La pluma del internacionalista
Por Candela Mascetti y Marko Sal
Detrás de cada artículo y cada DIPLORAMA hay horas de investigación para entender un mundo que cambia más rápido de lo que se puede escribir. Desde Diplomacia Activa, abrimos las puertas de nuestra redacción para contar cómo enfrentamos la hoja en blanco, qué método usamos para conectar con nuestros lectores y por qué cualquiera puede animarse a empezar.

Cuando asistimos a eventos y tenemos la oportunidad de conversar con nuestro público, conocemos a estudiantes y profesionales de Relaciones Internacionales y áreas afines que comparten la meta de adentrarse en los mundos de la divulgación, la academia y el periodismo. Llegar a publicar, sin embargo, no es un paseo por el parque. Los espacios suelen ser limitados, el acceso a ciertos círculos académicos puede resultar complicado y pocas veces se nos enseña cómo dar los primeros pasos en el ámbito editorial.
Por eso, a lo largo de nuestra trayectoria, nuestros seguidores nos han planteado una pregunta frecuente: ¿cómo comienzo a escribir? Inocente en apariencia, esta pregunta esconde una serie de desafíos que, tarde o temprano, debemos aprender a superar.
Escribir implica enfrentarse al proceso creativo y todo lo que esto conlleva: horas dedicadas a consultar fuentes de información y la frustración de tener una idea en mente y no saber cómo expresarla en papel. También está el esfuerzo de darle orden y lógica a lo que queremos escribir, la necesidad de someter nuestro ego al escrutinio ajeno y, por supuesto, encontrar nuestra pluma; es decir, hacer que nuestra forma de expresar ideas tenga identidad y se pueda diferenciar de la de los demás. Dicho de otra manera, escribir es una odisea de frustraciones, descubrimientos y aprendizajes. Y para atrevernos a emprender la aventura de la academia, la divulgación y los medios, tenemos que cuestionar la imagen que hemos construido de quienes ya alcanzaron reconocimiento en nuestra disciplina.
Nadie nace con la pluma en la mano
Solemos pensar que los académicos, divulgadores y periodistas de renombre tienen un talento innato con el manejo del lenguaje y la postulación de ideas. Como si, por alguna revelación divina, las ideas hubieran llegado a sus cabezas y sus manos se hubieran puesto a escribir por sí solas. La realidad no podría ser más distinta.
Incluso Hans Morgenthau, Kenneth Waltz, Joseph Nye, Robert Keohane, John Mearsheimer, Alexander Wendt, Laura Sjoberg, J. Ann Tickner, Esther Barbé y Susan Strange (o el modelo a seguir internacionalista de tu elección) tuvieron que dedicar horas de lectura, redacción y debate para que sus papers, ensayos y libros pudieran llegar a la biblioteca de nuestra universidad. Ellos alguna vez fueron como nosotros, novatos que encontraron en una hoja en blanco un espacio para el ensayo y error, y un lienzo donde comenzar a plasmar las ideas que hoy se debaten en congresos, foros y aulas.

Además, quienes escribimos sobre relaciones internacionales debemos cuestionar la creencia de que todo ya está escrito. Que los grandes referentes de nuestra disciplina ya dieron forma a las teorías necesarias para explicar e interpretar los fenómenos internacionales. Lo cierto es que el sistema internacional está en constante transformación y, con él, surgen anomalías, cuestionamientos, perspectivas y oportunidades de reinterpretar lo que creíamos conocer.
Por eso, escribir exige desarrollar el arte de la argumentación y comprender la dimensión dialéctica del conocimiento. Como internacionalistas, debemos volver a los fundamentos de nuestra disciplina —un buen back to basics—, contrastar las ideas existentes con nuestras propias observaciones y someter nuestros argumentos al debate. No se trata de contradecir por el simple gusto de hacerlo, sino de cuestionar, proponer y conseguir que nuestros textos alimenten, con rigor y apertura a la crítica, una conversación que nunca termina para quienes estudiamos las dinámicas globales.
Escribir en un mundo cambiante
Volver a las bases, sin embargo, no elimina un obstáculo propio de nuestra disciplina: la incertidumbre. La encontramos ya en la investigación previa a la escritura. Desde lo académico, comprendemos que para trabajar en el rubro hay que saber manejar información y entender que contar con pocos datos, a veces inaccesibles, es parte del oficio. Ello surge de la imprevisibilidad de los hechos y acontecimientos.
Por eso recurrimos a teorías y eventos históricos que nos ofrecen un marco de lectura para comprender y analizar el mundo, lo que ya llamamos nuestro back to basics. No se trata de estudiar una teoría de un libro, sino de comprender cómo trasladarla y determinar sus actores y variables en la realidad. No importa si tu base es realista, liberal, feminista, constructivista (o la que consideres): lo importante es ser capaz de ver un dato, como el precio del petróleo o el incremento del gasto en defensa, y saber que es un indicador al que hay que prestarle atención. Aun así, el objetivo siempre se mantiene y es que hay que poder comunicarlo.

