El lenguaje y las relaciones internacionales
Por Agustina Miranda Giordano
Hace apenas dos días aterricé en otro país, un lugar donde la lengua y la escritura me son ajenas y desconocidas. Todo me es extraño y, a la vez, familiar. El desconcierto me envuelve al caminar, hoy he salido a recorrer las pintorescas calles de Estambul. Salí con el objetivo de perderme entre sus rincones, dejando que Google Maps me guie por calles cuyos nombres no consigo descifrar. Tras unos diez minutos de caminata llego a una de las cuatro puertas del Gran Bazar, el mayor bazar de Estambul y uno de los más grandes del mundo.

Atravesar la puerta es como adentrarse en una pintura de colores diversos y sonidos de todo tipo. Aquí el presente y el pasado parecen reencontrarse y darse las manos. El aire que respiro tiene el aroma del tiempo y de las más diversas y exóticas especias. Una tras otra, como las páginas de un libro, se alinean las diferentes tiendas: sedas, alfombras, hilos, lámparas encendidas decoran a cada centímetro el espacio.
Aquí el simple acto cotidiano de comprar y vender se torna en algo más que un intercambio de monedas es una experiencia extraordinaria para quien escucha activamente. Pues, al prestar atención a las voces entrelazadas se escucha una sinfonía de lenguas distintas, así como caleidoscopio de sonidos: por un lado, un vendedor turco que busca convencer a un comprador que habla en inglés e intenta regatear; por allá unas muchachas que hablan alemán y parece que cuentan un chiste, a mi izquierda un grupo de personas de China se detiene frente a una tienda de seda.
Mi oído se convierte en un mapa de lenguas y capta distintos fragmentos del inglés, portugués, el francés, el alemán, y otros tantos que no sé diferenciar pero que permiten la comunicación entre las personas. Esto en parte refleja la riqueza cultural de la región. Cada conversación, cada trato, y cada saludo en este mercado es un puente directo a la cosmovisión y comprensión del mundo de los hablantes. En este sentido, pienso que el lenguaje no es mera comunicación, sino que, fundamental y primigeniamente, configura nuestra comprensión del mundo.
Mis reflexiones me remiten a Wilhelm von Humboldt, un pensador de los siglos XVIII y XIX, inscripto en el movimiento conocido como “romanticismo”. Movimiento que pone el acento en el carácter lingüístico del sujeto, en contraste con la desvalorización que poseía el lenguaje para ese entonces.
Desde la óptica de este pensador, el lenguaje es una manifestación de la fuerza espiritual; es decir, se trata de una capacidad lingüística inherente a toda la humanidad en su conjunto presente en cada comunidad y cada individuo de modo diverso. Dicho de otro modo, el lenguaje está presente en todo ser humano ya que “el lenguaje nace de lo más profundo de la humanidad” afirma Humboldt.

En su obra Sobre la diversidad de la estructura del lenguaje humano y su influencia sobre el desarrollo espiritual de la humanidad (1835), una de las principales tesis de Humboldt es que “la diversidad de lenguas consiste en más que una mera diversidad de signos”. Con esto, el pensador rechaza la reducción del lenguaje a mero conjunto o sistema de signos, cuya única función es permitir la comunicación. Desde esta perspectiva, el lenguaje es entendido como un elemento pasivo dentro del mundo.
Si bien el lenguaje es un conjunto sistemáticamente elaborado, es más que eso y aquí radica la innovación de Humboldt. El autor entiende al lenguaje no como un producto ya instituido, es decir, una obra formada por una multiplicidad de signos y reglas gramaticales, sino como una actividad. Esta actividad lingüística creadora tiene como finalidad hacer que el sonido articulado, es decir, el habla exprese el pensamiento. Humboldt analiza la actividad del habla, el acto continuo de hablar de los pueblos.
Esta actividad es creadora, pero no en sentido absoluto, sino transformadora de lo ya existente. En otras palabras, mediante el lenguaje se recibe la tradición y, a su vez, éste es modificado de acuerdo con las nuevas vivencias de cada comunidad.
Esto último puede entenderse a partir del binomio de materia y forma. Por un lado, la lengua heredada en cada comunidad constituye la materia lingüística; esto es, el sonido, las percepciones y los pensamientos. Por otro lado, cada comunidad, cada pueblo, le imprime a ese material heredado una forma propia, es decir, se trata de la imposición a la materia de una forma lingüística particular. Esto significa que cada ser humano está creando la lengua continuamente, en la medida en que emplea ese material lingüístico para expresar las ideas y los pensamientos.
Cada individuo y cada pueblo tiene una manera peculiar de articular el sonido para expresar las ideas, y esa forma puede variar, no permanece siempre igual. Por ejemplo, en Argentina no hablamos el mismo español que nuestros antepasados, ni el mismo español que se habla en España o en Colombia. Esta actividad formadora, que es diversa en cada caso, crea estructuras que se constituyen en vías por las cuales se va desarrollando la humanidad misma.

