La paradoja mexicana: concentración de poder y prosperidad

Por Iker Escobar León
En México, el deseo de un país próspero ha sido constante. Pero una y otra vez, el crecimiento ha llegado a costa de nuestras libertades. A 200 años de historia, aún enfrentamos la misma pregunta: ¿Cómo avanzar sin dejar atrás la voz y los derechos de la gente?

¿Crecimiento o consenso? ¿Desarrollo o democracia? ¿Legado o libertad? ¿Prosperidad o participación? Parece una constante que el desarrollo se consigue cuando los derechos se erosionan y el poder se concentra, y México no es la excepción. La pregunta que nos hacemos es: ¿Este es el precio a pagar por el progreso?
Como mexicanos, ansiamos el desarrollo de nuestro país y figurar entre las economías más poderosas, destacar por albergar una gran calidad de vida, abanderar múltiples galardones culturales, junto a muchos otros anhelos que deseamos para nuestro país; y lo tenemos todo para lograr eso y más: extensas tierras, abundantes fuentes de recursos y una vasta población.
No obstante, al edificar este desarrollo, el liderazgo nacional enfrenta el debate entre el crecimiento o la ciudadanía. Este ha sido el mayor dilema de México desde su fundación. Traduciéndolo a la actualidad, en pleno movimiento de transformación y bienestar social, conviene revisar si el presente del país promete una innovación en su tradición de desarrollo o si repite la misma fórmula con nuevos colores. ¿Será así como México podrá desarrollarse sin erosionar sus derechos cívicos y políticos?
¿Qué dice la historia?
Recita desde 1824 la Constitución Federal de los Estados Unidos Mexicanos, en su título segundo, que “la nación mexicana adopta para su gobierno la forma de república representativa popular federal”, una federación dividida en Estados, cuyo supremo poder descansa en legislativo, ejecutivo y judicial.
Desde entonces, la federación ha sido parte de la identidad nacional. Aunque, el federalismo mexicano parece más un ideal constitucional cuando el centralismo se ha convertido en la variable que determina el desarrollo federal. Por tanto, existen cuatro momentos de centralización que polarizan al país desde su fundación.

