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¿Escocia libre? Un sueño pospuesto

A pesar de que la pandemia generada por el COVID-19 afectó severamente las dinámicas vigentes del sistema internacional, hay procesos que no tienen descanso; el independentismo escocés es una de ellas.

El pasado 8 de agosto Nicola Sturgeon, la actual ministra principal y líder del Scottish National Party (SNP), reavivó la llama declarando que “es una locura pensar que no quiero una Escocia independiente”. Más allá de que los dichos se encuadren dentro de la competencia electoral del año próximo, afectada por una posible fragmentación del movimiento por la independencia, los mismos denotan el compromiso y la vigencia de la causa impulsada.

Es por eso que, aunque tomó relevancia internacional por efecto del referéndum celebrado en 2014, el mismo fue resultado de un proceso iniciado en 1970 a partir del descubrimiento de yacimientos petrolíferos en el Mar del Norte. Este hecho desataría una feroz campaña en pos de la independencia económica (y no en términos culturales) del Reino Unido, instaurando el tema en la agenda política británica. Es a partir de ello que para entender con mayor simpleza qué motiva al movimiento tenemos que tener en claro que ya ha quedado atrás el espíritu que motivó la causa jacobita, el independentismo del Scottish National Party remite a cuestiones económicas y cívicas, en las cuales Escocia se ve obstruida por el poder político de Londres.[i]

Con la llegada de Tony Blair al 10 de Downing Street en 1997, el SNP y los independentistas tendrían su primera victoria en 1999 mediante el retorno del Parlamento al país después de 300 años de representación en Westminster.

Luego de décadas de reclamos y negociaciones con Londres, el Partido Nacional, bajo el liderazgo de Alex Salmond y con una mayoría en la Cámara legislativa local obtenida en 2011, logró que se materializara la posibilidad de una estado libre con el aval del Parlamento británico mediante la Scottish Independence Referendum Act en 2013. El llamado a las urnas arrojó un resultado negativo para los votantes del “Yes”, pero consolidó la base política y las esperanzas hacia una independencia.

El fallido referéndum y el Brexit, alteraron el panorama debido a que el resultado de la consulta significó el fracaso, en términos políticos, del proyecto liderado por Salmond y el rechazo de un sector de la sociedad. Pero, a pesar de la derrota en las urnas, la salida del Reino Unido de la Unión Europea favoreció el proceso, logrando que no se altere la estrategia del SNP. El cierre de los mercados europeos y la efervescencia política vivida en Londres a raíz de la acefalía del Partido Conservador luego de la dimisión de David Cameron, ilusionó al SNP y sus partidarios. Sin embargo, las elecciones generales de 2017, ya con Nicola Sturgeon a la cabeza, no fueron alentadoras para el nacionalismo escocés, el cual vio su número de bancas ampliamente disminuidas en relación a las elecciones de 2015. Esto conllevó a que Sturgeon mermara los ánimos en relación a un futuro referéndum en el corto plazo, con el fin de redirigir el foco hacia las negociaciones del Brexit.

Primer ministra de Escocia Nicola Sturgeon le da la bienvenida al Primer Ministro Boris Johnson.

No obstante, el carácter económico y europeísta del independentismo se vio reavivado debido a la lucha por el liderazgo y las fallidas negociaciones con Bruselas, dando paso a que en 2019 Nicola volviese a la carga argumentando que: “Si tenemos éxito en seguir aumentando el apoyo y la demanda de independencia, […] entonces ningún gobierno del Reino Unido podrá negar la voluntad de la gente o detener esa voluntad expresada”.  

En este contexto, el ascenso de Boris Johnson como líder del Partido Conservador y su póstuma victoria en las elecciones del año pasado, trajo aparejado la consolidación del ala euroescéptica y unionista al interior de Westminster, así como dando argumentos para celebrar un nuevo referéndum. Sturgeon, contando con el apoyo de los parlamentarios de Edimburgo, planteó que el escenario post-Brexit ya no representaba lo decidido en 2014 y que el pueblo estaba en su derecho a decidir sobre su futuro, lo que llevó a que para fines del pasado año se impulsara una campaña para realizar aquel.

Para principios del 2020, lastimosamente para los adherentes y simpatizantes de una Escocia independiente, la petición fue rechazada con un “no” rotundo por parte de Boris Johnson quien, carta de por medio, le replicó a la ministra principal que la consulta de años atrás fue “Once in a generation” y que otro referéndum significaría continuar con la estancación que viene asolando hace una década producto de la campaña secesionista. Sin embargo, contra todo pronóstico y en parte gracias a la pandemia, el Panelbase poll para el Sunday Times auguró el pasado mes una escalada en favor del “Yes” que alcanzaría un apoyo estimativo del 54%. Según expertos, la remontada de la causa nacionalista se debería a la gestión y el manejo de la crisis que, en comparación con Boris Johnson que optó por la contención, consistió en una campaña de erradicación del virus.

La encuesta del Sunday Times reanimó al SNP y a la ministra principal, que habían decrecido tras el cruce con Jefe de Gobierno británico, generando que se impulse, una vez más, la campaña por el referéndum. La idea parece cada día más factible para los nacionalistas puesto que la gestión del partido goza de altos índices de aprobación. La relación de Londres con Bruselas genera enemistad hacia el proyecto unionista y la incapacidad de gestionar los recursos locales dada la intervención de aquel que siempre está vigente. A fin de cuentas lo que busca el nacionalismo es “[…] una Escocia independiente […] habría sido un país administrado y gestionado de manera diferente a la Escocia británica, pero no culturalmente opuesta a este última”.[ii]

A pesar de ello, deberá enfrentar obstáculos difíciles de sortear para acceder a su tan ansiada libertad. La legalidad se erige como uno de dichos inconvenientes ya que existe un consenso en torno a la vía por la cual acceder a la misma, y el camino siempre lleva a la aprobación de Westminster y jamás hacia una declaración unilateral. A pesar de ello, en los últimos meses se ha barajado la idea de realizar uno de forma unilateral no vinculante, con el fin de disuadir al gobierno británico para replicar lo logrado en 2014; tanto Theresa May como Johnson se han declarado en contra, por lo que la mayoría conservadora en el Parlamento británico representa una barrera casi infranqueable. A su vez, el escenario pandémico conlleva a una ralentización de los procesos, generando que la movilización política en las calles se vea mermada y que los recursos se pongan a disposición de la salud.

Ilustración: Sébastien Thibault

El sueño de libertad no es lejano pero tampoco está a la vuelta de la esquina. El mismo dependerá de un liderazgo hábil y con gran capacidad de negociación; de una gestión eficiente de los recursos; buenos resultados electorales; y alianzas estratégicas, que permitan ejercer presión hacia el 10 de Downing Street para que las posibilidades se tornen tan claras como 6 años atrás. En el caso de que ello sea factible, a fin de cuentas, todo estará en manos del pueblo.


Rodrigo Ventura De Marco: estudiante de Relaciones Internacionales, Universidad del Salvador.

Referencias

[i] de Marco, R. V. (2019). Independentismo en Europa:¿ Bonanza económica o redescubrimiento de la identidad? Miríada: Investigación en Ciencias Sociales, 10(14), 115-148.

[ii] Bisaschi, L. (2015). Independentism and Nationalisms in Europe. Equilibri, 19(1), 121-129.

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