¿Es tarde para optar por la paz?
Por Marko Alberto Sal Motola
Los enfrentamientos entre el Hamás y el Estado de Israel suscitados en los últimos días, añaden uno de los capítulos más violentos del conflicto israelí-palestino. Los ataques y secuestros perpetrados por los terroristas en contra de civiles del país hebreo, así como la ofensiva militar del gobierno de Benjamin Netanyahu sobre la sitiada franja de Gaza, significan un cambio en el destino de Medio Oriente y, probablemente sea el inicio de un conflicto de escala regional ¿Hay posibles caminos para la paz?

La disciplina de Relaciones Internacionales surgió con tal motivo: analizar las causas de la guerra para cimentar la paz. Si bien es un principio idealista, la utopía sirve de guía para estructurar un orden global que garantice la paz y seguridad internacionales. Desafortunadamente, si algo nos da a entender la lectura del sistema internacional contemporáneo es que cada vez los gobiernos se apegan al pragmatismo y se alejan de los principios normativos internacionales. Lo anterior tiene una respuesta definitiva y va en tesitura de lo que menciona Axel Olivares en su artículo Israel y Palestina, hablemos en serio, hacen falta liderazgos que hagan valer el orden internacional y que propicien la confianza entre los Estados a través de una genuina voluntad política.
En este tenor, para alcanzar la paz es de suma importancia revisar el pasado. En el caso de Israel y Palestina, dirigir la mirada hacia los esfuerzos de negociación por la paz planteados en las últimas décadas brinda perspectivas útiles de lo que ha funcionado, lo que ha fracasado y lo que ha sido olvidado, para poner fin a siete décadas de conflicto, erradicar el creciente extremismo y terminar con décadas de ocupación en los territorios palestinos ocupados.
¿Piedra angular de la paz?
Los Acuerdos de Oslo son una serie de pactos que fueron firmados por el primer ministro de Israel, Isaac Rabin, y el líder de la Organización para la Liberación Palestina (OLP), Yassir Arafat, el 13 de septiembre de 1993. La firma se hizo en presencia del presidente norteamericano, Bill Clinton, en los jardínes de la Casa Blanca.
Su objetivo fue establecer una relación “ganar-ganar” para las partes. Garantizar la seguridad de Israel y reconocer la libre determinación del pueblo palestino. Gracias a esto se estableció la Autoridad Nacional Palestina (ANP) e Israel se comprometió a retirarse progresivamente de la franja de Gaza y Jericó. También, se reconoció la división de Cisjordania en las áreas A (administrada por control civil y de seguridad de la ANP), B (admnistrada por control civil palestino y de seguridad israelí) y C (administrada por control total israelí).


Optimista en sus inicios, de los pactos resultaron sustanciales logros; el reconocimiento mutuo de las partes enfrentadas, la ampliación de la voz palestina en el sistema internacional, el impulso de un proyecto de paz duradera y el parteaguas para la normalización de relaciones en beneficio de una asociación regional. A contrario sensu, la aplicación de los acuerdos se enfrentaba a obstáculos, entre ellos la negociación definitiva sobre límites territoriales de las partes, la presencia de asentamientos israelíes en territorio palestino, la situación de los refugiados palestinos y el estatus de Jerusalén.
Después del fracaso de la Cumbre de Paz de Camp David de 2000, se reanudaron negociaciones con la celebración de la Cumbre de Taba de 2001, la cual tuvo como motivo retomar la delicada agenda del conflicto. De manera infortunada, la Cumbre culminó en el estancamiento. La retirada de Bill Clinton de la presidencia de Estados Unidos y las elecciones de Israel de febrero de 2001 en las que salió victorioso Ariel Sharón del partido Likud (derecha conservadora), fueron hechos determinantes, ya que se confirmó que lo negociado en Taba no era vinculante para las partes y el gobierno de Sharón rechazó retomar las negociaciones. Según los negociadores de Israel y Palestina del momento, unas semanas más hubieran consolidado un acuerdo final para dar solución al conflicto.
