Lo que está en juego en las midterms para Trump y el mundo
Por Axel Olivares
Trump se juega mucho más que una mayoría en el Congreso: las midterms pondrán a prueba su liderazgo y la capacidad de la oposición para frenarlo. ¿Puede el resultado de las urnas cambiar el rumbo de Estados Unidos y sacudir el tablero mundial?

Donald Trump, el presidente más señalado por socavar la democracia liberal en Estados Unidos, corre esta vez el riesgo de ver socavada su propia administración por la ineludible evaluación de los electores.
El 3 de noviembre, Estados Unidos celebrará elecciones de medio término (midterms) que no solo expondrán la verdadera aprobación de las políticas de Trump, sino que también determinarán el margen de maniobra que le quedará para los próximos dos años.
La “prueba de fuego” tiene lugar en un momento complicado para el republicano. Si en enero de 2025, el Gobierno contaba con gran libertad de acción para desplegar una transformación rotunda a nivel nacional –y mundial–, casi dos años después, se reducen las probabilidades de que Trump conserve el respaldo legislativo que le permitió actuar sin demasiadas condiciones.
Para conocer la importancia de las midterms, primero debemos conocer la vasta cantidad de cargos que se encuentran en juego. Para esta jornada electoral, Estados Unidos elegirá:
- 435 representantes de la Cámara Baja (la totalidad de los representantes).
- 37 senadores de la Cámara Alta (de un total de 100 escaños).
- 46 Congresos locales (esto implica la renovación de más de 6,100 legisladores locales).
- Un buen puñado de alcaldes, concejales y jueces locales.
Las elecciones se adentran también en el fango estatal con la elección a gobernador de 36 estados y tres territorios de ultramar.

Diseño: Axel Olivares con MapChart App
Si bien Trump no participa en la elección, el presidente ha pedido a los votantes que “imaginen que su rostro se encuentra en las boletas”, un consejo que puede respaldar a los cientos de candidatos republicanos, como también hundirlos en los comicios.
De acuerdo con las encuestas, la popularidad de Trump ha caído a mínimos históricos. Su promedio de aprobación se desplomó a una franja de entre el 34% y el 37%, mientras que su desaprobación general ya supera el 60%. Este declive representa un récord negativo para su segundo mandato y los peores momentos de su primera gestión.
Aunque otros mandatarios compartieron un desplome similar, como Harry Truman o George Bush hijo, que iniciaron sus mandatos con picos de popularidad altísimos (Truman un 87% y Bush un 90%) antes de desplomarse, Donald Trump es el primer presidente en la historia de las encuestas que nunca ha superado el 50% de aprobación en ninguna de sus dos gestiones, afirma el Roper Center for Public Opinion Research.
| Encuestadora / Medio | Porcentaje de Aprobación | Porcentaje de Desaprobación |
|---|---|---|
| Pew Research Center | 30% | 68% |
| Reuters / Ipsos | 32% | 65% |
| AP – NORC | 35% | 64% |
| Fox News | 36% | 64% |
| YouGov / The Economist | 38% | 61% |
Su creciente desaprobación entre los estadounidenses no es casual y está fuertemente ligada al costo de vida. Una encuesta de Fox News indica que un 77% desaprueba su gestión sobre la inflación y un 70% lo hace sobre la economía en general. En ese contexto, el reciente dato de la inflación tampoco ayudó al respecto. El índice de precios al consumidor (IPC) registró un incremento interanual del 3,7%.

El principal impulso inflacionario provino de la energía. La gasolina aumentó 9,1% en septiembre. Mientras que en los últimos doce meses, los precios de la energía acumularon un incremento superior al 20,4%.
Por otro lado, la guerra, ese elemento que le ha servido a muchos gobiernos para unir a la sociedad bajo una misma causa, no está teniendo los mismos efectos en la era Trump. De acuerdo con encuestas de Associated Press y NORC Center for Public Affairs Research, el 70% de los adultos estadounidenses afirma que la guerra en Irán no ha valido la pena. A la par, 71% desaprueba la gestión del presidente Trump respecto a la situación con Irán.
