Super Bowl: Poder y Espectáculo
Por Lautaro Bermudez
Donald Trump hizo historia al convertirse en el primer presidente en funciones en asistir a la final de la NFL, pero su presencia en el Caesars Superdome de Nueva Orleans, no fue solo un acto de afición deportiva.

Su asistencia a la final de la NFL, donde el bicampeón Kansas City Chiefs cayó ante los Philadelphia Eagles, no puede entenderse simplemente como un evento casual. Fue una maniobra política cuidadosamente calculada para consolidar su imagen de liderazgo, reforzar su conexión con su base electoral y, de manera más sutil, aprovechar la dimensión global del Super Bowl como una herramienta de diplomacia del espectáculo.
El evento deportivo más grande de Estados Unidos logró trascender hace tiempo el ámbito del entretenimiento para convertirse en un reflejo de las dinámicas políticas y culturales del país. En esta edición, la presencia de Trump y la reacción del público frente a otras figuras mediáticas dejaron en evidencia que el Super Bowl es hoy también un escenario de disputa simbólica, donde se confrontan narrativas políticas, estrategias de poder blando y agendas de influencia tanto a nivel doméstico como internacional.
El Super Bowl como plataforma de poder blando
El Super Bowl no es solo el evento deportivo más importante de Estados Unidos, sino una de las transmisiones más vistas a nivel global, con una audiencia que supera los 100 millones de espectadores. Desde siempre, los eventos deportivos de gran escala han sido utilizados como herramientas de poder blando, donde los gobiernos buscan proyectar su influencia y consolidar narrativas estratégicas. China lo hizo con los Juegos Olímpicos de Pekín 2008, Rusia con el Mundial de 2018, y Catar con la Copa del Mundo de 2022.
Estados Unidos no es ajeno a esta estrategia, y la NFL constantemente trabaja activamente en la internacionalización del fútbol americano, utilizando el Super Bowl como un escaparate global para expandir su presencia más allá de las fronteras estadounidenses. La liga lleva años organizando partidos en el extranjero, con Londres y Múnich como destinos recurrentes, pero también con iniciativas en México y, más recientemente, en Sudamérica. En 2024, por primera vez, la NFL organizó un partido de la temporada regular en Brasil, que enfrentó a Philadelphia Eagles (campeones ayer) y Green Bay Packers en la fecha inaugural, en un esfuerzo por atraer a una audiencia creciente en América Latina. Este año, la expansión continuará con partidos en Madrid y Dublín, consolidando aún más la presencia de la NFL en Europa.
La globalización del fútbol americano es una manifestación del poder blando estadounidense, similar a la manera en que la NBA logró exportar el básquet en décadas pasadas al resto del mundo. En este caso, el Super Bowl, al ser la culminación de esta estrategia, se convierte en un evento de alto valor simbólico para la política estadounidense. Trump, al asistir, no solo se dirigía a su electorado doméstico, sino que también se insertaba en una plataforma con alcance internacional, consciente de que su imagen y su mensaje traspasarían fronteras.

Trump y la diplomacia del espectáculo
No es ninguna novedad afirmar que Donald Trump entiende mejor que nadie la importancia del espectáculo en la política moderna. Desde su carrera como empresario hasta su ascenso a la presidencia, siempre supo aprovechar la cultura mediática para consolidar su imagen. Su presencia en el Super Bowl fue una declaración de principios sobre su visión de Estados Unidos: un país basado en el patriotismo, la fuerza y la tradición.
Su breve aparición en el campo y su reunión con los familiares de las víctimas del ataque del 1 de enero en Nueva Orleans (en vísperas de un partido de playoff de football universitario en la ciudad) fueron diseñadas para reforzar su imagen de Trump como un líder protector. El fútbol americano, con su fuerte asociación al orgullo nacional, la disciplina y la masculinidad tradicional, siempre ha sido un espacio donde Trump encontró un respaldo sólido, en contraste con otros deportes más inclinados hacia el progresismo, como la NBA.
No obstante, su historial con la NFL también fue complejo. Como empresario, intentó competir con la liga al comprar un equipo en la extinta USFL, e incluso promovió una demanda contra la NFL. A su vez, como presidente, tuvo un enfrentamiento abierto con algunos jugadores que se arrodillaban durante el himno nacional en protesta contra la injusticia racial. Este año, su presencia en el Super Bowl fue, en cierto sentido, un acto de reivindicación: un regreso a un territorio donde se siente cómodo y donde su mensaje encuentra eco.
El Super Bowl como campo de batalla ideológico
El evento también reflejó las fracturas ideológicas de la sociedad estadounidense. Mientras Trump era ovacionado por un sector del público, Taylor Swift, presente en el estadio para apoyar a su pareja Travis Kelce (jugador de Kansas City Chiefs), fue abucheada cuando apareció en las pantallas gigantes. Trump no dejó pasar la oportunidad de capitalizar la situación, burlándose de Swift en su plataforma Truth Social: “La única persona que tuvo una noche más dura que los Kansas City Chiefs fue Taylor Swift”.
El choque entre Trump y Swift no es nuevo. La cantante es una de las figuras del entretenimiento más vocales en su oposición al expresidente, apoyando públicamente a candidatos demócratas y promoviendo el voto joven en su contra. Así, lo que ocurrió en el Super Bowl no fue un simple incidente aislado, sino una manifestación de cómo el entretenimiento y la política están cada vez más entrelazados en la lucha por la hegemonía cultural.
El fútbol americano, a diferencia de otros deportes en Estados Unidos, históricamente mantiene una audiencia predominantemente republicana, especialmente en el sur del país y en el ámbito del fútbol colegial. Trump ha sabido explotar esta afinidad, asistiendo a múltiples finales del College Football y evitando, en cambio, eventos de la NBA, donde tuvo roces con figuras como LeBron James.
El Super Bowl y el futuro de la diplomacia del espectáculo
El Super Bowl LIX dejó una imagen clara: el deporte no es un terreno neutral en la política estadounidense. Además, lo que antes era un espacio de unión nacional ahora se convirtió en un reflejo más de las divisiones ideológicas del país. Trump lo sabe y lo aprovecha, transformando cada evento mediático en una plataforma para consolidar su narrativa.
Pero más allá de la política doméstica, el Super Bowl sigue siendo una herramienta de poder blando en la diplomacia estadounidense. La NFL continuará expandiendo su influencia global, llevando el fútbol americano a nuevos mercados y fortaleciendo la presencia de la cultura estadounidense en el mundo. Trump, al insertarse en este espectáculo, no solo estaba enviando un mensaje a los votantes estadounidenses, sino que también se proyectaba en un escenario con alcance internacional.
La diplomacia del espectáculo llegó para quedarse, y los eventos deportivos seguirán siendo espacios donde se disputan no solo campeonatos, sino también narrativas políticas y culturales. En este juego, Trump demostró una vez más que sabe jugar mejor que nadie.
Lautaro Bermudez (Argentina): Licenciatura en Relaciones Internacionales, Universidad Nacional de San Martin, y columnista en Diplomacia Activa.
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