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UE-Mercosur: escenarios de un matrimonio por conveniencia

Por Ivana Patanè.

En un mundo fragmentado, donde la diplomacia financiera reconfigura los frágiles equilibrios geopolíticos, la firma del acuerdo entre bloques se perfila como el paso decisivo de las nuevas lógicas económicas entre Europa y Sudamérica.

Mercosur Unión Europea

El pasado enero, en Asunción, los Estados miembros del Mercosur —Paraguay, Uruguay, Argentina y Brasil— se reunieron para firmar el histórico Acuerdo de Asociación y el Acuerdo Interino de Comercio con la Unión Europea. La delegación europea estuvo encabezada por la presidenta de la Comisión, Úrsula von der Leyen, y el presidente del Consejo Europeo, António Costa.

El entendimiento finalmente tomó forma en el simbólico teatro José Asunción Flores del Banco Central del Paraguay, el mismo lugar donde nació el Mercosur en 1991. Allí, los ministros de Relaciones Exteriores de los Estados Partes y el comisario europeo de Comercio y Seguridad Económica rubricaron un acuerdo que marca un punto de inflexión en la cooperación comercial y política entre ambas regiones, cerrando una de las negociaciones más extensas de la diplomacia económica contemporánea.

«Después de 25 años logramos firmar el tratado de libre comercio con la Unión Europea, quizás el logro más grande desde la creación del Mercosur».

Javier Milei, Presidente de la República Argentina.

Sin embargo, la firma del acuerdo llega tras meses de tensiones en varios países europeos donde el sector agropecuario tiene un peso económico y político central. Las protestas de agricultores reflejan el temor a competir con productos del Mercosur que, según denuncian, podrían no cumplir los mismos estándares europeos, pero igualmente ingresar al mercado comunitario.

En términos generales, el acuerdo prevé la reducción gradual del 92% de los aranceles a las exportaciones del Mercosur —por un valor estimado de 61.000 millones de dólares— y un acceso preferencial al mercado europeo, acompañado de mecanismos regulatorios y cláusulas de salvaguardia. Por su parte, la Unión Europea ampliaría sus exportaciones de bienes industriales, automóviles y equipos electrónicos, hoy limitadas por altos aranceles en Sudamérica.

Pero más allá del comercio, surge una pregunta de fondo: ¿qué tienen en común la Unión Europea y América Latina? ¿Y qué tipo de poder económico y comercial puede construir el acuerdo UE-Mercosur en la geoeconomía global?


Según las proyecciones oficiales, las ventas argentinas a la Unión Europea podrían crecer hasta un 76% en los primeros cinco años y más del 122% en diez años, impulsadas por sectores estratégicos como energía y minería, en particular litio, cobre e hidrocarburos.

Del papel a la realidad

Con el acuerdo ya firmado, la discusión se desplaza del plano simbólico a sus efectos concretos. Para evaluar qué implica para Argentina, consultamos a Damián Arabia, diputado nacional y presidente de la Comisión del Mercosur en el Congreso, sobre inversiones, previsibilidad regulatoria y la estrategia de inserción internacional del país.

  • Después de más de dos décadas de negociaciones, ¿Qué cambia concretamente para Argentina si el acuerdo se implementa? ¿Dónde ves las mayores oportunidades en los próximos años?

Lo primero que cambia es la escala. Argentina pasa a integrarse plenamente a un mercado de más de 700 millones de personas, lo que implica acceso preferencial a una de las regiones con mayor poder adquisitivo del mundo. Esto no es solo comercio: es una decisión estratégica de inserción internacional. Las mayores oportunidades están en los sectores donde el país es naturalmente competitivo. Agroindustria, energía, minería, economía del conocimiento y manufacturas con valor agregado van a poder exportar más y mejor, con menos barreras y mayor certidumbre. Pero además hay un efecto menos visible y muy relevante: el acuerdo obliga a elevar estándares, mejorar productividad y modernizar procesos. Eso empuja a toda la economía hacia arriba. Después de años de aislamiento relativo, Argentina vuelve a mandar una señal clara: quiere ser parte del mundo y crecer a través del comercio, no del proteccionismo.