Trump no es ajeno a todo esto y se ha dispuesto a mover todos los hilos a su disposición para estabilizar la economía de cara a las midterms. Entre las estrategias desarrolladas, el magnate:
- Ha prometido públicamente no ordenar ningún nuevo ataque contra Irán antes de las elecciones.
- En una maniobra controvertida que le valió críticas de su propio partido, levantó las sanciones a las exportaciones de diésel ruso y presionó a Ucrania para detener sus ataques a refinerías de Moscú. ¿El objetivo? Forzar una baja inmediata en los precios de la gasolina de cara a la votación.
- Para calmar el impacto inflacionario sin renunciar a la política arancelaria, intenta exhibir acuerdos rápidos (como las concesiones de la visita de Xi Jinping en septiembre) para demostrar que los aranceles «funcionan». En lugar de defender el arancel como un fin ideológico, Trump comenzó a venderlos al país como una fuente de ingresos federales que le permitirá mantener o profundizar los recortes de impuestos domésticos si los republicanos retienen el Congreso.
El avance demócrata

Para estos comicios, el trumpismo tiene también un adversario que fue la consecuencia directa de jugar con los extremos ideológicos. El impulso por el ultraderechismo dentro del Grand Old Party (GOP) encontró su contraparte en el Partido Demócrata donde comenzó a crecer una versión más izquierdista conocida como “socialismo democrático”.
Zohran Mamdani, alcalde de la Ciudad de Nueva York, ha sido su mayor exponente, pero la corriente ya se encuentra esparcida por el país. Abdul El-Sayed, candidato a senador por Michigan, ha ganado popularidad entre los electores por las mismas razones que impulsaron a Mamdani en su momento: representar todo lo que Trump se opone.
Dentro de las elecciones estatales, otras figuras demócratas también prometen sorprender hasta en los estados más republicanos.
En una de las contiendas estatales más inesperadas, Gina Hinojosa, la candidata demócrata a la gobernación de Texas se ha situado ligeramente por delante del veterano gobernador republicano Greg Abbott en sondeos recientes de New York Times/Siena, amenazando la hegemonía republicana en la región.
Otra de las dinámicas llamativas se vive en Florida con David Jolly, el excongresista republicano convertido en demócrata. Su nominación ha roto las expectativas partidarias al registrar una impresionante recaudación de fondos superior a los 5.5 millones de dólares para competir por el control del estado frente al bando republicano liderado por Ron DeSantis.
Asimismo, el Partido Demócrata promete dar sorpresas en estados péndulos como Iowa, donde el auditor demócrata del estado, Rob Sand, lidera sólidamente todas las encuestas frente al republicano Zach Lahn.
A diferencia de otras elecciones, en las que los demócratas se han concentrado en zonas urbanas, esta vez buscan convencer al votante rural, quien se vio afectado por el aumento del combustible derivado de la guerra con Irán y los altos costos agrícolas generados por los aranceles. Ya sea por el descontento ante el manejo de la economía, la guerra, la inmigración o cualquier otra variable, el Partido Demócrata ha logrado pasar al frente en casi todos los grupos demográficos.

¿Qué cartas le quedan a Trump?
El GOP tiene razones para morderse las uñas. De acuerdo con las encuestas, los demócratas tienen una gran oportunidad de recuperar la Cámara Baja, mientras que el Senado se encuentra en una disputa más ajustada.
De hecho, existe el rumor de que los republicanos ya dan como perdida la elección. Según Politico, dirigentes del partido consideran cada vez más difícil conservar la mayoría en la Cámara Baja y buscan reducir las pérdidas al concentrar sus recursos en mantener el control del Senado. El GOP ya habría recortado el financiamiento a algunos candidatos en distritos competitivos para destinarlo a contiendas con mayores posibilidades de éxito.
De todas formas, la Casa Blanca no tiene razones para sorprenderse ante una eventual derrota en al menos una de las Cámaras. Hay un patrón implícito en la política estadounidense y es que muy rara vez el oficialismo ha conservado ambas Cámaras tras las midterms. Pero perder dos Cámaras ya es otra historia.
Es por eso que Trump ha calibrado su discurso para proteger al electorado republicano, principalmente sus más fieles seguidores del Make America Great Again, un frente que el mandatario supo construir como una pieza de alfarería y cuya esencia semi religiosa lo hace sumamente dócil ante los intereses del republicano.
