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Cuba: más allá de la revolución

Por Ivana Patanè.

Dos siglos después, la “fruta madura” no cayó: Cuba resiste en el corazón del tablero hemisférico, asediada por la presión energética de Washington y una crisis persistente que la empuja a negociar sin ceder el control de su sistema.

Ilustración: Diego Mallo

En 1823, el Secretario de Estado John Quincy Adams formuló la teoría de la “fruta madura” que establecía que, al igual que una fruta madura cae del árbol, la caída de Cuba bajo el control estadounidense sería inevitable debido a “leyes de gravitación política”. La pregunta es: ¿200 años después podemos seguir hablando de esa teoría?

En su momento, la Doctrina Monroe de 1823, la política de la “fruta madura” preparó el terreno para la política de expansión estadounidense hacia el Hemisferio Occidental. Dicha doctrina consideraba a la isla caribeña como una “extensión natural del sistema estadounidense”, la cual, era clave para los intereses económicos y de seguridad del país. Destinada a separarse de España, John Quincy Adams sostenía que había una “gravitación política” que hubiera empujado Cuba a caer en la órbita estadounidense (lo que ocurrió en 1898 tras la guerra hispano-estadounidense con la derrota española).

Sin embargo, en 1959, con el triunfo de la revolución encabezada por Fidel Castro, Estados Unidos perdió, en su propio “patio trasero”, un enclave clave para su política exterior en un contexto de creciente confrontación con la Unión Soviética, lo que precipitó la ruptura de las relaciones diplomáticas entre Washington y La Habana en enero de 1961. A lo largo de los años, las relaciones enredadas entre La Habana y Washington nunca han sido una simple “divergencia política” entre dos naciones, sino un conjunto de factores estratégicos más profundos que abarcaría la necesidad y capacidad de los Estados Unidos de definir los equilibrios del hemisferio occidental, y de asegurarse las principales rutas energéticas – en particular, durante los años de la confrontación ideológica con la Unión Soviética. De ahí que Cuba se convirtiera en la “piedra de toque” de la política exterior estadounidense en un afán de la Casa Blanca de proyectar su influencia regional hasta el día de hoy.

Durante la Guerra Fría, los Estados Unidos siguieron una política exterior agresiva hacia Cuba con el objetivo de debilitar y de reemplazar los líderes de la revolución con un sistema institucional ideológicamente cercano a la Casa Blanca. El problema es que nunca ocurrió un cambio de régimen en Cuba, algo que reveló unos de los primeros fracasos de la política exterior de Washington, a partir de la expedición de la Bahía de los Cochinos en 1961.

Ese daño a la imagen, que se desgastó posteriormente con la debacle de la Guerra en Vietnam en los años siguientes, es uno de los motivos por los cuales es improbable – pero no imposible – una intervención militar directa en Cuba por parte de Washington. La administración republicana, que cuenta también con la incesante labor diplomática del secretario de Estado Marco Rubio, de orígenes cubanos, no busca entonces un derrocamiento del régimen, invirtiendo el rumbo de la política de sus predecesores hasta ese momento (a excepción de Obama y de Biden).

De esta manera, Donald Trump quiere lograr lo que otros presidentes no lograron: la abertura de Cuba “aceptando” su sistema político. En este sentido, el mandatario se convertiría en el primer inquilino de la Casa Blanca en tolerar la forma de Estado y de Gobierno cubano – que podría hasta beneficiarse de las presiones estadounidenses – a condición de que La Habana modifique su postura de aislamiento hacia Washington a través de su disponibilidad negocial, por lo menos en el breve periodo.   

Es importante aclarar que, para Washington, Cuba no tiene la misma relevancia energética que su vecino venezolano. Aun así, para la Casa Blanca, tratar con La Habana y lograr que la isla se convierta en un Estado clientelar, con un sistema económico abierto al capitalismo sin cambios políticos o de embargo (utilizado como arma de presión en todo caso), sería una victoria simbólica – recordando que Donald Trump está cumpliendo con su segundo y último mandato, lo que lo está llevando a perseguir una política exterior más impactante y arriesgada.

En los últimos años, la mayor isla de las Antillas está sumida en una profunda crisis económica: con un producto interno bruto que se contrajo un 11% entre 2020 y 2024, para este 2026 se prevé un crecimiento tibio del 1%. La combinación de la grave crisis social y sanitaria, la caída del turismo, la poca productividad industrial, el endurecimiento de las sanciones estadounidenses desde el primer mandato de Donald Trump (2017-2021), junto a una ineficaz estrategia económica y energética estatal, son factores clave que explican el aislamiento socioeconómico del país – que concluyó 2025 con una inflación interanual del 14,07% en el mercado formal, entre otras cosas. Sin embargo, el dato más relevante, que supone también una novedad en las relaciones bilaterales con Washington, es la apertura de un vínculo negocial entre altos funcionarios cubanos y estadounidenses a través de la mediación de actores regionales, como México.

