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Berlín, un punto y aparte

Por Emilio Cruz Lopez

Mientras la extrema derecha (AfD) arrasa en el este de Alemania, la izquierda (Die Linke) ganó Berlín hablando del costo de la vida y la vivienda. Si gobierna con coherencia, la capital puede convertirse en un bastión y modelo para una izquierda global que busca recuperar la confianza con resultados materiales.


La victoria de Die Linke en Berlín importa más allá de Alemania

En dos semanas, Alemania mostró dos realidades. El 6 de septiembre, el partido ultraderechista Alternative für Deutschland (AfD) ganó las elecciones estatales en el bundesland de Sajonia-Anhalt con 43.8% de los votos, un resultado histórico en una de las entidades menos pobladas del país que está ubicada en el centro-este. Este territorio era conocido como el Distrito de Magdeburgo (Bezirk Magdeburg) y el Distrito de Halle (Bezirk Halle) cuando formaban parte de la antigua socialista República Democrática Alemana (RDA). Hoy, Sajonia-Anhalt es un territorio rural, y con una fuerte herencia industrial que, a pesar de su inmenso patrimonio cultural, se enfrenta a retos estructurales como la despoblación y la pérdida del poder adquisitivo de la ciudadanía.

El 20 de septiembre, repitieron su victoria en Mecklemburgo-Pomerania Occidental con el 38.2% de los votos. Una entidad con una extensa costa en el mar Báltico, y más de 1,700 lagos interiores, es la entidad con menor densidad de población en toda Alemania, rural, de economía agrícola y con turismo costero. Al igual que Sajonia-Anhalt, formaba parte de la RDA, estaba fragmentada en tres administraciones locales la del distrito de Rostock (Bezirk Rostock), el distrito de Schwerin (Bezirk Schwerin) y el distrito de Neubrandenburg (Bezirk Neubrandenburg).

Ese mismo día, en Berlín, Die Linke, el partido de la izquierda y el más contrapuesto a AfD fue por primera vez en su historia desde la reunificación la fuerza más votada, con 25.7% de los votos, más del doble del 12.2% que obtuvieron en 2023, aumentando la participación también del 62.9% al 74.2%. Berlín, es quizás la mayor personificación de la Guerra Fría, que más cicatrices respira, partida a la mitad por un muro de hormigón rodeada de alambradas que separaban familias, con dos mundos, dos cosmovisiones.

Todo ello, en un mismo país, con historias entrelazadas, pero con agendas políticas opuestas. La izquierda cayó donde nació (6.5% en el este) y ganó en los barrios berlineses donde nunca había sido primera fuerza política (8.6% en el oeste), el sector que durante la Guerra Fría estuvo bajo la administración de Estados Unidos, Reino Unido y Francia que fue la República Federal Alemana (RFA). A todo esto, ¿qué podemos aprender de Alemania? ¿Por qué dos partidos naturalmente con agendas diametralmente opuestas ganan en un mismo país? ¿Qué significa para la izquierda internacional y la extrema derecha?

Para empezar, el ascenso de la extrema derecha no es novedad, y no es un fenómeno exclusivamente alemán. Desde el fin de la pandemia de COVID-19 se viene nutriendo su fuerza. En Europa cerca de uno de cada cuatro votantes europeos respaldan hoy a partidos de extrema derecha; el Partido de la Libertad de Austria (FPÖ) pasó de 16% a 29% en 2024 y la AfD duplicó su voto entre 2021 y 2025. Reform UK y el Rassemblement National encabezan los sondeos en Reino Unido y Francia, y Chega es la segunda fuerza parlamentaria de Portugal.

Dos partidos

Es necesario mirar de cerca a las dos fuerzas que están redibujando Alemania.

Por un lado se encuentra la derecha extrema AfD, un partido nacido al calor del euroescepticismo, es decir, el rechazo y la desconfianza hacia la Unión Europa, que mutó rápidamente en una maquinaria populista radical, implacable a la hora de capitalizar el resentimiento y los miedos a la globalización

Nació en 2013, su origen viene de una protesta de economistas y profesores contra los rescates a los países endeudados de la eurozona y contra la moneda única. Ese año se quedó a las puertas del Bundestag con 4.7% de los votos. En 2015, tras una disputa interna, su fundador Bernd Lucke abandonó el partido y el ala más radical tomó el control, la crisis de refugiados de ese año los catapultó y empezó a captar simpatizantes xenofóbicos, con ello el discurso contra la migración se volvió su bandera. 

