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El efecto León XIV: un magisterio de gestos sencillos
En medio de la polarización política y el revés electoral de Trump, León XIV ofrece una forma distinta de ejercer el liderazgo. Su decisión de votar como ciudadano estadounidense abre una reflexión sobre el poder, la democracia y la relación entre la fe y la política.

Hay que ser cautos. Trump ha demostrado, más de una vez, que no puede ser tomado a la ligera y que tampoco se lo puede estudiar desde las perspectivas tradicionales. En esto último cifró parte de su éxito al descolocar al estructurado (y muchas veces pacato) establishment político estadounidense.
Con el diario del lunes, como se suele decir, podemos tratar de encontrar los puntos de quiebre entre el ruidoso líder y el electorado. Hay factores económicos y sociales. Está el tema de la empantanada guerra con Irán y la crisis del petróleo. Incluso la alocada política internacional. Pero quisiera, esta vez, poner el foco en un factor más silencioso y que, creo, pudo haber influido: la votación de León XIV. Y no solo por la pérdida paulatina de simpatizantes católicos que sufre Trump desde la llegada de su compatriota al Trono de San Pedro.
Sin estridencias
La decisión del actual Sumo Pontífice de participar con su voto en las elecciones de los Estados Unidos fue algo nunca antes visto. No porque los papas no tuvieran opiniones políticas. Siempre han existido fricciones e intentos de injerencia del Estado en la Iglesia y viceversa. Ha habido momentos de la historia en que el trono y el altar estaban tan unidos que no podían diferenciarse. Algunas de esas veces en una unión francamente obscena, incluso para los parámetros de tiempos antiguos.
Pero esta vez Robert Francis Prevost actuó desde otro lugar. Fiel a su estilo, sutil y poco estridente, decidió que iba a votar como un ciudadano más en el exterior. No era el Santo Padre, Vicario de Cristo y Sucesor del Príncipe de los Apóstoles. No fue una declaración ex cathedra ni magisterial. No. Un ciudadano común y corriente que hace valer su derecho al voto libre y secreto. Ese gesto encierra toda una teología y una concepción del poder.

A medida que lo conocemos, descubrimos que el religioso agustino Robert Francis siempre actuó con una suave firmeza. Los testimonios que nos llegan nos hablan de alguien de decisiones y convicciones firmes, prudente, que acepta las opiniones de otros y que actúa con contundencia, pero sin perder la apacibilidad ni echar sobre si la luz de los reflectores. Pero Prevost es un ariete de las causas que defiende. En sus tiempos de Obispo de Chiclayo, y miembro de la Conferencia Episcopal del Perú, sin hacer declamaciones mediáticas, inclinó la balanza en favor de las víctimas de abuso dentro de la Iglesia, que se encontraban indefensas ante estructuras de poder, civiles y religiosas, corrompidas.
Su gesto de optar por la ciudadanía peruana, siendo portador del más poderoso y codiciado pasaporte, fue un gesto de cercanía hacia las típicas problemáticas latinoamericanas del Perú, pero también de amor y gratitud a una tierra y un pueblo. También, en esa oportunidad, no necesitó el foco mediático. Y la foto del Excelentísimo y Reverendísimo Señor Obispo Prevost, en simple camisa clerical y botas hasta las rodillas en medio de una inundación o revolviendo una olla para alimentar a los pobres, tampoco fueron gestos grandilocuentes. En las fotos se ve al sencillo “padre Roberto” que veían los peruanos. Pero el mensaje era clarísimo.

Las cosas claras
Mateo, Lucas y Marcos conservan la memoria de la famosa frase de Jesús, con la que desarmó a los que trataban de tenderle una trampa dialéctica. “Den al César, lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”. En ese momento Jesucristo invita a vivir la vida humana plenamente, siendo sujetos que viven la Fe, pero que también son sujetos políticos. Sujetos que viven en una comunidad diversa, con leyes, con instituciones. “Dar al César” no implica la renuncia a la Fe, a la moral, a las íntimas convicciones. Y “Dar a Dios” no es una recomendación para alejarse del mundo, de los que profesan otra Fe, otras creencias.
Ser un sujeto activo en la sociedad implica no solo desempeñar cargos y funciones públicas. El simple ejercicio de los derechos civiles, nos convierte en sujetos activos. Tal vez para los que profesan una Fe, ese ejercicio tiene que estar imbuido de ciertos principios. Para el caso concreto de los católicos, es el llamado al apostolado y la santificación de la vida y acciones cotidianas. Ya sea uno un simple obrero o el Pontífice Romano. Pero en ningún caso, es renunciar al mundo.
León XIV no realizó declaraciones de política partidaria. No dijo “Vote the Democrats”. Ni realizó un llamado mesiánico utilizando imágenes apocalípticas para denigrar a los Republicanos. Uno puede inferior que sus preferencias no se decantaban por el partido que tiene a Trump y a J. D. Vance a la cabeza.
Es evidente que el presidente estadounidense eligió confrontar con él pensando en que el austero hombre de ropas blancas se quedaría callado y evadiría el tema con diplomacia. O que el poder nuclear y económico del Estado bully intimidaría al religioso que reina la pequeñísima ciudad estado sin poder de fuego. Pero no contaba (creo que nadie lo hacía), con que el antiguo Prior General de los Agustinos sabe lo que hay que hacer ante el César y ante Dios. Los liderazgos de los dos estadounidenses más importantes de este momento, fueron un contraste impresionante.
Pero, lejos de toda especulación, León XIV ejerció el voto secreto como cualquier otro ciudadano y coterráneo suyo.
Una teoría política
Tal vez hoy nos parezca una frase hecha aquello de que el “poder es del pueblo”. Pero cuando el jesuita Francisco Suárez proclamó esta idea, en De legibus ac Deo legislatore (1612) y en Defenso fidei catholicae (1613), más de uno quedó impactado. No siempre gratamente: ejemplares de su segunda obra fueron los protagonistas de una quema en Londres ordenada por el rey James I. Y París no se quedó atrás. ¿Pero qué causo tanto impacto?
La teoría suareciana, hija de la segunda escolástica, retomaba la teoría del teólogo dominico Francisco de Vitoria, figura fundacional de la Escuela de Salamanca, de que todo poder y autoridad tienen su origen en Dios. Por ende, de la potestad política. Pero se va a diferenciar en un punto fundamental.
Para Vitoria, el poder tiene como finalidad el bien común, pero su ejercicio no puede simplemente abolirse de la autoridad legítimamente constituida. Claro que, tomando como principio el Derecho Natural, la autoridad no podía ser tiránica y la comunidad podía defenderse. Sin embargo, el teólogo y jurista Suárez va más allá y desarrolla la Teoría de la Traslación del Poder. Todo poder y autoridad tienen su origen último en Dios, pero la titularidad originaria recae en la comunidad política, que constituye una autoridad legítima y la delega en el gobernante para que ejerza en procura del bien común. Esta idea fue verdaderamente revolucionaria, porque naturalizaba la posibilidad concreta de que el pueblo, la comunidad, podía revertir ese poder delegado al gobernante.

