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“Brusia”: el Anchluss de Putin

Ante la crisis interna que enfrenta Lukashenko en Bielorrusia, Putin sale al rescate de su aliado. Sin embargo, el precio de esta ayuda puede costar muy caro.

Fuente: Reuters

Cuando el 9 de agosto de este año Lukashenko se proclamó vencedor de los comicios en Bielorrusia, el pueblo explotó tomando las calles. Desde entonces, las protestas no han hecho más que multiplicarse. Los intentos del llamado “último dictador de Europa” por calmar la crisis, no hicieron más que retroalimentar las protestas.

Algunos podrán decir que la reacción rusa fue desconcertante. En lugar de apoyar sin fisuras a su histórico aliado desde el comienzo, Moscú se llamó al silencio. Sin embargo, para entender el accionar de Rusia hay que remontarse a septiembre de 2019 cuando Putin le ofreció al líder bielorruso un pacto de unión económica y política que, en la práctica, aniquilaría la independencia de este país.

Consciente de las implicancias, Lukashenko (en el poder desde 1994) demoró la entrada en vigor del mismo e intentó un tímido acercamiento a Occidente, amenazando incluso con proveerse de petróleo estadounidense y poniendo así en peligro envíos rusos a Europa vía Bielorusia. Hasta entonces se había sacado provecho de su condición de “Estado tapón” entre la OTAN y Rusia, manteniendo fuertes lazos militares y económicos con Moscú, pero a la vez limitando el accionar ruso desde su territorio en un complicado juego de equilibrios con Occidente.

Si bien las amenazas de Minsk sonaban más a un argumento negociador que a peligro real, Moscú puso alto a las negociaciones. Sabiendo que para ganar los comicios de agosto de 2020 el actual dirigente debería recurrir al fraude y probablemente previendo el masivo rechazo que esto provocaría, el presidente ruso decidió dejar que los eventos siguieran su curso y esperar a un momento más adecuado. Además, este contaba con cartas ganadoras: su Estado era el principal acreedor de la deuda externa bielorrusa y los gasoductos Nord-Stream que unen Rusia y Alemania habían rebajado la importancia de Bielorrusia en el mapa energético europeo. Esto, sumado al mote de Lukashenko como “el último dictador de Europa”, casi garantizaba a Vladimir que la Unión Europea no ayudaría al bielorruso.

Quizá por esto Putin decidió mantener silencio en los compases iniciales de la crisis en su patio trasero: dejar a Aleksandr cocerse en su propio jugo hasta que, desesperado por las circunstancias, acepte las exigencias rusas. Un juego que aquel ya había perfeccionado en Siria con Al-Assad y en Venezuela con Maduro, obteniendo importantes concesiones.

Por si fuera poco, en casos de crisis como este, las fuerzas armadas bielorrusas están subordinadas al Comando de Defensa del Distrito Occidental de Rusia. Es decir que el presidente bielorruso no tiene poder real sobre ellas, sino Putin. Rechazado por Occidente y con su ejército en manos del Kremlin, sólo le queda recurrir a aquel para asegurar su supervivencia, ya no política, sino física a expensas de la soberanía de su territorio.

Los acontecimientos parecen demostrar que este ha sido el camino elegido. Funcionarios de alto rango viajan febrilmente entre Moscú y Minsk, entre ellos, el ministro de Relaciones Exteriores bielorruso Vladimir Makei y el Primer Ministro ruso Mijaíl Mishustin, arquitecto del pacto de integración. Rusia, que ahora apoya abiertamente al presidente bielorruso, se comprometió a enviar una fuerza policial si la situación “se sale de control”. De hecho, cuando el día 23 de agosto Lukashenko felicitó a los policías que reprimieron las protestas, se encontraba rodeado por guardaespaldas de un grupo desconocido armados con fusiles AK-12. Dado que ninguna fuerza bielorrusa usa esos rifles, no es descabellado pensar que el Kremlin lo custodia directamente. 

La policía usa porras contra los manifestantes durante una protesta masiva tras el triunfo de Alexander Lukashenko. Fuente: AP/Sergei Grits

Manifestantes se aglomeran para protestar contra la reelección.

La posibilidad de que se expanda el poder hacia Bielorrusia sería una victoria geopolítica de primer nivel. Si se une a Rusia, esto agregaría al gigante siberiano  207.600 km2, más de 9 millones de habitantes y 80.000 soldados a sus Fuerzas Armadas. Y, por sobre todo, reforzaría la popularidad de Vladimir internamente, habilitando legalmente una probable permanencia en el poder más allá de 2024.

Pero, ¿qué consecuencias geopolíticas puede tener esta unión? La concreción de un nuevo Estado ruso llevaría a las fuerzas rusas a la frontera polaca, ahora aliado de la OTAN. Esto podría presionar a una alianza que no pasa por su mejor momento, con Estados Unidos mirando cada vez más hacia el Pacífico y su relación con Europa bajo mínimos históricos, a la vez que deja más aislados a los países bálticos.

Pero sin dudas las peores consecuencias las llevaría Ucrania. Con 891 kilómetros adicionales de frontera con Rusia por defender y su capital a sólo 150 km de distancia de la nueva frontera, se encontraría en una posición sumamente vulnerable. Una nueva oleada de “hombrecitos verdes” puede llevar el conflicto del Donetsk —conflicto que culminó con la actual guerra civil ucraniana— a un nuevo nivel, si es que el líder ruso no se decanta por una invasión relámpago que cierre el conflicto y termine absorbiendo al país en este nuevo Estado, devolviendo Kiev (considerada “Madre de las Ciudades Rusas”) a la órbita rusa. Esto a su vez abriría una caja de Pandora de consecuencias imprevisibles: podría desde reactivar el conflicto entre los separatistas prorrusos de Transnistria y Chasinau en Moldavia, a afectar la relación entre Rumania y la OTAN, ya que la amenaza rusa ya no estaría tan lejana como cuando se unió a la alianza. Y eso sin mencionar que Moscú podría seducir a Bucarest con una partición de Moldavia que le devuelva a Rumania parte de los territorios perdidos en la Segunda Guerra Mundial, si cambia de bando. Teniendo en cuenta que las artes de seducción de Putin ya alejaron a Turquía de la ortodoxia de la OTAN, la alianza correría serio riesgo de perder el Mar Negro.

Más allá de las conjeturas, las consecuencias de esta unión son imprevisibles. Y dado que el proceso parece ya estar en marcha, muy pronto las conoceremos. 


Gabriel Tocci (Argentina): estudiante de Economía, Universidad de Buenos Aires.

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