Un país europeo, uno árabe y uno sudamericano, con menos de 10 millones de habitantes cada uno, apostaron a la neutralidad activa como política de Estado y a la diplomacia preventiva como forma de construir confianza mucho antes de que estalle cualquier conflicto. Así alcanzaron una misma reputación: la de ser interlocutores confiables entre los «grandes».
La ONU aprobó un esquema de gobernanza y seguridad sin precedentes para Gaza. Pero entre tutela internacional, desarme forzoso y soberanía en suspenso, la pregunta kantiana persiste: ¿Estamos ante el inicio de una paz duradera o ante una arquitectura temporal destinada a fracturarse?
El reciente acuerdo entre Israel y Hamas pone de relieve una realidad incómoda pero necesaria: en ciertos contextos, negociar con actores violentos no es un acto de debilidad, sino una herramienta indispensable para detener la violencia, proteger vidas y construir un orden político duradero. Por Agustín Bazán