Desde que entró al Bundestag en 2017 con 12.6% de votos, su crecimiento no se ha detenido, en 2024 fue la fuerza más votada en el parlamento de Turingia, en 2025 se convirtió en la principal fuerza de oposición federal con 20.8%, y hoy las encuestas la ubican entre 27% y 30%. Su ascenso va de la mano de su radicalización.

Cabe destacar que hay distintas corrientes dentro del partido, pero predominan los radicales y sus integrantes más visibles son sus candidatos, por ejemplo, Ulrich Siegmund en Sajonia-Anjalt defiende abiertamente la «remigración» e hizo campaña contra los medios públicos y los programas de inclusión. A nivel nacional los líderes son Alice y Tino Chrupalla que también son simpatizantes de acercar las relaciones alemanas a Rusia.

Die Linke arrastra parte de su ADN de las cenizas del Partido Socialista Unificado (SED), el régimen comunista que gobernó la RDA con mano de hierro. Tras la reunificación, el SED se transformó en el Partido del Socialismo Democrático (PDS), y en 2007 este se fusionó con la agrupación Trabajo y Justicia Social- La Alternativa Electoral (WASG), un partido fundado en 2004 por disidentes del SPD y sindicalistas del oeste, encabezados por Oskar Lafontaine, que rechazaban las reformas sociales del canciller Schröder. De esa mezcla nació una criatura distinta, que es Die Linke, una izquierda con raíces en el este y con el sindicalismo del oeste.

Su historia, sin embargo, ha sido todo menos lineal. La fusión dejó tensiones permanentes y recientemente en 2023 una de sus líderes Sahra Wagenknecht abandonó el partido para fundar el partido populista Alianza Sahra Wagenknecht – Por la Razón y la Justicia (BSW), lo que le costó a Die Linke su grupo parlamentario federal y lo dejó al borde de la extinción.

El resurgimiento llegó en 2025, de la mano de Jan van Aken y Heidi Reichinnek, con el realineamiento de las prioridades del partido y con una campaña centrada en medidas sociales y en una política humanitaria hacia los refugiados, apoyada en redes sociales y en el puerta a puerta, que le dio 8.8% a nivel nacional y lo volvió una fuerza en el parlamento. Hoy forma parte de gobiernos regionales como los de Bremen y Mecklemburgo-Pomerania Occidental, y su victoria en Berlín confirma que dejó de ser un partido regional del este.

Dos mujeres

La fractura está presente en el mapa, en la agenda política de ambos partidos y también en los rostros de sus líderes. Por un lado está Alice Weidel, la mente fría y estratega que conduce la marea de la extrema derecha AfD. Economista de élite y antigua analista en los rascacielos financieros de Goldman Sachs, Weidel es una paradoja viviente que desafía los dogmas de su propia militancia. Siendo abiertamente lesbiana y compartiendo su vida y la crianza de sus hijos junto a una mujer de origen esrilanqués, se ha convertido en la voz más feroz contra la inmigración y en la líder que mejor ha sabido canalizar la rabia y el descontento de la Alemania profunda.

Del otro lado camina Elif Eralp, la jurista que acaba de obrar el milagro electoral para Die Linke en el asfalto de Berlín. Su historia es de las que se escriben con raíces y exilio, pues es hija de refugiados políticos y sindicalistas turcos que huyeron de los tanques del golpe de Estado de 1980. Eralp representa la renovación de una izquierda urbana que optó en su comunicación electoral por las batallas del día a día que libra la gente antes que el purismo de los libros. Su liderazgo se ha forjado en la calle, defendiendo el derecho a una vivienda digna y alzando la voz contra la discriminación, convirtiéndose en el refugio de una capital que se resiste a ser conquistada por la AfD. Son dos mujeres que, sin cruzarse, le prestan su voz y su mirada a un mismo país


¿Por qué crecen?

Desde la izquierda, sería fácil descartar a la AfD como una anomalía moral, pero sería un error. Un partido que obtiene 43.8% de los votos en Sajonia-Anhalt, que es el mejor resultado de cualquier partido en ese estado desde la reunificación, y que en los dos estados del este atrajo a más abstencionistas que todos los demás partidos juntos, tiene un electorado, y ese electorado tiene razones para votar por este partido, y al ser ciudadanas y ciudadanos no se les debe tomar por menos. 