La Iniciativa de Paz Árabe: un esfuerzo olvidado
Tras la Guerra de los Seis Días, en la Cumbre Árabe de Jartum de 1967 los Estados miembros de la Liga de los Estados Árabes acordaron “ninguna negociación, ningún reconocimiento, ninguna paz” con Israel. Esta perspectiva cambió con la Iniciativa de Paz Árabe (IPA), posiblemente un esfuerzo poco conocido que emanó de la Cumbre Árabe de Beirut celebrada en marzo de 2002. Como consecuencia del fracaso de las negociaciones de paz de Camp David (2000) y Taba (2001), la IPA fue planeada por el Príncibe heredero de Arabia Saudita, Abdullah bin Abdulaziz al-Saud, para dar continuidad al proyecto de paz. Sin embargo, esta propuesta era más inflexible para Israel a diferencia de las negociaciones anteriores.
La Iniciativa exhortaba a la democracia hebrea de retirarse de los territorios ocupados desde junio de 1967, incluyendo los Altos del Golan y los territorios del sur de Líbano; negociar una solución sobre la cuestión de los refugiados palestinos con base en la Resolución 194 de la Asamblea General de la ONU; y aceptar el establecimiento de un Estado independiente para los palestinos en los territorios de Cisjordania y Gaza, contemplando Jerusalén del Este como capital. A cambio, los Estados árabes considerarían el conflicto como terminado y darían inicio a un acuerdo de paz con Israel para garantizar la seguridad de los países de la región y posteriormente “establecer relaciones normales con Israel en el contexto de esta paz integral”.
Diversos factores del momento limitaron la IPA. El atentado de la Pascua Judía (Pesaj) en el Park Hotel de Netanya a manos de la rama militar de Hamás en el marco de la Segunda Intifada en 2002 y el despliegue de la operación “Muralla Protectora” de Israel, opacaron la propuesta. El ataque se pronunció como un mensaje de la resistencia islámica en contra de la iniciativa de la Liga y dejó a los israelíes sin deseos de negociar las condiciones de paz.
Aunado a lo anterior, la inminente guerra contra el terrorismo que emprendería George W. Bush limitó la capacidad negociadora de los Estados árabes, la cual se encontraba desorganizada en el momento y con diversos choques internos. En suma, la iniciativa no tuvo el “timing” político a su favor y se vio obstaculizada por el radicalismo de Hamás. No obstante, es importante resaltar la voluntad política de la coalición árabe por emprender el camino de la negociación con esta propuesta de paz.
Los Acuerdos de Abraham ¿La normalización como alternativa de paz?
Como hemos visto anteriormente, la normalización de relaciones entre Israel y el mundo árabe no es algo novedoso. Lo que diferencia el pasado de la actualidad es una necesidad estratégica de Israel y Arabia Saudita de insertarse en la realidad multipolar. Esta asociación –la cual todavía no se ha formalizado con los saudíes por su apoyo a Palestina– tiene objetivos diversos, entre ellos, desplazar a Irán de los asuntos regionales, combatir la persistente amenaza del terrorismo islámico y lograr la integración regional en aras de desarrollar una interdependencia compleja que reduzca las tensiones regionales y que promueva la cooperación en asuntos comerciales y de seguridad. Con base en lo anterior, es importante diferenciar alcanzar la paz con materializar un equilibrio de poder, último aspecto que ha sido el objetivo principal de la normalización árabe-israelí de los últimos años.
Tras años de las propuestas de Oslo y la IPA, la base actual de esta normalización árabe-israelí son los Acuerdos de Abraham, los cuales fueron alcanzados en septiembre de 2020 durante la presidencia de Donald Trump. Estos sumaron a Emiratos Árabes Unidos, Baréin, Sudán y Marruecos en la lista de Estados árabes que reconocen el Estado de Israel. Superficialmente, estos pactos reafirman la paz entre estos países árabes e Israel con la intención de enmarcar un nuevo orden regional impulsado por el comercio, el turismo, la cooperación técnica y una asociación en materia de seguridad. Si bien esto trae beneficios para la región, también hay que profundizar preguntando, ¿dónde queda parada Palestina en este contexto de normalización?