Aun así, el movimiento MAGA tampoco es tan endeble y cohesionado como Trump lo esperaría. Esto se debe a dos razones:
- La mayor fuente de disidencia surge por la contradicción directa con la promesa original de Trump de terminar con las «guerras interminables» y priorizar el aislacionismo. La intervención militar en Irán y el respaldo a ofensivas en el Medio Oriente han sido catalogados por facciones radicales de MAGA como una traición al enfoque America First, asemejando la gestión al viejo neoconservadurismo de la era de Irak.
- El bolsillo de los votantes no distingue partidos. Aunque el núcleo duro defiende el proteccionismo, los masivos aranceles comerciales aplicados por la administración han encarecido los costos de producción agrícolas y de pequeñas empresas.
El GOP tradicional tampoco es garantía. Informes de Brookings Institution advierten que, si bien la facción radical mantiene el control del aparato partidario, los republicanos moderados o no alineados con MAGA muestran una bajísima motivación para acudir a las urnas, lo que abre ventajas clave para la oposición.
Fiel a su estilo, Trump ha manejado estas fracturas desde la retórica polarizante. El mandatario no ha tenido pelos en la lengua al pedirle a sus adeptos que hagan todo lo posible para conservar la mayoría en el Congreso, incluso hacer trampa.
Durante la clausura de la convención republicana de mitad de mandato en Dallas, Texas, el 10 de septiembre, Trump pidió a la multitud que levantara la mano derecha y repitiera sus palabras textualmente:
«Le prometo al mejor presidente de la historia de los Estados Unidos—que nos quiere tanto que hasta le falta el aire— que saldré con mi familia, mis amigos, lo haré de cualquier manera. (…) No me importa si estoy registrado o no; ¡voy a intentar hacer trampa a lo bestia, tal como hacen ellos!«.
Aunque pueda sonar como una incitación al delito, es difícil afirmar a ciencia cierta las verdaderas intenciones del presidente ya que, como dijo un mes después en Tennessee, “podría decir las cosas más estúpidas y ustedes me aplaudirían”.
De todos modos, podemos entrever que la estrategia por excelencia del mandatario sigue siendo acusar a la oposición de “hacer trampa” para restarle legitimidad y, en el caso de ser derrotado, tener un argumento para desacreditar los comicios.
Uno de sus últimos intentos en la materia tuvo lugar en julio cuando organizó una orquestada transmisión en vivo para acusar a China de ejecutar el mayor hackeo de datos de la historia para robar información de los votantes. En su discurso, aseguró que este supuesto robo masivo de datos electorales se orquestó para favorecer a los demócratas, argumentando que el régimen chino «luchó con empeño» para impedir su victoria porque «no querían que él ganara».
Tras el discurso, agencias de inteligencia, autoridades electorales y analistas aclararon que se trata de información básica de registro electoral (que incluye nombres, direcciones, números de teléfono y filiación partidaria) que está legalmente disponible en los 50 estados a través de solicitudes públicas, descargas en línea o mediante oficinas electorales locales.
Trump no logró herir la legitimidad de la oposición. Aunque contundente, su acusación perdió fuerza con el tiempo. (De hecho, es posible que ya lo hayas olvidado y te lo hice recordar).
Cómo se diseña la victoria electoral

Desde una visión superficial, no cabría duda que Trump puede estar perjudicando la popularidad de su partido, pero al adentrarnos en el core de la lógica electoral, Trump puede no ser la piedra angular del destino del GOP. Según comentó a Diplomacia Activa el Lic. Gastón Pérez Alfaro, docente de ciencias políticas en la Universidad de Buenos Aires, una caída de la popularidad nacional del oficialismo no necesariamente se traduce en una pérdida proporcional en el Congreso.
¿Por qué? La clave está en cómo se traducen los votos en escaños. En una elección tan fragmentada territorialmente como las midterms, una ventaja en el voto popular no garantiza una mayoría en el Congreso: importa dónde se concentran los apoyos y cómo se distribuyen entre los distritos electorales.
Es aquí donde entra a jugar una estrategia tan centenaria como imperecedera.
