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Entre atomos e inteligencia artificial

Por Gastón Emanuel Cisterna

La energía nuclear atraviesa un nuevo renacimiento. Este resurgimiento no responde a una moda ni a una ideología concreta, sino a la convergencia de dos transformaciones profundas que están redefiniendo el siglo XXI.

Ilustración | The Hill

Por un lado, el avance de las tecnologías digitales ha impuesto una demanda energética inédita. Primero fue el blockchain, que reveló de manera cruda el costo energético de la infraestructura digital: sistemas descentralizados que requieren validaciones constantes, cómputo intensivo y funcionamiento permanente. Más allá de su éxito o limitaciones, el blockchain dejó una lección clara: la economía digital no es etérea, se sostiene sobre electricidad real, continua y abundante.

Sin embargo, es la inteligencia artificial la que lleva esta exigencia a otra escala. A diferencia del blockchain, la IA no es un experimento de nicho, sino una tecnología transversal que se integra rápidamente en el trabajo, la industria, la ciencia y la vida cotidiana. Hoy convivimos con ella de forma natural: para aprender, programar, diseñar, editar imágenes o tomar decisiones. La IA no reemplazá a Internet; se apoyó en él y lo potenció.

A lo largo de la historia, cada gran salto tecnológico se sostuvo sobre una nueva base energética. La máquina de vapor se apoyó en el carbón, la electrificación en la hidroelectricidad y los combustibles fósiles, la era digital en el gas y las renovables. Ahora, la inteligencia artificial exige algo distinto: energía limpia, ininterrumpida y de alta densidad, capaz de sostener sistemas que operan las 24 horas del día.

La IA deslumbra con algoritmos sofisticados, pero detrás de esa elegancia hay una verdad simple: funciona gracias a enormes cantidades de electricidad. Según la Agencia Internacional de la Energía (IEA), los centros de datos, la inteligencia artificial y las criptomonedas representaron cerca del 2 % del consumo eléctrico mundial en 2022, y se espera que esa demanda se duplique antes de 2030 (IEA, Electricity 2024).

Usuarios, empresas e inversores demandan sistemas de IA rápidos, siempre disponibles y cada vez más potentes. En un entorno de competencia global e hiperescala, la infraestructura energética se vuelve estratégica. Solo una fuente puede ofrecer simultáneamente bajas emisiones de carbono, confiabilidad permanente, alta densidad energética y verdadera escalabilidad: la energía nuclear.


Ilustración | Thred

Por eso, la relación entre energía nuclear e inteligencia artificial no es circunstancial. Es una alianza estructural, átomos para algoritmos, destinada a sostener el futuro digital.

Desde un punto de vista estrictamente físico, la superioridad de la energía nuclear se explica por la escala de energía involucrada en las reacciones nucleares. En la fisión de núcleos pesados como el U-235, la energía liberada es del orden de 200 MeV por evento, asociada a la diferencia de energía de enlace nuclear entre los fragmentos de fisión y el núcleo original. En contraste, las reacciones químicas liberan energía vinculada a enlaces electrónicos, típicamente del orden de 1–10 eV por átomo.

Esta diferencia de aproximadamente ocho órdenes de magnitud en energía específica se traduce en una densidad energética incomparable para la fisión nuclear. Gracias a ello, es posible generar grandes potencias eléctricas de forma continua y controlada a partir de cantidades mínimas de combustible. Esta característica física fundamental, una ventaja entre muchas otras frente a otros tipos de energía, explica por qué la energía nuclear resulta particularmente adecuada para sostener infraestructuras de alta demanda energética y operación ininterrumpida, como los sistemas asociados a la inteligencia artificial.

En Argentina, la energía nuclear tiene un costo, pero no en el sentido meramente contable del término. Es un costo que puede leerse como inversión en soberanía, en capacidad estatal y en proyecto de país. La energía nuclear exige recursos humanos altamente capacitados, instituciones sólidas, financiamiento sostenido y continuidad tecnológica a lo largo de décadas. No admite improvisación ni soluciones de corto plazo.

Desde el punto de vista técnico y regulatorio, el sector nuclear integra múltiples disciplinas de alto nivel: física nuclear, termohidráulica, ingeniería de materiales, ingeniería eléctrica y de control, medicina nuclear y protección radiológica, además de un andamiaje legal y regulatorio robusto que garantice seguridad, licenciamiento y control independiente. Esta combinación multidisciplinaria explica por qué el desarrollo nuclear es, ante todo, un proyecto de Estado.


Ilustración | Fundar

En términos de formación, Argentina cuenta con una base educativa excepcional. Universidades públicas como la Universidad de Buenos Aires, junto con instituciones altamente especializadas como el Instituto Balseiro y el Instituto Beninson, alimentan de manera continua al sector nuclear con profesionales de excelencia. A ello se suma el conjunto del sistema universitario nacional, que sostiene esta base formativa de alto nivel.

Esa formación encuentra salida natural en un ecosistema institucional consolidado. La Comisión Nacional de Energía Atómica actúa como organismo histórico de desarrollo y conocimiento; la Autoridad Regulatoria Nuclear garantiza la seguridad y el control independiente; INVAP expresa la transferencia tecnológica y la ingeniería de alto valor agregado; y Nucleoeléctrica Argentina S.A. opera las centrales nucleares de potencia.

Esta red institucional sostiene tanto los reactores de investigación, con el proyecto RA-10 como exponente más avanzado de producción de radioisótopos y capacidades experimentales, como las centrales nucleares de potencia, entre ellas Atucha I, Atucha II y Embalse, que aportan energía firme, baja en carbono y de producción nacional al sistema eléctrico argentino.

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En ese sentido, la energía nuclear en Argentina no es solo una fuente de electricidad: es una política de largo plazo que articula educación, ciencia, industria, regulación y soberanía tecnológica.

Si aspiramos a mantenernos en la vanguardia tecnológica, es indispensable preservar este entramado que, como todo en la Argentina, se construyó con esfuerzo, continuidad y sacrificio a lo largo de décadas. La energía nuclear no surge de decisiones instantáneas: es el resultado de una acumulación paciente de conocimiento, instituciones y personas.

Si queremos que nuestros profesionales elijan desarrollarse en este país y no vean en el exterior la única alternativa posible, debemos cuidar y fortalecer este ecosistema. Defenderlo no implica adherir a una política específica, sino reconocer el valor estratégico de un patrimonio que es genuinamente argentino.

La ciencia y la tecnología forman parte de la identidad nacional. Más allá del gobierno de turno, constituyen una política de largo plazo que trasciende coyunturas. Tal vez debamos prestar más atención no solo a las instituciones que las sostienen, sino, sobre todo, a la riqueza más valiosa que contienen: las personas.


Gastón Cisterna (Argentina): Ingeniero nuclear del Instituto Balseiro y magíster en Física Nuclear por el programa Erasmus Mundus. Analista de Seguridad Nuclear en CANDU.

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