Una de las afirmaciones más importantes de Humboldt es que “las distintas lenguas, son de hecho, distintas visiones del mundo”. Si la lengua no es mero instrumento pasivo para representar la realidad ni para expresar pensamientos, sino que, fundamentalmente, es actividad lingüística que forma conceptos, entonces, en cada lengua debe estar contenida una visión particular del mundo.
Cada comunidad lingüística constituye una subjetividad colectiva que crea y moldea la lengua que emplea. El poder hablar es lo que permite a cada individuo desplegar todas sus capacidades y acceder a una comprensión del mundo. Hablar de visión tiene que ver con el modo como el mundo es descubierto e interpretado, es decir, tiene que ver con la óptica desde la cual se vive.
Asi, aprender un idioma expande nuestra comprensión y visión, ya que en cada lengua se puede encontrar una manera de ver el mundo que pertenece a una parte de la humanidad que, en principio, nos es completamente ajena, pero cuyo aprendizaje ésta puede enriquecernos. Todo ser humano tiene experiencias, comprende las cosas y, de algún modo, esa comprensión se objetiva o cristaliza en la lengua. Esto sucede tanto a nivel individual como a nivel colectivo. Esta subjetividad colectiva experimenta el mundo, comprende, y a lo largo del tiempo, expresa esa comprensión y experiencia a través de su lengua.
En este sentido,cuando alguien aprende otro idioma, no sólo se apropia de ciertas palabras y estructuras, sino que, esencialmente, también se apropia del modo como esa lengua habilita a otra comprensión del mundo.Por eso, Humboldt afirma que aprender una lengua extraña debería implicar la obtención de un nuevo punto de vista en la anterior visión del mundo, y lo hace en cierto grado, pues cada lengua contiene en sí la trama entera de los conceptos y representaciones de una parte de la humanidad.
Volviendo a mi presente, tras haber recorrido el Gran Bazar, ahora me encuentro sentada en un café y pienso que las reflexiones de Wilhelm von Humboldt sobre el lenguaje no sólo encierran una comprensión de la actividad lingüística, sino que también ofrecen una óptica a través del cual podemos analizar las complejas interacciones entre los diversos países y sus diferentes lenguas.

En un mundo caracterizado por la diversidad cultural y lingüística, las palabras que elegimos y la forma en que nos comunicamos no son meros instrumentos de intercambio, sino expresiones de visiones del mundo arraigadas en las diferentes tradiciones y experiencias colectivas. Cada lengua, al ser un vehículo del pensamiento y un reflejo de la subjetividad colectiva, está impregnada de las particularidades históricas y culturales de su comunidad. En el ámbito internacional, esto significa que los discursos políticos, los tratados y las negociaciones no son meramente intercambios de información, sino que, esencialmente, representan un diálogo en el que se entrelazan múltiples realidades.
En este sentido, mientras pruebo una galletita turca llamada kurabiye, concluyo que la obra de Humboldt nos invita a considerar el lenguaje como uno de los actores primordiales en el ámbito de las relaciones internacionales. A medida que enfrentamos desafíos globales interconectados, la capacidad de entender y apreciar la riqueza de las lenguas y culturas del mundo se convierte en una premisa fundamental. Entonces, la tarea no sólo consiste en comunicarse, sino también en aprender a escuchar, para así abrirse a la complejidad de la humanidad que nos rodea y nos constituye.
Agustina Miranda Giordano (Argentina): estudiante de Profesorado de grado universitario y Licenciatura en Filosofía, Universidad Nacional de Cuyo. Miembro de Diplomacia Activa.
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