiantes refugiados y desplazados con la transición a la educación a distancia.

A pesar de las críticas, la ONU es vital para el desarrollo de aquellas políticas globales y para mitigar las problemáticas que acechan a la comunidad internacional. Los proyectos colectivos antes mencionados que sirven a las necesidades de muchos —y no a unos pocos intereses nacionalistas— deberían ser un modelo a futuro para aquella. Se acerca un mundo nuevo y se ha demostrado que puede se adaptar y unir para atender mejor las necesidades globales en tiempos de depresión, siempre que se deje a un lado la división entre países. Los hechos sucedidos este 2020 deben utilizarse como una oportunidad para reducir la polarización y los argumentos geopolíticos entre los Estados miembros, y trabajar verdaderamente por la paz, la igualdad y la dignidad en este planeta.

De esta forma, se apagan las luces, se cierran las puertas y se despiden los líderes hasta la próxima. Ninguno será el mismo de aquel que llegó a cuando se retiró, y esperamos que la velada haya sido de utilidad para replantearse en qué lugar nos encontramos y hacia donde realmente queremos dirigirnos.

Illustration Aïda Amer/Axios

REDACCIÓN: Victoria Repullés, estudiante de Derecho; Ana Paula Collado, Licenciada en Relaciones Internacionales; y Scout Meredith, estudiante de Relaciones Internacionales

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