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¿Qué es la Geoeconomía?

Por Estanislao Molinas

En un contexto de tensiones crecientes entre potencias y de fragmentación del comercio global, la geoeconomía busca comprender cómo las estrategias económicas se transforman en instrumentos de poder político y cómo la rivalidad internacional redefine las reglas del sistema multilateral.


En el último tiempo, la palabra geoeconomía reapareció con fuerza en el vocabulario de economistas y analistas internacionales. Lejos de ser una buzzword o palabra de moda, su aparición responde a la necesidad de definir el comportamiento económico de los actores del sistema internacional contemporáneo, el cual es sumamente difícil de encasillar en una definición categórica unívoca, a diferencia del sistema bipolar imperante durante la Guerra Fría.

El declive relativo de la hegemonía estadounidense post 11/S,  el ascenso de nuevas potencias en Asia y la reaparición de conflictos armados entre Estados, configuran un entorno caracterizado por la competencia y la erosión del orden institucional multilateral. En este escenario, ha vuelto al centro del análisis una pregunta clásica: ¿Cómo se vinculan el poder político-geográfico y la economía en la política internacional?

En esta línea y tratando de dar respuesta a esta interrogante, Mohr y Trebesch (2025) definen la geoeconomía como “el campo que examina los vínculos entre la geopolítica y la economía”. Entendiendo a la primera, según Lacoste, como la rivalidad por el poder e influencia sobre territorios y poblaciones. Instituyendo así, no solo un concepto, sino una disciplina en sí misma. Esta última, podríamos decir que es una derivación de la Economía Política Internacional.

Bajo esta mirada, la geoeconomía no se limita al estudio del comercio o las finanzas internacionales, sino que abarca las interacciones entre seguridad, conflicto, desarrollo y Bajo esta mirada, la geoeconomía no se limita al estudio del comercio o las finanzas internacionales, sino que abarca las interacciones entre seguridad, conflicto, desarrollo y política internacional. Su objetivo es comprender cómo las tensiones políticas y militares afectan el crecimiento, la inversión o la inflación, y cómo, a la inversa, las decisiones económicas pueden moldear el equilibrio global del poder. Es aquí donde podemos repensar la famosa frase de Von Clausewitz (1997) y adaptarla a este contexto: La economía internacional no es más que la continuación de la geopolítica a través de otros medios.

El renacimiento del concepto se debe, en parte, al reconocimiento de que los instrumentos económicos han pasado a ocupar un lugar central en la competencia entre Estados. Como señalan Aiyar et al. (2023), la creciente utilización de sanciones, embargos y restricciones tecnológicas evidencia una tendencia hacia la “fragmentación geoeconómica”, un proceso en el que las interdependencias que sostuvieron la globalización se vuelven vulnerables o se reconfiguran en bloques rivales.

El campo, en su sentido moderno, es interdisciplinario. Surge en el punto de encuentro entre la economía internacional, la ciencia política y los estudios de seguridad. Según Mohr y Trebesch, puede dividirse en cinco subcampos de investigación dentro de la Geoeconomía: las herramientas de política geoeconómica (como sanciones y embargos), la geopolítica del comercio, la geopolítica de las finanzas internacionales, los efectos de los riesgos geopolíticos en las economías domésticas y la economía de la guerra. Estas áreas muestran que la economía y la seguridad no son dominios separados, sino dimensiones interdependientes de un mismo sistema.

Desde esta perspectiva, la geoeconomía permite reinterpretar los acontecimientos contemporáneos -la guerra en Ucrania, las disputas por el control de los semiconductores, la pugna por los minerales críticos o la reorganización de las cadenas de suministro- como expresiones de un mismo fenómeno: la politización del intercambio económico. El comercio, las inversiones y las tecnologías ya no se conciben sólo como medios de prosperidad, sino también como instrumentos de poder y coerción. Las decisiones empresariales y los flujos financieros están condicionados cada vez más por consideraciones estratégicas: quién controla la energía, quién domina la tecnología y quién define las reglas del intercambio global.

El caso de los semiconductores ilustra con claridad esta lógica. Estados Unidos y China compiten por el control de un insumo que sustenta la economía digital contemporánea: desde los teléfonos inteligentes hasta los sistemas de defensa. Las sanciones impuestas por Washington a la exportación de chips avanzados y maquinaria de litografía a China tienen el objetivo de mantener una ventaja tecnológica que se traduce en poder geoeconómico. A su vez, Pekín responde con subsidios masivos a su industria tecnológica y con restricciones a la exportación de tierras raras, esenciales para la fabricación de microprocesadores. Lo que antes era una disputa comercial se ha convertido en una competencia estructural por el dominio de la infraestructura tecnológica global.

