¿Nace Israel, desaparece Palestina?
Por Paula Gómez
El conflicto palestino-israelí es uno de los más arraigados y complejos de entender, por no hablar de la imposibilidad de encontrar una solución que ponga fin a la violencia sistemática entre ambas naciones… ¿Qué pasó?

El origen del conflicto se encuentra en el proceso de descolonización, cuando los territorios otomanos, que aún seguían bajo administración británica como Irak y Egipto, comenzaron a ganar independencia. Pero ¿qué pasó con Palestina? ¿cómo nace Israel?
Bajo el contexto de la Primera Guerra Mundial, el secretario de Asuntos Exteriores británico, Arthur Balfour, expresó el apoyo del Reino Unido a la creación de un hogar nacional judío en Palestina, territorio habitado por árabes y de mayoría musulmana.
¿Pero por qué justo en territorio palestino? Debido a la riqueza cultural y religiosa de la región, dado que los inicios de las tres principales religiones monoteístas tuvieron origen allí. La ciudad de Jerusalén acoge lugares sagrados de cada una de ellas: la Mezquita de al-Aqsa, tercer sitio sagrado del Islam; la Iglesia del Santo Sepulcro para los cristianos; y el Muro de las Lamentaciones para los judíos.
Es por ello, y ante el problema que suponía que no hubiera un Estado que oficialmente reconociera y protegiera a los judíos, junto a la creciente migración en busca de establecerse en el territorio que ancestralmente habitaron, que desde Reino Unido se apoyó la creación de “un hogar nacional para el pueblo judío”.
Lo que más destaca de la llamada “Declaración Balfour” es el hecho de que un país prometiera a una nación el territorio de una tercera para establecer su propio Estado, favoreciendo la migración del pueblo judío a Tierra Santa.
Pero esta declaración solo sirvió de base para lo que venía después, ya que desde el siglo XIX ya se expresaba la necesidad de establecer un Estado judío que los protegiera de la discriminación y la marginación social.

Esto llevó a la consolidación del movimiento sionista, el cual se institucionalizó a través de organizaciones internacionales como la “Organización Sionista Mundial” cuyo objetivo era incentivar la migración hacia Palestina para en un futuro poder establecer su propio estado. La mayor oleada migratoria entre 1922 y 1947, se originó principalmente desde Europa del Este debido al incremento del antisemitismo y el punto de inflexión que supuso el Holocausto para su supervivencia.
Tras los hechos ocurridos, y la necesidad de Reino Unido de abandonar el mandato, la ONU propuso el denominado Plan de Partición, a través del cual se independizaba el territorio en dos Estados: Palestina árabe e Israel judío, ya que ambas comunidades reclamaban el control de la zona; mientras tanto la ciudad de Jerusalén quedaría como una zona internacional debido a su riqueza cultural.
Este plan no atendía a la realidad del territorio, ya que dividía el terreno en partes más o menos similares, a pesar de que el pueblo judío no representara apenas a un tercio de la población y poseyera solo un 7% de las tierras. Como era de esperar, los palestinos rechazaron la división que localizaba en el propuesto estado de Israel cientos de pueblos árabes en sus fronteras, lo que inició una oleada de protestas entre las que se produjeron enfrentamientos entre ambos bandos.
Pero Israel supo hacerse un hueco en el corazón de Oriente Medio de cero, no como fruto de la descolonización en sí, sino como los Estados Europeos constituyeron su territorio, a través del uso de la fuerza para garantizar su territorio ante sus vecinos. Tras la proclamación del estado de Israel por David Ben-Gurion el 14 de mayo de 1948, dio comienzo la primera guerra árabe-israelí.

A través de esta, además de establecerse en el territorio propuesto por las Naciones Unidas, Israel consiguió expandirse más allá de los bordes establecidos, asegurándose su existencia en detrimento de la comunidad árabe y las posibilidades palestinas de sobrevivir.

Ben-Gurion sabía perfectamente lo que hacía, llevaba organizando este plan desde hacía tiempo, y un factor esencial para establecer en el territorio árabe el estado judío era llevar a cabo una limpieza étnica, principalmente a través de la expulsión y relocalización de los árabes que habitaban en tierras palestinas.
Incluso el director del Fondo Nacional Judío llegó a declarar en 1940 que no había sitio en el país para los dos pueblos, dado que se consideraba que, si más de la mitad de la población era árabe, el nuevo estado no tendría oportunidades de sobrevivir, al menos un 80% deberían de pertenecer a la nación judía.
La radicalización del movimiento sionista no contemplaba la posibilidad de coexistir, y es por ello que se inició un proceso de expulsión de árabes con el objetivo de que los judíos ocuparan estas tierras. Aquellos que consiguieron quedarse o que no han podido huir han visto como los lugares de culto tanto cristianos como musulmanes han sido saqueados, libertades restringidas, y sus posibilidades económicas reducidas hasta la lucha por la subsistencia.
Entre los factores que influyeron a los países occidentales en la decisión de apoyar este estado en lugar de a Palestina, se encuentra la dificultad de la situación después del Holocausto, donde las potencias occidentales sintieron la necesidad moral de apoyar el proyecto de la nación; pero a destacar en el caso de EEUU es la influencia que tiene el gran lobby judío en la política.