¿Cuáles son sus razones? Muchas son materiales y verificables, por ejemplo, la insatisfacción con el gobierno federal es históricamente alta, el canciller Merz tiene los índices de popularidad más bajos de un canciller en funciones (17%) y, en Sajonia-Anhalt, la AfD ganó con el 61%  de los votos entre las personas obreras. A eso se suma algo que los partidos tradicionales abandonaron las calles, si algo tiene la AfD es presencia absoluta, desde clubes hasta comunas, y con eso construye comunidad.

También crece por lo que no se discute. En Alemania, existe el  cordón sanitario (Brandmauer), que es el acuerdo de los partidos del actual gobierno que son el partido la Unión Democrática Cristiana de Alemania (CDU), su partido hermano en Bavaria que es la Unión Socialcristiana (CSU) y  el partido Socialdemócrata Alemán (CDU) de no pactar con la AfD en ningún nivel de gobierno. Con ello han evitado que llegue al poder, pero no ha frenado su crecimiento, y no es un dilema presente solamente en Alemania, Francia y Bélgica tienen versiones propias.

Estas jugadas políticas se han articulado con el objetivo de aislar al partido, pero con ese objetivo también han aislado a sus votantes que se sienten desatendidos, y con ello la AfD y sus principales simpatizantes se reproducen en silencio.

Reconocer por qué la gente vota a la AfD no es apoyar lo que propone. La Oficina Federal para la Protección de la Constitución clasifica a su filial de Sajonia-Anhalt como extremista de derecha confirmada por su ideología racista y la desvalorización de grupos por su origen, se pueden tener diferencias profundas con sus postulados, pero si eso es sinónimo de ignorar las causas de su ascenso, esto no las eliminará.

Dos narrativas

¿Cómo crece la extrema derecha? Con un guión que parece que se repite a lo largo de la historia. Hace poco más de un siglo iniciaba el año 1920, mientras el mundo bailaba al ritmo de los glückliche zwanziger jahre, eran los felices años veinte en Alemania, el colapso económico y la incertidumbre social después de los estragos de la Primera Guerra Mundial y de la crisis de 1929 abrieron las grietas por las que se coló el horror del nacionalsocialismo. Una sociedad fragmentada se entregó a las promesas de Adolf Hitler.

Hoy, tras el shock global de la pandemia de COVID-19, la escalada de la inflación y la erosión silenciosa del poder adquisitivo, los fantasmas del pasado parecen encontrar tierra fértil otra vez. En tiempos de crisis profunda, la ciudadanía se vuelve vulnerable a explicaciones nuevas, y la agenda de la extrema derecha ofrece la más antigua de las recetas que es buscar culpables.

Con los argumentos de la AfD la culpa de la inseguridad y el desempleo es de los migrantes y el estancamiento, de los más vulnerables. Son respuestas rápidas, analgésicos discursivos para problemas estructurales hipercomplejos, que hoy están amplificados por algoritmos y redes sociales que premian el enojo ciego por encima de la evidencia.

Y ojo, criticar las malas gestiones de los gobiernos, específicamente del actual del Canciller Friedrich Merz del CDU que es el partido conservador de derecha alemán y que más años ha estado en el poder en la historia de Alemania después de la reunificación, en temas como la seguridad o la migración es un debate legítimo. El peligro está en saltar de esa crítica necesaria a la narrativa incendiaria de culpar sistemáticamente «al otro». Esa es la sutileza de los grises en un mundo que, empujado por la polarización, insiste en observar la realidad únicamente en blanco y negro.

Berlín es un buen ejemplo de esto. El primer punto del programa local de la AfD atribuye el alza del precio de las rentas a la migración. La Berliner Mieterverein, la mayor asociación de inquilinos de la ciudad, calificó el argumento de “absurdo” y recordó que casi la mitad de los berlineses, por sus ingresos, podría solicitar vivienda social con o sin migrantes. A eso se le suman agendas lejanas a la vida diaria que ha impulsado Friedrich Merz, por ejemplo, casi la mitad de las y los alemanes (48%) rechaza seguir enviando armas a Ucrania, frente a 38% que lo apoya, y en el este el rechazo llega a 60%.