Algo similar ocurre en el ámbito de la energía y los recursos naturales. La invasión rusa a Ucrania no solo reconfiguró los equilibrios de seguridad en Europa, sino que expuso la vulnerabilidad de las economías dependientes del gas ruso. La decisión de Moscú de restringir los suministros energéticos a Europa constituyó un ejemplo paradigmático de cómo la interdependencia económica puede transformarse en un arma política. En respuesta, la Unión Europea impulsó una estrategia de diversificación energética y aceleró la transición hacia fuentes renovables, evidenciando que las políticas climáticas también adquieren una dimensión geoestratégica. En paralelo, América Latina, África y Asia Central emergen como escenarios de competencia por el litio, el cobre o el cobalto: insumos indispensables para la transición energética y, por ende, nuevos epicentros de rivalidad entre potencias.


El enfoque de Mohr y Trebesch (2025) enfatiza, además, la necesidad de recuperar una tradición intelectual que, entre las décadas de 1920 y 1970, integró economía y estrategia. Autores como Thomas Schelling, Albert Hirschman o Joan Robinson reflexionaron sobre la interdependencia, la coerción y la vulnerabilidad económica como elementos centrales de la política internacional. Sin embargo, gran parte de esas contribuciones quedaron relegadas frente al auge de paradigmas centrados en la eficiencia de mercado y en la neutralidad del comercio. La coyuntura actual obliga a revisitar esa herencia y a reconocer que el mercado, lejos de ser un espacio apolítico, es un campo donde se ejerce poder, se establecen jerarquías y se proyecta influencia.

Esa revisión conceptual tiene implicaciones concretas para el análisis contemporáneo. Las tensiones geopolíticas actuales demandan herramientas teóricas capaces de explicar cómo los Estados combinan recursos financieros, tecnológicos y comerciales para alcanzar objetivos de seguridad. La política monetaria, las reservas internacionales, las cadenas logísticas o los estándares tecnológicos se convierten en variables estratégicas. La política exterior se vuelve inseparable de la política industrial. En este sentido, la geoeconomía ofrece una lente para entender por qué los Estados priorizan la autonomía estratégica sobre la integración plena y cómo las decisiones sobre subsidios, aranceles o regulaciones digitales responden a una lógica de poder antes que a una lógica de eficiencia.

Por otro lado, Aiyar et al. advierten que la “fragmentación geoeconómica” no solo implica una recomposición de alianzas, sino también riesgos tangibles para el crecimiento mundial. El Fondo Monetario Internacional estima que una división profunda de la economía global en bloques competidores podría reducir el producto mundial en varios puntos porcentuales, encarecer el comercio y afectar de forma desproporcionada a los países de ingreso medio y bajo, dependientes del acceso a los mercados y a la tecnología internacional. La cuestión no es menor: mientras algunos Estados promueven políticas de desacoplamiento o friend-shoring, otros buscan preservar los beneficios de la interdependencia bajo nuevas condiciones, en un intento por evitar que la eficiencia económica se vea sustituida por la desconfianza política.

América Latina se encuentra ante una encrucijada en este contexto. La región dispone de recursos estratégicos —energía, alimentos, minerales críticos y biodiversidad— que la posicionan en el centro de la nueva competencia geoeconómica. Sin embargo, su inserción internacional sigue siendo mayormente primaria y dependiente de la demanda externa. Comprender las lógicas de la geoeconomía puede permitir a los países latinoamericanos diseñar estrategias más activas, diversificar socios y desarrollar políticas industriales propias que eviten quedar atrapados entre los bloques en disputa. En un escenario de rivalidad estructural, la autonomía regional y la cooperación sur-sur podrían convertirse en herramientas de resiliencia frente a la fragmentación global.

En síntesis, la geoeconomía se consolida como un marco interpretativo que permite observar el mundo post globalización. Su aporte central reside en explicar cómo la competencia por el poder, la tecnología y los recursos redefine las reglas de la economía internacional. Comprender esta interrelación no solo es una tarea académica, sino una necesidad política para interpretar los desafíos de una era marcada por la interdependencia conflictiva y el retorno del Estado como actor económico.


Estanislao Molinas (Argentina): Estudiante avanzado en Relaciones Internacionales, Universidad Católica de Santa Fe, y columnista en Diplomacia Activa.

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