Estigmatizado por sus efímeras y repetidas presidencias, arribó en 1853 a un México de moral ultrajada y espíritu nacional acribillado tras la guerra américo-mexicana y las disputas internas que solo desangraban la poca sostenibilidad del país, luego de independizarse. El exiliado general Antonio López de Santa Anna fue llamado de vuelta a México para lograr el “sostenimiento del sistema federal y al restablecimiento del orden y la paz”, según el Plan de Guadalajara de 1852, otorgándole poderos extraordinarios indefinidos.
El país veía necesaria una figura centralizada que controlase al clero, la banca y el ejército, luego de que el naciente federalismo propiciara la disolución nacional con bandos y motines intransigentes. Así, su última presidencia se tornó en la llamada dictadura, donde impuso exorbitantes impuestos para sanar las paupérrimas arcas desde la Independencia.
Algunos ejemplos fueron el impuesto a los perros domésticos y el gravamen por cada puerta o ventana en los hogares mexicanos. Esto derivó en la crítica y el malestar social, respondiendo Santa Anna con un decreto de censura, la eliminación de libertad de imprenta y la pena indiscriminada de destierro a opositores o conspiradores del régimen.
La presión acumulada forzó la renuncia de la Alteza Serenísima como presidente en 1855, dejando como legado el intento de consolidación administrativa y desarrollo militar de México. La partida de Santa Anna no dio mayor claridad al reparto del monopolio de la fuerza y las luchas por fijar el modelo de la nación indefinida prosiguieron.
En pocos años, la presidencia fue ocupada por el Benemérito de las Américas, en 1858. Se le reconoce a Benito Juárez García el desarrollo de las instituciones y los principios rectores de la federación: el nacionalismo, la secularización del Estado, el derecho a la educación, la defensa de la soberanía, entre otros. Aun así, el mito del benemérito no lo exime del autoritarismo ejercido, pese al contexto áspero.
Entre las múltiples crisis que marcaron a México, se pueden mencionar la deuda extranjera, la Reforma y el Segundo Imperio Mexicano. Aún así Juárez retuvo la presidencia cuatrienal hasta su muerte en 1872, se negó hasta 1865 a la entrega del cargo finalizado, so pretexto de que “la nación estaba en guerra”.
Ello contradice a la Constitución de 1857 -de la cual fue partidario- que prohíbe la reelección inmediata del Ejecutivo bajo ningún motivo. El triunfo republicano tampoco solventó los levantamientos auspiciados por las ambiciones liberales, al mismo tiempo que Juárez reformaba la Constitución, fortalecía al Poder Ejecutivo y sumaba reelecciones y enemigos.
Uno de estos enemigos fue Porfirio Díaz Mori, posiblemente, la figura más controversial de México. Asumiendo el poder en 1877, Díaz brindó la paz que tanto rogaba el país, controló a caudillos y caciques, se reconcilió con Europa, incentivó la industria y mejoró las finanzas públicas. Esto permitió, a partir de 1890, el auge del Porfiriato con el desarrollo en telecomunicaciones, infraestructura, transporte, inversión extranjera y comercio internacional, condensado como poca política y mucha administración.
Sin embargo, los altos rendimientos requirieron altos costos políticos. La censura y la represión se volvieron las herramientas del régimen porfirista para consolidar sus proyectos de modernización y mantener el control del país; el poder y la toma de decisiones estaban reservados únicamente para Díaz y sus científicos; las reelecciones se acumulaban en mayor medida que las de Juárez; la riqueza se repartía entre la élite mexicana; la prosperidad llegó, pero no se distribuyó al resto del país; la representación popular no existía. Para 1910, el poder se disputó unos años y pasó por muchas manos, pero no cambió de estrategia, hasta llegar a la Revolución Institucional.
México volvió a cero y era necesario reconstruir, ahora como hombres civilizados; la centenaria ley del más fuerte se abanderó bajo la ley del partido. Desde su fundación en 1929, el Partido de la Revolución nace para “implantar una vida civilizada que asegurara el ascenso al poder” donde la presidencia no se decidiera por las armas o por levantamientos, un mecanismo estatal para centralizar la autoridad. Conforme México se civilizaba, se creó un sistema de partido hegemónico que arropó a diferentes sectores de la población, esparciendo el desarrollo interno, industrial, educativo, petrolero, sindical, económico y productivo.
Entre milagros y desarrollo que el pasado recuerda ilustremente de la Dictadura Perfecta por brindar la estabilidad y el sustento, por administrar la abundancia, el mecanismo se sostenía con la misma fórmula: prensa afiliada al Estado, so pena de censura; la Guerra Sucia que reprimía a enemigos del partido; masacres estudiantiles; reelecciones del partido con diferentes nombres; falta de representación y de transparencia, corrupción y un sinfín de prácticas heredadas. El presidencialismo era el nuevo sucesor y rigió hasta el 2000, dejando una alternancia caótica.

¿Qué dice el desarrollo, hoy, y en México?
Así, desafortunadamente, la experiencia histórica ha demostrado que no es posible y prueba que una sociedad acallada y sometida es el precio del orden y progreso. Sin embargo, esto no debe decidir que no podamos mejorar nuestro futuro y las formas de alcanzar la prosperidad. Por ejemplo, una propuesta atractiva sobre el desarrollo es la que postula Amartya Sen.
El laureado apunta a la libertad como el principal medio y fin del desarrollo, comprendiendo a su vez el desarrollo como la expansión de las capacidades humanas, el crecimiento del bienestar y de la libertad humana, la mejora de la vida humana más que la riqueza económica. Sen rescata cinco libertades: libertades políticas, facilidades económicas, oportunidades sociales, garantías de transparencia y seguridad protectora.
Entonces, bajo esta visión, hemos estado tratando con un desarrollo incompleto desde 1821. Los gobiernos que han atropellado las libertades políticas y sociales solo han manifestado un crecimiento parcial; priorizamos durante siglos la facilidad económica y la seguridad protectora que nos hemos olvidado de la oportunidad social, la libertad política y las garantías de transparencia. Las necesidades por cubrir de México han fluctuado según su contexto, pero la constante olvidada ha sido la población. Ergo, es necesario abordar una solución íntegra que recoja las cinco libertades de Sen.
Como consecuencia y ante los numerosos abusos y olvidos, ha surgido una vía que toma por lema el bienestar y el humanismo mexicano, una propuesta que busca sanar y evitar los errores del pasado, anteponiendo a la población. Entre sus principios, destaca la “transformación democrática del país. Un cambio en lo político, económico, social y cultural (…) defendiendo los derechos humanos, la libertad, la justicia y la dignidad de todos”.