Primero hay que dejar en claro que los Acuerdos de Abraham no son acuerdos de paz con Palestina y no abordan cuestiones sobre su situación con Israel. No obstante, su establecimiento ha intensificado el descontento de la ANP y ha sido objeto de debate dentro de la opinión pública palestina y del mundo árabe. Sobre esta cuestión, el Secretario General de la Iniciativa Nacional Palestina, Mustafa Barghouti, expresó en el podcast The Take the Al-Jazeera que las decisiones tomadas por los gobiernos árabes en la cuestión de la normalización no son un reflejo de la voluntad de sus poblaciones y que las sociedades árabes están solidarizadas con la liberación de Palestina. Esto deja entender que la normalización sin un esfuerzo paralelo de paz y justicia sobre Palestina puede acrecentar el descontento de las poblaciones árabes y tener implicaciones sociales en el tablero regional.
¿Qué queda por hacer?
La intención de presentar estos esfuerzos es visibilizar que la negociación sigue siendo la herramienta fundamental para alcanzar una solución sobre el conflicto en línea con los valores de la democracia. Es importante que los Acuerdos de Oslo y la IPA, así como las resoluciones establecidas por la Asamblea General y el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, sirvan de base para futuras negociaciones y que se dejen de lado los “tabús” que son centrales para la solución del conflicto: las exigencias de seguridad de Israel, la situación de Gaza, la cuestión de los refugiados palestinos, definir los límites territoriales, detener la creación de asentamientos ilegales israelíes en Cisjordania y concluir un estatus de Jerusalén.
La experiencia nos ha demostrado que hacer caso omiso de esta agenda promueve la progresiva radicalización de actores como Hamás, cuya ala militar debe rendir cuentas por los actos atroces que ha cometido en contra de población civil israelí. En la misma línea, la persistencia de estos actores radicales representa una amenaza para la región y un obstáculo crítico para el proyecto de la normalización árabe-israelí.
Por otro lado, la defensa de la democracia también exige que seamos críticos cuando actores políticos ejercen el poder del Estado de forma autoritaria. La actual administración de Netanyahu está deteriorando a la única democracia liberal de la región. Las medidas coactivas ejecutadas sobre Gaza en nombre de la legítima defensa representan una preocupación para la sociedad internacional debido a su desproporcionalidad y su contrariedad con las normas del Derecho Internacional Humanitario como declaró el Secretario General de la ONU, Antonio Guterres. Israel debe de reflejar su democracia hacia el exterior, comprometerse con el cumplimiento de las normas internacionales y de participar en el diálogo con la ANP.

Por último, como mencionó el coordinador especial para de la ONU para el Proceso de Paz en Medio Oriente, Tor Wennesland, empoderar institucionalmente la ANP es fundamental. Alcanzar la paz, justicia e instituciones sólidas no solo depende de un esfuerzo unilateral palestino –cuyo orden institucional se encuentra deteriorado y con los días contados–, sino que también puede influir positivamente la cooperación de la comunidad internacional para coadyuvar en su estructuración. Lo anterior amplía una nueva agenda de negociación: alternativas para mejorar las condiciones económicas de los palestinos, políticas que regulen la interdependencia económica entre israelíes y palestinos, así como promover una gobernanza más eficaz integrada por actores nacionales, socios regionales e internacionales para que la ANP consolide bases firmes que beneficien su desarrollo.
Negociar siempre estará lleno de tropiezos y desencuentros, y la cuestión israelí-palestina nos lo ha demostrado. Pero dentro del escenario del desentendimiento es posible encontrar puntos de encuentro en beneficio de las partes involucradas. Desistir en la negociación no es la alternativa. En cambio, asumirla y reforzarla es más importante que nunca en beneficio de la paz entre Israel y Palestina, en pro de la materialización de la solución de dos Estados y en favor del fortalecimiento de la democracia global.
Marko Alberto Sal Motola (México): Licenciado en Relaciones Internacionales, Universidad Anáhuac Querétaro.
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