Revolucionaria en más de un aspecto fue la teoría de Suárez. Es uno de los orígenes jurídicos y filosóficos de las revoluciones en el continente americano en contra de la monarquía española. Muy previsor fue el rey inglés que mando a quemar sus libros. En ellos estaba el germen que sacudiría los cimientos del absolutismo.
Estas teorías y debates no pueden resultar ajenos a un jurista y doctor en Derecho Canónico como Robert Francis Prevost. Un hombre que conoce muy bien, también, que al César hay que darle, pero también quitarle. Y qué mejor que hacerlo ejerciendo el poder, como un ciudadano más.
Una forma de liderazgo
En estos tiempos álgidos en que las buenas formas y costumbres del quehacer político se estropean como un viejo trapo, llama la atención el liderazgo de Prevost. Hoy los políticos buscan descollar como sea. Gritando, insultando, diseminando fake news a los cuatro vientos. Los ataques personales no reconocen fronteras, protocolos ni profesiones. Se puede vociferar cualquier cosa y ejercer una verdadera pedagogía del odio y la violencia. Las instituciones democráticas se resquebrajan y la ciudadanía se divide entre bandos irreconciliables. Pareciera que la carrera por los cargos públicos se basa más en el odio a tal o cual persona o partido, que al debate de ideas.
En ese campo de batalla, de toda bajeza, no puede no destacarse la figura sencilla de un hombre prudente cuyo mensaje no se impone a los gritos.
“El odio y la violencia no traen nada bueno, sino solamente destrucción y muerte” dijo León XIV en una homilía reciente de agosto de 2026.
Ese mensaje elemental y de una evidencia patente, hoy suena extraño entre líderes que amenazan con mandar a la hoguera a los periodistas o con borrar del mapa a una civilización entera. “Solo el camino del amor es el camino de la vida”, corona el viejo agustino.
Dentro de poco León XIV visitará por primera vez, como Pontífice, el continente americano. Muchos esperan que de mensajes políticos. Muchos se ilusionan con que diga frases que puedan utilizar para poder llevar agua a sus molinos partidarios. Creo, sinceramente, que es un error esperar eso.
Sin dudas el papa hablará de cuestiones sociales. Ninguno de los gobiernos del continente, sea cual sea su color político o ideológico, escapa a las responsabilidades sobre la pobreza, el narcotráfico, la desnutrición, la violencia de género, la falta de infraestructura y el largo etcétera de las carencias materiales que afectan, sobre todo, a las periferias existenciales. No vamos a soslayar que una de las caras de la Doctrina Social de la Iglesia es netamente política. Pero no se agota ahí.

Concebirla solo desde esa arista puede inducirnos a creer que está dando un mensaje únicamente para los políticos que forman un gobierno y su oposición. Su mensaje y sus gestos son para cada miembro de la sociedad, sin importar sus creencias o su fe o su falta de fe o su posición social y económica. Cada uno está llamado a vivir sus derechos y obligaciones en la comunidad humana, desde el lugar que le corresponde.
Es evidente que los mensajes y gestos de León XIV tienen como destinatarios a los poderosos, porque como enseña el Evangelio, los primeros serán los últimos. Pero también están destinados a esos últimos y a lo más últimos en un doble propósito: uno de amor y otro de enseñanza para cuando ellos sean los primeros. Porque el titular del poder es la comunidad en su todo. Y ella da y quita al César.
Juan Francisco Baroffio (Argentina): Escritor, ensayista y bibliófilo. Director de Ulrica Revista.
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