La gente se para en la calle por la noche mientras Cuba se ve afectada por un apagón en toda la isla, en La Habana, Cuba, 18 de octubre de 2024. REUTERS/Norlys Perez

Este paralelismo entre diplomacia y agresividad económico-energética deja clara la posición asimétrica del diálogo entre La Habana, que presiona para el mantenimiento de su orden político – lo que supuso, recientemente, una tímida apertura a la inversión por parte de la diáspora cubana –, y por el otro lado, Washington, donde el Secretario de Estado Marco Rubio forja su discurso sobre el desgaste económico cubano y las necesidades de reformas estructurales. Pero para entender los desafíos geopolíticos de los últimos años y entender cómo Washington utiliza la vulnerabilidad energética cubana como arma geopolítica, hay que mirar al pasado de la isla y tener en cuenta que Cuba no ha sido solamente la mayor isla de las Antillas, tampoco solamente un destino turístico entre los más anhelados

El dato a tener en cuenta es la geografía y la ubicación estratégica:

“La geografía es el punto de partida de toda política exterior. No define cada decisión, pero sí establece el terreno sobre el que se mueven los Estados. […] La ubicación, el relieve y el acceso – o su falta – a rutas estratégicas influyen mucho más de lo que suele reconocerse en el discurso público […] La geografía no gobierna, pero es el factor fundamental de los actores internacionales”.

En este caso, y mucho tiempo antes del “equilibrio del terror” surgido durante la Guerra Fría, la isla se ha ubicado en el corazón no solo del mar Caribe sino que ha sido la “bisagra geográfica” de dos mundos distintos: primero entre Estados Unidos y el Viejo Mundo de los imperios, reemplazado después por la Unión Soviética en el siglo XX de las nuevas superpotencias. En pocas palabras, Cuba siempre ha sido un país en disputa en términos geopolíticos. No es solo un espacio geográfico, es una influencia, es el as bajo la manga y puerta del Atlántico, esencial para las rutas energéticas. Y sería un error hablar de “Guerra Fría” sin mencionar el rol estratégico que desempeñó la isla en el tablero político y económico. 

El oro negro: una historia de dependencia

Historicamente, desde 1900 hasta 1959, la economía cubana dependía casi exclusivamente de las relaciones económicas con Estados Unidos. Las plantaciones azucareras, al igual que la producción del café y del tabaco, eran el motor principal de la economía isleña, que siempre había sido una “staple economy” en términos económicos, es decir, que dependía y exportaba solamente los bienes básicos a los mercados norteamericanos. Este tipo de modelo económico, utilizado para el desarrollo interno de la isla, no cesó de funcionar con el golpe de Estado que vio la llegada al poder de Fulgencio Batista en 1952, puesto que la producción azucarera alcanzó su auge propiamente durante los años 50.

Sin embargo, la sostenida dependencia cubana de los mercados estadounidenses conllevaba también fuertes fluctuaciones de los precios de las materias esenciales en el mercado internacional, ergo, la vulnerabilidad isleña estaba también vinculada a la estabilidad económica mundial, no siempre garantizada. A pesar del relativo crecimiento macroeconómico en los años de Batista con una modernización infraestructural, una alta inversión extranjera y con la promoción de un fuerte turismo estadounidense, que fomentó, por otro lado, también la llegada de los negocios lucrativos vinculados a las mafias norteamericanas. En consecuencia, la desigualdad y la corrupción galopante aportaron una losa extra al fuerte desempleo y a las injusticias sociales, especialmente en las zonas rurales.

Cuando, en 1959, estalló la revolución castrista que significó el fin de Fulgencio Batista y su exilio al exterior, cerca del 40% de las tierras azucareras cubanas, el 90% de las minas y concesiones mineras, casi el 80% de los servicios públicos, el 25% de los depósitos bancarios y toda la industria petrolera pertenecían a empresas estadounidenses.En 1959, la presencia estadounidense se redujo. Fidel Castro, a partir de los años 60, empezó una extendida campaña de nacionalización de empresas norteamericanas. En respuesta, la administración Eisenhower impuso un segundo embargo a la isla – el primero fue impuesto a la venta de armas en 1958 durante el régimen de Batista -. El embargo adquirió, de a poco, carácter total bajo la nueva administración de Kennedy en 1962, lo que significó la prohibición de todo tipo de comercio, en particular, tras la crisis de los misiles.