Pero sería absurdo afirmar que la extrema derecha nació de las cenizas de sus última expresión en Alemania que fue el partido Nazi, más bien, el espació está ahí porque esencialmente la izquierda también lo cedió. En retrospectiva existen muchas variables para entender este ascenso. Más allá de las divisiones históricas que ha tenido la izquierda a lo largo de las décadas, podemos entender los cambios de su agenda y cómo esto perdió el rumbo.

Desde los años setenta, el politólogo Ronald Inglehart impulsó la idea del cambio de valores hacia el postmaterialismo, sosteniendo que las sociedades que alcanzan seguridad económica desplazan sus prioridades hacia valores como el medio ambiente o la autoexpresión, y que quienes crecen sin carencias tienden a darlas por sentadas.

Desde los años setenta, el politólogo Ronald Inglehart impulsó la idea del cambio de valores hacia el postmaterialismo, sosteniendo que las sociedades que alcanzan seguridad económica desplazan sus prioridades hacia valores como el medio ambiente, la igualdad de género o la autoexpresión, y que quienes crecen sin carencias tienden a darlas por sentadas.

Alemania como caso de estudio es el perfecto laboratorio para aterrizar esta teoría. El partido político de los verdes nació en 1980 que en ese momento se podría decir que era el grupo político post materialista por excelencia. Con el tiempo, buena parte de la izquierda alemana pasó de disputar salarios, vivienda y servicios a disputar causas culturales, esenciales por derecho propio pero difíciles de articular entre sí, y la extrema derecha encontró ahí su terreno.

A la extrema derecha le conviene la guerra cultural y naturalmente a la izquierda le cuesta resistirse por eso Berlín es tan importante cuando la enmarcamos en esta discusión, se trata de reordenar estas causas dentro de una agenda donde lo material sea la base de todo, ya que es la base de necesidad de las personas. Die Linke reunió a jóvenes, mujeres, distritos multiétnicos y universitarios, y los unió una demanda concreta, el alquiler.

La izquierda ganó cuando cambió la conversación, entendió que el enojo social va más allá de las identidades nacionales, y acataron las necesidades materiales tangibles. En una ciudad donde más de 80% de los hogares renta, los alquileres subieron casi 70% en una década y los ingresos solo 33%. Die Linke ofreció la promesa de cumplir el referéndum de 2021 (59.1%) que pidió socializar, con la debida indemnización, a las grandes inmobiliarias. Mientras la extrema derecha intentaba incendiar el debate con guerras culturales, la izquierda ofreció una consigna unificadora la de hacer que Berlín sea asequible.

¿Quién votó?

Los números confirman el giro generacional. Die Linke obtuvo 43% de los votos entre los menores de 25 años y 49% entre los de 25 a 34, pero solo 15% entre los mayores de 70. La CDU recorre el camino inverso que fue el 8% entre los más jóvenes y 29% entre los mayores de 60. Además, el 64% de los menores de 35 quería que Die Linke encabezara el gobierno de la ciudad, frente a 27% que prefería a la CDU. Entre 60 y 69 años, la CDU (25%) apenas supera a la AfD (22%); a partir de los 70, la CDU llega a 34% y el SPD a 20%. Además, Die Linke sumó 75,000 votantes que antes se habían quedado en casa, más que cualquier otro partido. La izquierda ganó a quienes más sufren la renta y a quienes antes no votaban.

Del simbolo al gobierno.

Un símbolo no gobierna. Berlín es una de las ciudades-Estado de Alemania junto con Hamburgo y Bremen. Administran el rumbo mientras que también lo cotidiano (vivienda, agua, basura, transporte) y competencias regionales. Ahí, más que en ningún parlamento, se ve si las promesas llegan a la calle. Die Linke necesita al Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) y a los Verdes para poder gobernar. Los socialdemócratas dudan, el canciller Merz prepara cambios legales para impedir expropiaciones, y el artículo 15 de la Ley Fundamental que respalda la expropiación nunca se ha aplicado. El Tribunal de Cuentas de Berlín calcula un costo cercano a 40 mil millones de euros, frente a un presupuesto anual de 46 mil, y los estudios se contradicen.

Si la coalición cumple con lo que prometió en campaña, sin quebrar las finanzas y con resultados visibles, será un ejemplo replicable primero en otros gobiernos locales, que son los que están en contacto directo con las necesidades materiales, y después en gobiernos federales y legisladores, que suelen discutir macroeconomía mientras la gente resiente la renta y la basura. Si se rompe, servirá a quienes dicen que la izquierda promete lo que no puede cumplir.

