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América Latina 2026: desafíos y oportunidades

Por Ivana Patanè

Un continente fragmentado entre viejas lógicas imperialistas  y frágiles tentativas de confrontación: otra vez, América Latina es el tablero internacional de superpotencias que se disputan el futuro de la geopolítica mundial.

Diplomacia Activa

Tras años de descuidos geopolíticos, el 2025 ha sido “el año de América Latina”, donde la región ha dejado de ser un mero espectador en el tablero de las relaciones internacionales. De hecho, a partir de la nueva administración republicana de los Estados Unidos de Donald Trump, la región ha estado en el centro de las “agitaciones geopolíticas” mundiales

Además, cabe destacar que en el panorama político interno, el 2025 ha sido un año electoralmente intenso para América Latina ya que nueve países atravesaron un periodo de elecciones presidenciales, legislativas, locales y judiciales (en el caso mexicano). Por ende, algunos analistas han colocado este 2025 en el “trienio electoral” latinoamericano que comprende también el 2026 y 2027 como años claves donde doce países latinoamericanos ven la celebración de elecciones presidenciales.

En un clima polarizado, este año electoral ha visto la confirmación de gobiernos derechistas en Ecuador; un quiebre institucional con la llegada al poder del centro-derechista Paz al poder en Bolivia; la consolidación legislativas y locales de líderes anti-casta (como Bukele y Milei) y de regímenes autoritarios (como Maduro en Venezuela). 

Asimismo, la creciente inseguridad ciudadana y la falta de confianza en las instituciones son dos temas que están delineando la carrera electoral en Chile que jugará su segunda vuelta este domingo 14 de diciembre, entre la candidata comunista Jara y el ultraconservador Kast. Recientemente, las elecciones en Honduras atrapan al país, otra vez, en la incertidumbre. Después de días, todavía Tegucigalpa sigue sin conocer a su próximo mandatario.


Ilustración | CELAG

Tablero mundial

Desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca en enero de 2025, la política exterior estadounidense representó, desde el principio, un parteaguas y un enorme desafío para los países latinoamericanos.

Desde el primer paseo triunfal al exterior del Secretario de Estado Marco Rubio en Centroamérica, algo que no ocurría desde hace más de un siglo, pasando por la geoeconomía de los aranceles, las intenciones de recuperar el Canal de Panamá, las deportaciones masivas, hasta la lucha contra el “narcotráfico” con el despliegue militar en el Caribe, el mandatario republicano revitalizó el interés geoestratégico de la región que culminó en noviembre de este año con la publicación de la Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense.

En particular, en la página dedicada al Hemisferio Occidental, la estrategia enfatiza que tras años de abandono Washington está lista para reafirmar la “Doctrina Monroe” y la influencia estadounidense en todo el Hemisferio occidental para la protección del territorio nacional. Con este documento, por ende, se confirma subrepticiamente la política ofensiva por parte de Estados Unidos, sobre todo, para salvaguardar sus intereses frente a varias disputas geopolíticas con otras potencias en América Latina.

En política comercial, desde febrero de 2025, frente a la “guerra arancelaria” de Trump, los países de América Latina y el Caribe, en su conjunto, enfrentaron en promedio un arancel efectivo del 10% en los Estados Unidos, 7 puntos porcentuales por debajo del arancel promedio a nivel mundial. Efectivamente, estos países tienen menores aranceles en comparación con otros importantes socios comerciales de Washington, por ejemplo en el escenario asiático.

En cierta medida, la ruptura con las normas multilaterales del comercio ha significado, para Washington, priorizar el unilateralismo económico y comercial buscando concluir acuerdos bilaterales y aprovechando las asimetrías de poder con sus socios comerciales y políticos.