La incertidumbre no se queda en la investigación, también atraviesa nuestra rutina editorial. Sentarnos frente a una hoja en blanco se vuelve desafiante cuando buscamos informar sobre un evento a futuro. Se transforma en un ejercicio desde el momento en que un DIPLORAMA se piensa lunes y martes, se organiza el miércoles, se escribe el viernes y se publica recién el sábado. Los artículos tampoco son la excepción. Semanas antes de su publicación, establecemos en qué fecha van a salir y qué queremos transmitir. Y en el medio, la falta de certeza se hace presente, porque nunca se sabe cuándo un conflicto puede obligar a cambiar el orden y los datos en un instante.
Pero lo que sí tenemos claro es que podemos escribir, publicar e intentar comunicar el mundo que nos apasiona, con la incertidumbre que eso conlleva. Cada día intentamos traducir el plano internacional al lenguaje comunicacional, ya sea a través de un artículo, un reel, un newsletter o una difusión. Sabemos que, si buscamos un informe detallado, podemos consultar The Economist o Bloomberg, y que si queremos seguir el avance milimétrico de la guerra está The Institute for the Study of War, y así con infinidad de fuentes.
Cada medio que leemos y miramos se vuelve un ejemplo a seguir. Observamos sus columnas y entendemos que pertenecemos a un nicho, porque las relaciones internacionales se estudian y tienen muchísima información, pero eso no quita que alguien que no las estudió pueda interesarse y querer aprender qué pasa en el mundo.
Así, cada nuevo integrante comprende una de las bases de Diplomacia Activa: transmitir lo que nos interesa de manera clara, con datos verificados y calidad. El desafío se hace presente al escribir para quien no conoce una teoría y, al mismo tiempo, para quien sí. Lograr que tanto alguien afín a ese mundo como quien se adentra por primera vez encuentren interés.
El método TAE: teoría, actualidad y estética
Tener algo que aportar a la conversación es apenas el comienzo; luego debemos encontrar la manera de transformar nuestras ideas en textos capaces de conectar con los lectores. ¿Cómo lo abordamos desde Diplomacia Activa? Aunque no existe una fórmula infalible, hemos desarrollado un método que nos ayuda a construir textos de valor para quienes nos leen: el método TAE (teoría, actualidad y estética).
La teoría nos permite dar sustento a nuestros argumentos, explicar nuestros objetos de estudio y dialogar con el conocimiento existente en las Relaciones Internacionales. La actualidad, por su parte, nos invita a mantenernos atentos a los acontecimientos, identificar fenómenos emergentes y analizar su relevancia para nuestros lectores y grupos de interés. Finalmente, la estética consiste en encontrar, mediante el lenguaje, la narrativa y los recursos visuales, una manera de comunicar nuestras ideas con claridad, creatividad e identidad propia. En definitiva, encontrar nuestra pluma.