Es precisamente en este momento cuando la Unión Soviética se convirtió en proveedor exclusivo de crudo, mientras que la isla exportaba azúcar. En los años 50, los Estados Unidos exportaban su crudo dulce a las refinerías cubanas a un precio asequible puesto que las norteamericanas no lograban trabajar este tipo de crudo. Sin embargo, tras la nacionalización de refinerías extranjeras (Shell, Texaco, Betot que tenían una capacidad de producción de entre 20,000 y 35,000 barriles al día), los Estados Unidos dejaron de exportar su crudo a la isla.

En aquel entonces, la Unión Soviética cubría casi el 98% de las necesidades cubanas con unos subsidios que tocaban casi los 7 billones de dólares: estudios confirman que durante 1960 hasta 1990, la URSS envió cerca de 10 y 13 millones de toneladas anuales de petróleo, a precios preferenciales, lo que garantizaba no solamente el consumo interno cubano sino que sus excedentes – entre los 3 y 5 millones – venían nuevamente exportados para obtener divisas – práctica seguida en los años 80. Por el contrario, la producción cubana era apenas del 9% del consumo en esos mismos años


Por otro lado, un problema importante que ha sido relevado es que el crudo soviético no era dulce, sino pesado – rico en metales y en azufre – lo que contribuyó a desgastar con más facilidad las infraestructuras termoeléctricas cubanas – los centros termoeléctricos de Habana del Este, Guiteras, Cienfuegos, por ejemplo, han requerido un mantenimiento constante – lo que limita su eficiencia. Ese detalle no ha cambiado aún hoy, con las importaciones de crudo pesado de Venezuela y Rusia principalmente. Durante el “periodo especial” de los años 90, cuando la URSS se desmembró, Cuba comenzó un largo momento de sostenida depresión económica debido a la pérdida del subsidio soviético. El colapso fue abrupto ya que las reexportaciones cubanas cayeron a cero, con una pérdida de divisas de unos 1.600 millones de dólares, por las pocas importaciones de crudo ruso.

En este periodo, Cuba sufrió una contracción del PIB de un 36% entre 1990 y 1993, lo que empujó al país a adoptar importantes reformas agrícolas, una política de racionamiento y nuevas formas de ingresos, por ejemplo, a través de las remesas de ciudadanos cubanos al exterior.

Los años 90, sin embargo, vieron un recrudecimiento del embargo estadounidense a la isla: la Ley Torricelli, de 1992, buscaba prohibir el comercio de subsidiarias norteamericanas en terceras naciones con Cuba; la Ley Helms-Burton de 1996, una de las más significativas ya que buscaba un cambio de régimen, intentaba reforzar el embargo económico haciéndolo “extraterritorial”, es decir, se permitía a ciudadanos estadounidenses demandar, en sus cortes, empresas extranjeras que beneficiaran o traficaran con propiedades nacionalizadas en Cuba tras la revolución. Esa ley quedó suspendida, por mucho tiempo, hasta que Donald Trump la reactivó en 2019. 

El siglo XXI supuso también la época de nuevos equilibrios geopolíticos. En 1999, con la llegada al poder del chavismo en Venezuela, la cooperación entre La Habana y Caracas en materia energética aumentó. Se estima que en 2012 la compañía estatal venezolana, PDVSA, exportó 105.000 barriles de petróleo al día a su vecino cubano. Sin embargo, la reducción de la producción interna, las severas sanciones estadounidenses, las deudas del gobierno venezolano hacia actores internacionales, como China,  supuso una drástica reducción de las exportaciones hacia Cuba (que ascendían a 47.000 barriles en 2018), lo que obligó la isla a buscar otras fuentes como la mexicana.

Escenarios futuros: worst and best

Tras los años de “deshielo” con la llegada de la presidencia demócrata de Barack Obama, que comportaron la relativa normalización de las relaciones diplomáticas y la eliminación de Cuba de la lista de los estados patrocinadores del terrorismo, bajo el segundo mandato del republicano Donald Trump, la Casa Blanca hizo nuevamente propia la Doctrina Monroe calibrándola a los intereses económicos – y de “seguridad” – del siglo XXI, teniendo en consideración también el nuevo escenario geopolítico que cuenta con la presencia de nuevos actores globales con amplia capacidad de influir, lato sensu, en América Latina.

De todas maneras, en un “best case scenario”, a través de la “experiencia” de su vecino venezolano de “transición controlada”, Estados Unidos podría promover una gradual corrosión del sistema económico cubano, es decir, empujar por una más tibia y gradual apertura al capitalismo sin necesariamente apoyar instantáneos cambios políticos en la isla. Lo que Washington quiere evitar, a pesar de los duros tonos de Donald Trump en los últimos meses, es un colapso humanitario en la isla debido a una transición económico-política repentina.