Ilustración | Fair Observer

Por otra parte, las prolongadas incertidumbres tarifarias generaron importantes secuelas negativas en los flujos de inversión extranjera directa (IED) hacia América Latina: en el primer trimestre de 2025, llegaron a la región menos del 53% de proyectos de IED con respecto al 2024. Esta situación de presiones comerciales para obtener beneficios geopolíticos ha sido descrita por analistas como de “interdependencia instrumentalizada.  

En materia de migración y seguridad, la Casa Blanca dejó claro la intención de deportar inmigrantes de forma masiva y combatir el narcotráfico y lo hizo desde el principio, a través del viaje inaugural de Marco Rubio a Centroamérica. El mismo, durante su visita oficial a Costa Rica, puntualizó que “es mejor ser amigo que enemigo” de los Estados Unidos y, por ende, que es mejor hacer coincidir los intereses estratégicos de EE.UU. con los países latinoamericanos. 

En materia migratoria, Washington obtuvo resultados importantes ya que el gobierno aliado de Panamá se comprometió a ampliar el acuerdo alcanzado durante la presidencia Biden para el fortalecimiento de la seguridad en el Darién, paso fronterizo con Colombia, para miles de migrantes que avanzan hacia Estados Unidos, y aumentar las deportaciones de migrantes latinoamericanos desde su territorio.

Al mismo tiempo, otros aliados centroamericanos estratégicos apoyaron las políticas estadounidenses, como El Salvador, donde su líder Nayib Bukele ofreció acoger en su mega cárcel, el Cecot, criminales presos en Estados Unidos; además, los presidentes de Costa Rica y Guatemala también se han demostrado abiertos a la cooperación, siendo este último país el primer en recibir vuelos militares con deportados de Estados Unidos, promoviendo hasta planes para reintegrar a los guatemaltecos expulsados.

Por otra parte, Centroamérica ha visto la presencia de otro actor sumamente importante: China. De hecho, en las últimas dos décadas, el país se ha convertido en el segundo socio comercial más importante de la región – sobre todo para las importaciones centroamericanas -, después de Estados Unidos.

Además, se ha revelado un actor clave para la financiación de proyectos infraestructurales en la región como, por ejemplo, los 54 millones de dólares donados para la construcción de la Biblioteca Nacional en El Salvador; la realización del aeropuerto internacional de Punta Huete en Nicaragua; y, la influencia en el Canal de Panamá, entre otros.

Estas movidas chinas han despertado malhumores en el vecino norteamericano que, a partir de febrero de este año, ha sido muy crítico de la presencia china en el Canal de Panamá, por donde pasa aproximadamente el 6% del comercio marítimo mundial. La Casa Blanca ha expresado, en muchas ocasiones, la intención de recuperar el Canal con la fuerza frente a la presencia de “soldados chinos” operando ilegalmente ahí, afirmación desmentida por Panamá y China. 

Sin embargo, el Canal tiene una presencia significativa de empresas chinas, pero no hay evidencias sobre presiones de Pekín en la vía interoceánica. El gigante asiático es además el segundo mayor usuario del Canal después de Estados Unidos y uno de los mayores inversores en sus terminales.

Es importante aclarar que Panamá ha sido el primer país latinoamericano en adherir al proyecto “Ruta de la Seda” en 2017 (22 países latinoamericanos sobre 32 hacen parte de la iniciativa), cortando también los lazos diplomáticos con Taiwán, una movida que la Casa Blanca no vio con buenos ojos.


Imagen | Bloomberg Linea

Por añadidura, la presencia de China se ha ampliado con importantes interacciones políticas y geoeconómicas también en Sudamérica. En general, en América Latina, el país asiático comercia, principalmente, importando materias primas agrícolas y extractivas (por ejemplo, el “Triángulo del Litio” en el corazón de Sudamérica,  alberga el 60% de los recursos mundiales de litio) a la vez que invierte en infraestructura (el metro de Bogotá en Colombia o el puerto de Chancay en Perú) y exportando vehículos eléctricos (que crecieron de un 55%), maquinarias industrial y productos electrónicos.