Si notamos que los distritos electorales tienen formas extrañas, no es por la geografía, ni la densidad poblacional, ni las formas naturales de los condados, sino por el famoso y bien ponderado Gerrymandering, una estrategia electoral que consiste en manipular el diseño de los distritos electorales para favorecer a un partido político o diluir el voto de la oposición.
Imaginemos un estado con 100 votantes: 55 apoyan al Partido Rojo y 45 al Partido Azul. Aunque el Partido Rojo obtiene la mayoría de los votos, el Partido Azul controla el diseño de los distritos electorales y busca maximizar sus posibilidades de ganar escaños.
Para lograrlo, concentra a 25 votantes rojos en un distrito de 30 personas, donde el Partido Rojo gana cómodamente. Luego distribuye a los 30 votantes rojos restantes entre los otros cuatro distritos, con una mayoría azul en cada uno. Así, el Partido Azul podría ganar cuatro de los cinco distritos, mientras que el Partido Rojo se queda con uno, pese a haber obtenido más votos en el conjunto del estado.
Esta artimaña logró articularse a la perfección con las nuevas tecnologías. Por más que el voto sea secreto, no es ningún secreto para los gobiernos la inclinación política de cada vecindario, incluso de cada casa.
Las bases de datos que los partidos compran (y que Trump creía que China había robado) contienen información minuciosa de cada ciudadano como:
- Qué tipo de auto manejan.
- A qué revistas o servicios de streaming están suscritos.
- En qué tiendas compran o qué fundaciones reciben sus donaciones.
Información banal, pero que en tiempos de polarización puede decir mucho. Los algoritmos predictivos de inteligencia artificial pueden entrelazar estos datos con el historial de votación por sección electoral y los registros de afiliación partidista, y así conocer la tendencia de cada hogar para luego evaluar en qué distrito ubicarlo.
Para estas elecciones, algunos estados aplicaron el gerrymandering a modo de “ojo por ojo”. Texas, por ejemplo, lanzó una enmienda que le permitió redistritar el estado 5 años antes de lo previsto. Al enterarse, el gobernador demócrata de California, Gavin Newsom, declaró en sus redes sociales que «dos pueden jugar a ese juego».
Los agresivos trazados resonaron en otros siete estados donde decidieron rediseñar su mapa electoral: en algunos casos para “nivelar la cancha”, en otros simplemente para garantizarse la victoria.
Pero, ¿podríamos asegurar que el Gerrymandering es garantía de éxito?
Si tenemos en cuenta que en Estados Unidos el voto no es obligatorio, podemos ver dos dinámicas diferentes entre las presidenciales y las midterms. Pérez subraya la caída de la participación en las legislativas y cómo los votantes resguardan su voto para las presidenciales.
Por otra parte, al tratarse de elecciones locales, las encuestas pueden ser engañosas. “Porque tenemos quizás muchas encuestas a nivel nacional”, señala el docente universitario, “que van señalando un debilitamiento de la popularidad del oficialismo, pero hay que ver de dónde vienen las encuestas”.
Lejos de tratarse de una cuestión mediática, las encuestas pueden tener una visión nacional que muchas veces no encaja con la perspectiva local de los 435 distritos electorales, con sus diferentes problemas, demandas, culturas y preferencias.
Una batalla tras otra

Fuente | AP Photo/J. Scott Applewhite
Para la Casa Blanca, perder las mayorías en el Congreso representa un quiebre en su blindaje político.
Una mayoría demócrata en cualquiera de las cámaras activará de inmediato la facultad de emitir citaciones judiciales obligatorias (subpoenas). Esto forzaría la entrega de documentos clasificados y testimonios sobre la gestión de la guerra con Irán, las finanzas de la administración, el uso de decretos ejecutivos y (¿por qué no?) más información sobre los archivos Epstein.
Con el control demócrata de la Cámara de Representantes, la apertura de nuevos juicios políticos contra Trump o miembros clave de su gabinete (como los secretarios Pete Hegseth o Robert F. Kennedy Jr.) es casi una certeza institucional. El propio Trump ha reconocido este escenario.
«Tienen que ganar las elecciones de medio término, porque si no ganamos… ellos encontrarán una razón para destituirme (impeach me). Me abrirán un juicio político», comentó en enero de 2026 en el marco de la Conferencia Republicana de la Cámara de Representantes.