Como considera Ignacio García-Valdecasas para el Real Instituto Elcano, “uno de los grandes éxitos del lobby consiste en ocultar en EEUU la opresión que sufre la población palestina en los Territorios Ocupados”.
A pesar de que la URSS se adelantara a Estados Unidos en el reconocimiento del nuevo estado, Washington ha sido su fiel defensor desde su triunfo en la Guerra de los Seis Días, enviando ayuda militar y económica sin cesar. Viendo un aliado fuerte, militarizado, y “democrático” ha sido siempre percibido por los estadounidenses como la mejor cooperación que podría mantener la estabilidad y asegurar sus intereses en el Medio Oriente.
A pesar de intentar parecer un mediador “neutral” en el conflicto palestino-israelí, el traslado de su embajada de Tel Aviv a Jerusalén por la administración de Trump dejó más claro que nunca su posición.
Un informe de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo sobre el Territorio Palestino Ocupado en 2021 advirtió que, a pesar de la crisis desatada por la pandemia en la región, el mayor problema al que se enfrenta el desarrollo económico es la ocupación. Cada vez la situación se hace más dura para la nación, y el gobierno de la Autoridad Nacional de Palestina no cuenta con la suficiente competencia y recursos para ayudar al pueblo; ya que hasta el acceso a recursos naturales básicos como el agua está limitado por Israel.
Desde el mismo comité se hace saber a la comunidad internacional “Hasta que no se ponga fin a la ocupación, un apoyo adecuado de los donantes y de la comunidad internacional es insustituible para reconstruir la destrozada infraestructura física e institucional y el frágil sistema de salud.”

Sin embargo, los estados árabes, cada vez más cansados de apoyar una causa que ven prácticamente perdida mediante el aislamiento de Israel, están comenzando a incluir al Estado judío en la dinámica regional en detrimento de las esperanzas palestinas.
Esto se ha materializado a través de los Acuerdos de Abraham en 2020 con el objetivo de formar una alianza de seguridad en contra de la amenaza que supone Irán para la región y a través de la cual EAU y Bahréin se unían a su reconocimiento. A pesar de que aún se muestre el apoyo a la comunidad palestina, el reconocimiento de Israel desde las monarquías del golfo ha supuesto un duro golpe a su histórica causa.
El mayor problema del asentamiento judío en territorio palestino, como se ha descrito, es el hecho de que desde antes de su creación ya se excluía a su población, ya que el nuevo país debería de estar “libre de árabes” para poder existir; limpieza étnica que se materializó después de su proclamación a través del proceso de ocupación de tierras y que sigue hoy en día.
Y ya lo experimentó incluso Jimmy Carter, el presidente estadounidense más crítico con la acción israelí considerándolo abiertamente un apartheid, mientras intentaba crear un espacio para la paz con Palestina. Es por ello que ha sufrido duras críticas que lo han tachado de antisemita desde este sector en el país.
Mientras que exista esta radicalización del sionismo, a través del cual en lugar de convertirse en un país que acoja a judíos y árabes por igual, sin discriminación, y se mantengan los esfuerzos en expulsar a los palestinos de sus tierras, no se conseguirá establecer una paz duradera en el territorio.
El hecho que occidente esté dando carta blanca a las acciones israelíes contra los palestinos, hace cuestionar la moralidad de su política exterior; sin embargo, se ha considerado que el apoyo incondicional a las élites sionistas desde Estados Unidos tampoco ha beneficiado al pueblo judío, que se encuentra en una espiral de violencia de la que le es cada vez más difícil salir.
Compartiendo visión con el experto previamente mencionado, no hay que negar tampoco a los hebreos de contar con un Estado que les acoja y proteja; sin embargo, hay que dejar de permitir de una vez que los abusos a civiles sigan ocurriendo en el territorio a causa del conflicto.
Y aquí viene el problema de ignorar la historia, que una vez más se repite: una nación queda desprotegida y sin estado mientras sufre los abusos de otra opresora. Donde se apoyó el establecimiento de un hogar nacional judío que protegiera a estos, ahora se está permitiendo la limpieza étnica del territorio en detrimento de Palestina.
Paula Gómez (España): Estudiante de Máster en Estudios Geopolíticos, Charles University, Republica Checa.
Categorías
Argentina, Democracia, Derechos Humanos, Medio Oriente, Naciones Unidas, Regiones
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