Crecer y repartir

Lo material es lo primero porque es lo que la gente resiente cada día. Pero eso exige a la izquierda no ceder la bandera del crecimiento ni olvidar la distribución de la riqueza, más allá de que Europa es uno de los continentes con países más igualitarios del mundo, hay discusiones interesantes sobre el tema. Hace unas semanas se publicó un artículo conjunto de los ministros de Hacienda de Brasil y España, Dario Durigan y Carlos Cuerpo, donde sostienen que la responsabilidad fiscal, el crecimiento y el desarrollo social se refuerzan. Como prueba citan una reforma tributaria en Brasil que exime a 15 millones de trabajadores de ingresos bajos y medios, y un impuesto en España a las ganancias extraordinarias de energéticas y bancos.

Por eso importan los foros. La extrema derecha tiene redes, líderes y plataformas globales, la izquierda necesita espacios donde quienes gobiernan comparen qué funciona, mejores prácticas y sobre todo en qué se han equivocado en los últimos años. El Consejo Global sobre la Nueva Economía del Siglo XXI, presentado en Barcelona el 18 de abril, está presidido por Carlos Cuerpo y la economista Mariana Mazzucato. Celebrará su primera reunión presencial en octubre, junto a las reuniones anuales del FMI y el Banco Mundial en Tailandia, con otros ministros de Finanzas y sociedad civil, y propone desmontar la falsa disyuntiva entre disciplina fiscal e inversión social.

No debemos olvidar a los referentes que ya están en un gobierno en funciones, por ejemplo Zohran Mamdani. Recientemente circuló que Morris Katz, uno de sus estrategas políticos más importantes, pasó a aconsejar a Die Linke de cara a las elecciones en Berlín con el objetivo de rearmar el mensaje y la estructura del partido. Que un asesor de una campaña electoral tan exitosa como fue la de Mamdani del partido demócrata acabe trabajando en Berlín muestra que esa circulación de ideas ya ocurre de forma informal.

Los esfuerzos deben materializarse, la extrema derecha entendió esto hace mucho tiempo. No compiten aislados, todo lo contrario, operan por medio de una maquinaria transnacional que celebra cumbres globales como la CPAC (Conferencia de Acción Política Conservadora), teje alianzas regionales mediante el Foro América Libre y financia laboratorios de ideas bajo redes globales como Atlas Network.

En esos espacios, la extrema derecha comparte manuales de discurso y coordina campañas digitales de un continente a otro con una agilidad. Si la izquierda internacional aspira a frenar esa ola y disputar el futuro económico necesita pasar de la informalidad a la construcción de una infraestructura propia que aprenda a combatir la simplicidad del blanco y negro con la contundencia de las soluciones cotidianas.

Lo que viene

El calendario dirá si Berlín fue la excepción de la tendencia de la popularidad de la AfD o si en el fondo sí se está construyendo algo importante en el modelo de la izquierda internacional. En 2027 vienen varios cambios en Alemania. El 30 de enero se reúne la Asamblea Federal para elegir a un nuevo presidente, ya que Frank-Walter Steinmeier no puede aspirar a un tercer mandato. Cabe recordar que, en el sistema alemán, el presidente actúa como jefe de Estado con un rol principalmente protocolario y de autoridad moral, a diferencia del canciller, quien funge como jefe de Gobierno y concentra el poder ejecutivo real.

También vendrán cambios en otros bundeslands, el 18 de abril votan en la entidad de Saarland y Schleswig-Holstein; el 25, Nordrhein-Westfalen; el 30 de mayo, Bremen; y el 26 de septiembre, Niedersachsen. Bremen, otra ciudad-Estado será la prueba más directa al tratarse de un modelo similar al de Berlín. Sin embargo, esto no garantiza nada. Es el primer bastión en años donde la izquierda tiene la oportunidad de demostrar, gobernando, que lo material no es una consigna o un símbolo tiene que ser una política, un proyecto de gobierno un qué donde se marque nueva pauta para hacer política. En América Latina, con ciudades igual de caras y ciudadanías con razón igual de desconfiadas, la pregunta ya está sobre la mesa.


Emilio Cruz López (México): Licenciado en Relaciones Internacionales, Universidad Iberoamericana.
Maestrante en Gobierno y Administración Pública en la Universitat Pompeu Fabra, Barcelona School of Managment. Asesor legislativo en la Cámara de Diputados de México. Redactor en Diplomacia Activa.


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