  • Muchas empresas miran estos tratados como señales de estabilidad. ¿Crees que el acuerdo puede mejorar la previsibilidad regulatoria y atraer inversiones productivas de largo plazo?

Sin duda. Los acuerdos comerciales modernos funcionan como anclas de previsibilidad. Establecen reglas claras, mecanismos de solución de controversias y marcos estables que trascienden los ciclos políticos. Para un inversor, la previsibilidad es tan importante como la rentabilidad. Este acuerdo reduce incertidumbre y baja el riesgo percibido del país, algo clave para atraer inversiones que no buscan ganancias rápidas sino proyectos productivos de largo plazo. Además, el acuerdo es coherente con el rumbo económico del gobierno: orden macroeconómico, respeto por los contratos, integración inteligente al mundo y reducción de trabas. Cuando la política comercial y la política económica apuntan en la misma dirección, el mensaje es muy potente. Argentina tiene todo para ser un receptor relevante de capital si ofrece reglas claras. Este acuerdo ayuda justamente a consolidar ese escenario.

  • ¿Cómo se inserta este acuerdo en la estrategia de política exterior del gobierno de Javier Milei? En particular, ¿Cómo dialoga con su visión sobre el Mercosur y con un escenario global más competitivo y fragmentado?

El acuerdo refleja un cambio de paradigma. La política exterior deja de estar guiada por afinidades ideológicas y pasa a organizarse en torno al interés nacional: más comercio, más inversiones y más crecimiento. El gobierno entiende que, en un mundo más fragmentado, quedarse afuera no es una opción. Los países que prosperan son los que se integran a las grandes redes comerciales. Este acuerdo posiciona a Argentina dentro de una de las mayores áreas de libre comercio del planeta y la conecta con cadenas globales de valor. También muestra una visión moderna del Mercosur. No como un bloque cerrado y defensivo, sino como una plataforma para proyectarse al mundo. La integración regional tiene sentido cuando amplía oportunidades, no cuando las restringe. En definitiva, el acuerdo es coherente con la idea de una Argentina más abierta, más competitiva y más confiable. Es un paso concreto hacia una inserción internacional adulta, basada en reglas y en la convicción de que la libertad económica es un motor central del desarrollo.


El canciller argentino Pablo Quirno reafirmó la necesidad de modernizar el MERCOSUR, impulsar la competitividad, el comercio y la integración regional, con reglas claras, menor burocracia y una mayor participación del sector privado.

El nuevo mapa de las relaciones internacionales parece confirmar un cambio de paradigma que se ha ido gestando en los últimos años: un sistema internacional donde el multilateralismo pierde centralidad relativa y las afinidades ideológicas comienzan a adquirir mayor peso en la configuración de alianzas. En este contexto, la nueva administración republicana estadounidense ha impulsado una política exterior más asertiva, con renovado foco en América Latina y, en cierta medida, también en la Unión Europea, adoptando en ocasiones un tono más competitivo que cooperativo.

Bajo el nuevo inquilino de la Casa Blanca, la diplomacia transatlántica ha atravesado un período de mayor tensión durante el último año, marcado por disputas económicas recurrentes y desacuerdos estratégicos entre aliados históricos. Sin embargo, si a comienzos del año pasado los líderes europeos aparecían divididos y en cierta medida dependientes del liderazgo estadounidense, los gestos más duros y las demandas de Washington terminaron generando, paradójicamente, un progresivo acercamiento entre varias capitales europeas, favoreciendo una incipiente —aunque aún frágil— coordinación política y estratégica.

En este escenario más competitivo también gana peso una diplomacia financiera impulsada por Estados Unidos, utilizada como herramienta para reforzar alianzas y afianzar vínculos con gobiernos afines. En América Latina, esta estrategia se refleja en casos como la Argentina de Javier Milei, cuyo gobierno aseguró un respaldo económico cercano a los 20 mil millones de dólares en el otoño de 2025. Más que desaparecer la neutralidad, el contexto actual tiende a favorecer a quienes optan por alineamientos claros, mientras que los países que buscan mayor autonomía enfrentan presiones visibles; en situaciones como la venezolana, incluso se discuten escenarios de intervención. En contraste, la Unión Europea sostiene un enfoque distinto, donde el alineamiento ideológico pesa menos que los marcos regulatorios e institucionales en la construcción de sus relaciones exteriores.