Esta presencia china, teniendo en cuenta también la presencia comercial y diplomática rusa, ha sido siempre motivo de preocupación para la Casa Blanca. Entre otras cosas, en los últimos años, Pekín y Moscú – y en cierta medida Teherán – han mantenido intereses estratégicos, militares y comerciales con Caracas que, desde este verano, está en la mira directa de Washington.

Venezuela representa uno de los últimos vestigios del socialismo en la región y, bajo el pretexto de combatir al narcotráfico, Estados Unidos se ha mantenido ocupado militarmente en las aguas caribeñas cercanas a las costas venezolanas.

Sin embargo, estas movidas agresivas – que algunos consideran un “regreso a las lógicas de Guerra Fría” – han sido interpretadas no solamente como una estrategia de Washington para hacer frente al “narcoterrorismo” o para hacerse con el “petróleo venezolano”, sino para mandar un mensaje claro: limitar la influencia de otras potencias “extranjeras” en el territorio venezolano (y latinoamericano); amedrentar, indirectamente pero manu militari, países de corte socialista, como Cuba y Nicaragua.


Ilustración | Equiti

Finalmente, otras interpretaciones tienen que ver, en un plano interno, con el mismo oficialismo estadounidense que ve Marco Rubio ocuparse personalmente del caso venezolano en unas tentativas para ganarse las simpatías del ala más radical del movimiento MAGA, que quiere un desempeño total de Washington en otros países, y de sus votantes latinoamericanos, en particular, en el Estado de Florida

En último análisis, ante estos increíbles sucesos internos e internacionales ocurridos en este 2025 en América Latina y el Caribe, sería útil preguntarnos qué rol quiere desempeñar la región en los próximos años, en particular en el 2026.

Siguiendo una línea más teórica para mejor entender los escenarios futuros, el realismo periférico es un concepto relevante de las relaciones internacionales para entender las dinámicas actuales en la región. 

Esta teoría fue desarrollada por Carlos Escudé – aplicada inicialmente a la Argentina peronista – el cual sostenía que “los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben”, más bien, que los Estados periféricos (más débiles) debían evitar la confrontación con los Estados más fuertes, y actuar de forma pragmática para proteger sus intereses nacionales, priorizar su desarrollo interno y así evitar pagar altos costos económicos y sociales.

A partir del realismo periférico – trazado durante una época donde América Latina quedó atrapada en los vínculos asimétricos de la Guerra Fría con otras potencias mundiales – se pueden entender las relaciones de la región con China y con Estados Unidos.

Por ejemplo, ¿las relaciones económicas centroamericanas y suramericanas con el dragón asiático se traducen, realmente, en diversificación estratégica o es otra dependencia “asimétrica” de una potencia mundial? ¿Si las grandes potencias militares, como los Estados Unidos, imponen reglas, los Estados débiles tienen que elegir la confrontación o sobrevivir y adaptarse para salvaguardar su desarrollo nacional? Estas son las dudas para el próximo año. 


Ilustración | IE University

El 2026 será “otro año para América Latina” que verá, sin embargo, la consolidación de la Doctrina Monroe norteamericana, una fuerte polarización política e institucional interna y una fuerte asimetría en las influencias extranjeras – a excepción de que la región aproveche estratégicamente de sus recursos internos, construyendo una propia autonomía internacional e impulsando una integración regional más coherente y sólida, un escenario poco probable debido a las diversidades culturales y políticas de cada país -. 

América Latina ha nacido y todavía vive en la herida de la violencia político-militar del pasado, de la desconfianza en las instituciones, de crisis económicas. Por ende, entre futuras elecciones políticas y amenazas extranjeras, ¿logrará América Latina superar las viejas heridas del pasado y elegir libremente su futuro sin someterse a ninguna potencia mundial y a “unirse en la diversidad”? 


Ivana Patanè (Italia): Estudiante de Relaciones Internacionales y Diplomacia, Universidad de Padova. Columnista en Diplomacia Activa.

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