Además, el factor energético es utilizado, por parte de Washington, como herramienta diplomática para empujar La Habana a negociar, en el breve periodo. En el medio periodo, el desgaste económico, que presiona al gobierno cubano a abrir a las inversiones extranjeras, podría suponer una gradual transición hacia un cambio político en el largo plazo – aunque esta última opción no parece ser una prioridad absoluta de la Casa Blanca así como lo fue en el caso Caracas -. 


Hoy, la isla no tiene una experiencia capitalista suficiente para poder sobrevivir con una economía de mercado sin tener graves consecuencias a nivel político y social: un worst case scenario, por ende, supondría un aumento de la corrupción política, migraciones masivas, aumento de la desocupación e inflación alta, algo que hace acordar de la trágica experiencia que vivieron los países de Europa oriental, y la misma Rusia, con el desmembramiento de la Unión Soviética y la rápida transición de una economía planificada a una de mercado a través del “shock therapy” en los años 90. 

Un escenario negativo, por ende, supondría también una inmediata parálisis diplomática de las negociaciones debido a los persistentes cortes de luz, a la crónica escasez de medicamentos y de recursos básicos, como el carburante. En este caso, el gobierno de Washington podría amplificar sus presiones sobre los países involucrados en la ayuda social y humanitaria hacia Cuba recrudeciendo sus aranceles; por su parte, La Habana podría endurecer sus posiciones políticas buscando una ayuda más sostenida, y no solamente formal, de sus aliados. Sin embargo, lo que todavía parece borroso son los términos y las consecuencias de la interferencia norteamericana en Cuba: en un escenario que cambiaría, eventualmente, el rumbo de la isla en su futura organización institucional, ¿Estados Unidos tendrá una estrategia alternativa fuerte y capaz de reemplazar un sistema político vulnerable al capitalismo internacional pero que sobrevivió por más de 60 años? 

Sin embargo, lo que todavía parece borroso son los términos y las consecuencias de la interferencia norteamericana en Cuba: en un escenario que cambiaría, eventualmente, el rumbo de la isla en su futura organización institucional, ¿Estados Unidos tendrá una estrategia alternativa fuerte y capaz de reemplazar un sistema político vulnerable al capitalismo internacional pero que sobrevivió por más de 60 años? 

Es decir, Cuba ha sobrevivido por adaptación estratégica y por una “arquitectura de supervivencia” que la hizo dependiente de Estados Unidos primero y de la Unión Soviética, luego. Sin embargo, en la nueva era multipolar, donde la geoeconomía desempeña un papel relevante, Cuba revela los límites estructurales de su modelo no solo económico y energético, sino también de un sistema político que, a lo largo de los años, ha sido definido por una extrema dependencia externa – y eso mucho antes del siglo XIX. Por ende, La Habana estaría utilizando la ineficiencia de su aparato económico y energético como una herramienta de distensión diplomática para mantener firme su sistema de gobierno, ofreciendo ajustes económicos hacia un capitalismo moderado para evitar un colapso político con consecuencias más graves y duraderas

Estratégicamente, y bajo nuevas lógicas mundiales, la isla estaría adaptándose a las necesidades del siglo XXI para su propia sobrevivencia: si antes lo hizo con el Viejo Mundo, después lo hizo con los Estados Unidos del siglo XIX hasta llegar a la URSS del mundo bipolar. La Habana podría estar aprovechándose, mediante adaptación estratégica, de la “disuasión energética” norteamericana para obtener legitimidad y estabilidad política estratégica, a detrimento de una economía centralizada —lo que supone un best case scenario -.

Por ahora, hay que monitorear atentamente las cualidades de las negociaciones entre las dos partes, y si el diálogo sigue disponible, así como la voluntad de La Habana de mantener abierto un canal económico para las inversiones extranjeras, y, sobre todo, el nivel de solidaridad estratégica rusa y china hacia un aliado menor pero geográficamente fundamental. 

¿Logrará Cuba sobrevivir esta vez sacrificando su política económica para mantener legitimidad interna a través de un diálogo asimétrico con Washington y en medio de una crisis energética galopante, o las negociaciones quedarán estancadas, lo que conllevaría a un punto de inflexión fatal?


Ivana Patanè (Italia): Licenciada en Lenguas Extranjeras para la Comunicación Intercultural, con especialización en estudios latinoamericanos. Estudiante de Relaciones Internacionales y Diplomacia en la Universidad de Padua. Columnista en Diplomacia Activa.

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