Cuando incorporamos estos tres elementos a nuestros artículos y columnas, no solo fortalecemos la calidad de nuestros textos, sino que también comenzamos a construir un portafolio de publicaciones que refleja quiénes somos y qué podemos aportar como autores.
No sustituir al autor

Ahora bien, la identidad del autor enfrenta hoy un nuevo desafío. La irrupción de la Inteligencia Artificial (IA) está transformando la relación entre quien escribe, su pluma y la hoja en blanco. Sería absurdo negar que esta innovación puede mejorar nuestros procesos de investigación, corregir y editar nuestros textos, así como ofrecernos retroalimentación editorial. Sin embargo, sus beneficios también vienen acompañados de riesgos para nuestras capacidades de escritura y argumentación.
Por ejemplo, según un análisis de The Economist, aproximadamente una de cada diez palabras pronunciadas en los debates parlamentarios británicos y una de cada siete en la Cámara de Representantes de Estados Unidos probablemente fueron redactadas utilizando IA.
Si este fenómeno ya se manifiesta en espacios de deliberación y toma de decisiones políticas, vale la pena preguntarnos qué implicaciones podría tener para la academia, los medios de comunicación y los think tanks. El verdadero peligro de la IA para quienes escribimos no es que llegue a hacerlo mejor que nosotros, sino que, al delegar el proceso creativo a la tecnología, terminemos perdiendo el hábito de pensar y desarrollar nuestras propias ideas. Como internacionalistas —maestros de la adaptación al contexto—, debemos recordar que nuestra profesión exige esfuerzo intelectual y que la autoría humana aporta un significado que trasciende las palabras. Importa saber quién escribió un texto, por qué lo hizo, desde qué experiencias y perspectivas construyó sus argumentos y qué pretende aportar con ellos.
En este sentido, la IA debe ser nuestra compañera, no nuestra sustituta. Al final, somos los seres humanos quienes tendremos que defender, cuestionar y debatir las ideas que ponemos sobre el papel.
Tocar puertas (o construirlas)
Volvamos al camino de cómo escribir y comprendamos que lo que sigue es quizá la parte menos romántica del proceso, pues llega el momento de tocar puertas. Hay que buscar espacios en medios, revistas, think tanks y otras plataformas, presentar nuestras propuestas y, sobre todo, tener paciencia. Porque publicar también implica invertir tiempo en buscar convocatorias, aprender a recibir negativas, aceptar observaciones y seguir redactando hasta encontrar un espacio para nuestras ideas —o crearlo, como se hizo con Diplomacia Activa—.
Una vez que logramos tener nuestro lugar y nuestra comunidad, constantemente nos adaptamos a los cambios y buscamos mejorar para llegar al nivel que queremos. El equipo crece, se suman nuevos redactores y, con ellos, más editores. Quienes ya conocen las andanzas les transmiten a los nuevos el manual de redacción, el estilo y la forma. Y no hay que olvidar al grupo de relaciones institucionales, que nos permite pasar de la virtualidad al mundo tangible a través de eventos y reuniones.
Hoy, nuestro laboratorio de ideas sirve de plataforma para diversos perfiles de profesionistas que han emprendido su propia odisea editorial. Sus artículos llegan a miles de lectores de distintos países de nuestra región y nos recuerdan que el conocimiento cobra más sentido cuando se comparte. Más allá de las visualizaciones, nuestro objetivo es seguir abriendo espacios a nuevas voces y sumar puntos de vista que contribuyan a nuestra misión de generar conocimiento útil para fomentar el debate democrático, promover la paz y las instituciones sólidas.
Este artículo es una invitación a animarse, a escribir y a formar parte de este mundo cambiante. Cada uno de nosotros comenzó desde cero, en el primer capítulo de una odisea que pocos sabíamos hasta dónde nos iba a llevar. Hoy formamos parte de un equipo de más de 30 personas que escribe sobre lo que le apasiona: las relaciones internacionales. Debatimos constantemente, nos nutrimos de la información que cada uno aporta y, mejor aún, descubrimos que no hace falta tener experiencia para empezar, porque la pluma se encuentra escribiendo.
El mundo nos necesita atentos (y con pluma en mano).
Marko Sal (México): Licenciado en Relaciones Internacionales de la Universidad Anáhuac Querétaro. Líder de Redacción de Diplomacia Activa.
Candela Mascetti (Argentina): Maestranda en Periodismo y Licenciada en Relaciones Internacionales. Coordinadora de Redacción de Diplomacia Activa.
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