Si a finales de los años noventa las buenas relaciones comerciales entre Estados eran fundamentales para prevenir conflictos, favorecer crecimiento y ventajas económicas, a partir del nuevo milenio la interdependencia económica adquirió un significado distinto y más “geoestratégico” y de “poder” donde los países buscan otros intereses, entre ellos, asegurarse recursos estratégicos y tecnológicos, influencia comercial y protección de sectores industriales vitales. De ahí que la economía mundial ya no se mide en ventajas comerciales sino en bloques comerciales de poder, a menudo “asimétricos”, donde los Estados (sobre todo los más vulnerables) buscan maximizar el riesgo, mirando a alternativas válidas que ofrezcan seguridad económica. Estos bloques comerciales son andamiajes de un nuevo orden económico que mira a influenciar el comportamiento de los Estados y sus elecciones estratégicas (elegir socios, vínculos y calcular posibles riesgos), en la geoeconomía del siglo XXI.

En los años 90, nace el “andamiaje” económico UE-Mercosur que miraba a reforzar los vínculos comerciales y financieros entre América del Sur, en busca de mercados estables y de inversiones seguras hacia la región, y la recién nacida Unión Europea que, tras su institucionalización con el Tratado de Maastricht en 1992, buscaba amplios mercados con disponibilidad de recursos estratégicos en donde poder testear su potencia comercial y normativa (en muchos casos, los países extra-europeos se adecuan a la normativa de la unión no necesariamente por convicción ideológica sino por los beneficios que conlleva exportar al mercado europeo).

El acuerdo UE-Mercosur podría mostrar la capacidad de la Unión Europea de abrirse comercialmente al mundo sin dejar a un lado su destreza en regular y disciplinar mercados para obtener mayor previsibilidad, prioridad también de cada inversor: mercados estables

El acuerdo deberá contar con la ratificación del Parlamento Europeo y de cada Estado miembro del Mercosur para entrar en vigor, aunque la Comisión Europea puede aplicarlo de forma provisional una vez que al menos uno de los países del bloque haya completado su proceso de ratificación.


Escenarios futuros: worst and best

  1. En un escenario futuro negativo, el acuerdo UE-Mercosur podría quedar estancado entre las fricciones y pretensiones internas entre los países de la Unión Europea que empujan para más protección económica. La firma reconocerá la existencia del acuerdo, pero, económicamente, no se producirán los efectos deseados. Prestando atención meramente a las cuestiones procedurales y burocráticas, el acuerdo podría vaciarse a lo largo del tiempo. Este escenario llevará a una pérdida de credibilidad de Bruselas que mostrará la ambigüedad de su política exterior, escasa coordinación y la incapacidad de los Estados miembros de transformar en realidad lo que simbólicamente se selló por escrito en la mesa de negociación. Consecuentemente, esto implicaría la pérdida de confianza en las contrapartes que puedan optar por otros socios más previsibles
  1. En un escenario futuro positivo, la magnitud comercial y política del acuerdo podría superar las fragmentaciones internas europeas y significar la capacidad de Bruselas de escoger socios válidos, confiables y de diversificación estratégica en un imprevisible tablero económico internacional. El acuerdo podría producir estabilidad estratégica y protección comercial en los países europeos más escépticos (Francia y Polonia) a través del funcionamiento de las cláusulas de salvaguarda y monitoreo de los productos que llegan a la Unión, lo que reduciría también las divisiones y contestaciones internas. Unidad y no necesariamente unanimidad sería la lección que se podría aprender de las negociaciones UE-Mercosur. La conclusión de la firma en Asunción, la cuna del Mercosur, es un factor político de suma importancia puesto que empuja a los actores a tomar posición y alejarlos de la situación de ambigüedad e incertidumbre bajo pena de la pérdida de credibilidad (lo menos deseable en un escenario internacional ya suficientemente fragmentado). 

Ivana Patanè (Italia): Licenciada en Lenguas Extranjeras para la Comunicación Intercultural, con especialización en estudios latinoamericanos. Estudiante de Relaciones Internacionales y Diplomacia en la Universidad de Padua. Columnista en Diplomacia Activa.

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