¿Se ha podido ver un desarrollo en México, bajo el liderazgo del Movimiento de Regeneración Nacional, a la fecha?
En facilidades y oportunidades, el salario mínimo nacional de 2025 ha incrementado a $278 pesos diarios (Comisión Nacional de los Salarios Mínimos, 2024). Los programas sociales han crecido en presupuesto –abarcando el 41% del presupuesto federal de egresos en 2024– e incrementaron su cobertura hasta un 34% de hogares mexicanos, aunque siguen sin atender a los hogares en pobreza.
En infraestructura, el oficialismo ha anunciado el mantenimiento e inversión en carreteras “para conectar a las zonas más vulnerables”, sumando las obras de la Refinería de Dos Bocas, el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles y la recuperación de líneas ferroviarias con el Tren Maya, el México-Toluca, el México-Querétaro, el Corredor Interoceánico y más.
Por lo visto, las oportunidades socioeconómicas crecen; no obstante, hay abusos que merman este progreso. Con una sobrerrepresentación legislativa, se han aprobado apresuradamente reformas que han erosionado instituciones, organismos autónomos y más, como el INAI, COFECE y CONEVAL. También se ha criticado la eliminación de contrapesos con la elección judicial y su paupérrima participación ciudadana.
Asimismo, las últimas reformas de junio 2025 despiertan acusaciones de militarización y espionaje al fortalecer a instituciones de seguridad y vigilancia. Tampoco desapercibida la crítica y descalificación hacia la prensa, donde también se busca una reforma de administración estatal sobre las telecomunicaciones y radiodifusión.
De tal forma, la violación de la libertad política y las garantías de transparencia ensucian nuevamente el crecimiento logrado y se vuelven parte de este y, así, volvemos ante el mismo dilema de los últimos doscientos años.

¿Qué dice el mundo?
La cuestión de desarrollo no es solo algo exclusivo del contexto de México, de hecho, todo el mundo Sur-Global comparte la misma inquietud: cómo lograr el desarrollo procurando el bienestar de la nación. El camino del Norte-Global parece traicionero y hasta alejado de las realidades que atraviesa cada país. El caso más icónico del desarrollo desde el Sur-Global es el de China.
De un imperio caduco a la desolación de la II guerra mundial y la guerra civil china, ha logrado posicionarse como uno de los polos del sistema internacional actual. China adoptó la apertura comercial en la década de 1970 y ha escalado hasta ser la fábrica del mundo. Aunque, su nivel de desarrollo trae también consigo un estricto modelo social. Con un partido hegemónico, China gobierna con gran recelo a la población. El acceso al libre internet es restringido, por ende, la libre expresión y prensa no existen; la polarización entre el mundo tecnológico y el mundo rural persiste; un fuerte aparato de vigilancia existe detrás de la población; y las minorías étnicas son discriminadas y reprimidas.
No obstante, no tenemos que ver al otro lado del océano para encontrar una historia similar en el hemisferio occidental. El Salvador es otro caso sonado sobre el desarrollo con métodos que polarizan opiniones. De ser un país reinado bajo las pandillas criminales a uno de los Estados de Latinoamérica más seguros, gracias a las políticas de seguridad, la población nota el cambio en su país, mientras las críticas de populismo y los abusos contra reos incomodan la transformación. Además, el 31 de julio, el Congreso salvadoreño aprobó una reforma constitucional que amplía la presidencia hasta seis años, otorgando también una reelección presidencial indefinida, concentrado el poder en Nayib Bukele.
¿Será que, por fin, el fin ya justifica los medios? En tanto no comprendamos la importancia de una solución integral que atienda todas las libertades humanas, sumado a la falta de recursos, unión social y voluntad política, no tendremos dichos proyectos de desarrollo para que se materialicen y, entonces, es aquí donde todos nos debemos preguntar qué apreciamos más: ¿La estabilidad o la libertad?

Iker Escobar León (México): Estudiante de la Licenciatura en Relaciones Internacionales de la Universidad Anáhuac Querétaro y editor en jefe del Anuario Queretano de Relaciones Internacionales (AQRI). Columnista en Diplomacia Activa.
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