El impacto en la operatividad del Poder Ejecutivo variará dependiendo de qué cámara cambie de manos:
- Escenario A: Pérdida total (Cámara y Senado bajo control demócrata): La capacidad de Trump para moldear el Estado se congelaría. El Senado demócrata bloquearía sistemáticamente todas sus nominaciones para puestos judiciales federales, embajadas y cargos del Gabinete. Además, cualquier reforma legal o presupuestaria quedaría supeditada a concesiones directas con la oposición.
- Escenario B: Congreso dividido (Demócratas ganan la Cámara, Republicanos retienen el Senado): Este es el escenario proyectado por analistas como el más probable. Trump conservaría mejores condiciones para confirmar jueces y funcionarios clave. Sin embargo, el control demócrata condicionaría las negociaciones presupuestarias y ejercería mayor supervisión sobre la administración.
De una forma u otra, Trump se vería obligado a acudir a su poder de veto y a órdenes ejecutivas que eludan el Poder Legislativo. El verdadero cuello de botella ocurrirá a mediados de 2027. Analistas económicos advierten que la necesidad de elevar el techo de la deuda pública y aprobar los fondos gubernamentales desatará batallas presupuestarias feroces y volátiles, elevando el riesgo de cierres de gobierno e inestabilidad en los mercados financieros.
¿Cómo los resultados de las midterms impactarán a escala mundial?

Analistas del Center for Strategic and International Studies (CSIS) advierten una paradoja constitucional: si Trump pierde el Congreso y ve bloqueada su agenda interna, podría refugiarse en la política exterior para actuar con absoluta libertad. Al entrar en su periodo de “pato cojo”, un Trump sin mayorías parlamentarias podría sentirse desinhibido para ordenar bombardeos a gran escala contra Irán, reactivando la volatilidad militar a nivel global.
Aunque el acceso a los recursos ya no sería tan sencillo, debido a que el Congreso ya no pensaría dos veces para negarle al Pentágono nuevos desembolsos.
Además, una potencial mayoría demócrata en el Congreso podría echar por la borda acuerdos como el levantamiento de sanciones rusas para importar diésel. De acuerdo con previsiones de la Economist Intelligence Unit (EIU), una Cámara de Representantes demócrata bloquearía nuevas leyes proteccionistas y utilizaría sus comités para exponer públicamente los costos económicos de los aranceles sobre las cadenas de suministro globales.
Esto daría un respiro a los mercados de exportación. Aunque no por mucho tiempo ya que un desahogo por parte de Trump en el Estrecho de Ormuz seguiría repercutiendo en los precios mundiales de combustible.
Un Congreso demócrata también podría investigar los ataques contra las presuntas narcolanchas bombardeadas en el Caribe. Si bien el Gobierno asegura tener la facultad de realizar tales ataques, varios congresistas han cuestionado la falta de pruebas sobre la culpabilidad de los pasajeros.
En materia migratoria, el Congreso podría bloquear los fondos que, en un principio, le otorgó irrestrictamente a Trump para robustecer agencias como ICE y los programas de deportación. Las probabilidades son altas si tenemos en cuenta que la depuración migratoria es la política estelar de la administración Trump.
En definitiva, las elecciones intermedias no van a determinar por sí solas el rumbo de la política de Trump. Sí pueden, en cambio, alterar los equilibrios internos que hoy le permiten al presidente avanzar con mayor o menor resistencia a nivel mundial.
Por eso, lo que ocurra el 3 de noviembre importa también fuera de Estados Unidos. No porque un cambio en el Congreso garantice una política distinta, sino porque puede modificar cuánto poder le quedará al presidente para avanzar en sus intereses. ¿Veremos a un Trump más coercitivo y aferrado a sus poderes extraordinarios? ¿Las elecciones obligarán al mandatario a reescribir su agenda para sanear la reputación de los republicanos de cara a 2028? El mundo se encuentra más que atento a lo que pase.
Axel Olivares (Argentina): Estudiante de Comunicación Social, Universidad Nacional de Cuyo. Redactor y columnista en Diplomacia Activa.