Política
Discursos políticos con esteroides
¿Por qué nos convence un argumento elocuente? ¿Adquiere más valor por su capacidad de persuasión frente a una verdad menos atractiva? La respuesta a estas preguntas nos remite a una de las disputas más conflictivas de la historia del pensamiento entre la filosofía y la sofistica.

La disputa entre la filosofía y la sofística constituye uno de los debates más antiguos sobre la naturaleza del conocimiento, la verdad y el papel de la persuasión en la sociedad. Lejos de quedar relegada a la Antigüedad, esta confrontación adquiere nuevas dimensiones en un mundo donde la tecnología permite automatizar la producción de argumentos convincentes y amplificar su alcance. Ante este escenario, surge una pregunta fundamental: ¿qué ocurre cuando la capacidad de persuadir se concentra en manos de unos pocos actores con un enorme poder de influencia sobre la esfera pública?
El arte de persuadir
¿Quiénes fueron los sofistas? Se trata de un grupo de maestros de la retórica y la argumentación que, en un contexto de creciente desacreditación de la filosofía y de los filósofos, aprovecharon el escepticismo imperante, la decadencia de las costumbre, así como también cierta desorientación provocada por la ruina política de Atenas, a través del uso desmesurado de la retórica y de la discusión al servicio de sus propios intereses. Buscaban obtener riqueza y fama mediante la polémica y la defensa de sus propias posturas, incluso cuando ello implicaba ir en detrimento de la recta razón.
C. Lahr define a la sofística como “el arte de traficar con las cosas del alma”. Aristóteles en su Refutaciones sofísticas afirma que el sofista es quien gana dinero por medio de una ciencia aparente y no real (171b 34-35). A este personaje no le interesa arribar a la verdad mediante el diálogo, sino que, por el contrario, dogmatiza y diserta sobre todo y se declara dispuesto para sostener todas las opiniones por interés o por pura dilección.
No obstante, es necesario reconocer que la aparición de este movimiento, contrario a la filosofía, tuvo una importancia significativa, ya que contribuyó a despejar el terreno filosófico al poner de manifiesto las fragilidades de las soluciones propuestas hasta entonces a los grandes problemas del pensamiento. Asimismo, permitió destacar la importancia de la dialéctica y la necesidad de profundizar en sus reglas. A su vez, impulsó a la filosofía a desplazar el foco de sus reflexiones, hasta entonces centradas en el origen y las causas del universo, hacia el estudio del ser humano, sus facultades cognoscitivas y las condiciones que hacen posible la validez del conocimiento.

En diálogo de Platón, el Gorgias, Socrátes mediante la ironía que lo caracteriza pone en cuestión el uso sofístico de la retórica ya que esta logra producir adhesión sin necesariamente producir conocimiento. Sócrates distingue entre dos formas de persuasión: una que produce la creencia sin el saber y otra que conduce a la ciencia (454e–455a). La diferencia no es menor puesto que alguien puede estar convencido de algo, sin saber si aquello que cree es verdadero. En el ámbito político, donde las decisiones colectivas se encuentran atravesadas por discursos, esta distancia adquiere importante relevancia.
Convencer no es conocer
En este escrito, Sócrates le plantea a Gorgias, un conocido sofista, una pregunta interesante. Indaga si su habilidad en la oratoria y la retórica los capacita también para pensar sobre las cuestiones de las que están hablando. Irónicamente, Sócrates continúa conduciendo a Gorgias y, al hablar de cada una de las ciencias particulares, se entiende que cada una de ellas se ocupa de los discursos que refieren a su objeto. Desde la óptica de Gorgias, la retórica consiste en ser capaz de persuadir, por medio de la palabra, a los jueces en el tribunal, a los consejeros del consejo, al pueblo en la asamblea y en toda otra reunión en que se traten los asuntos públicos (452e). De este modo, Gorgias se presenta como un “artífice de la persuasión”. Más adelante, este personaje presenta a la retórica como un medio de combate, ya que el orador puede hablar sobre cualquier cuestión y persuadir a la multitud más que cualquier otro (456c-d). En efecto, el orador es capaz de hablar contra toda clase de personas y sobre todas las cuestiones, hasta el punto de producir en la multitud mayor persuasión que sus adversarios sobre lo que él quiera (457 a-b).

En contraposición, Sócrates, defendiendo el quehacer filosófico, afirma: “Creo que es mejor que mi lira esté desafinada y desentone de mí e igualmente el coro que yo dirijo y que muchos hombres no estén de acuerdo conmigo y me contradigan antes de que yo, que no soy más que uno, esté en desacuerdo conmigo mismo y me contradiga”( 482 c). En este sentido, siglos más tarde encontramos en La política y el idioma inglés (1946) de George Orwell una vigente advertencia:
“El lenguaje político […] se construye para lograr que las mentiras parezcan verdaderas y el asesinato respetable, y para dar una apariencia de solidez al mero viento”.
El modo como el lenguaje es empleado puede distorsionar el mensaje, según los intereses de quien se expresa. Afirma el escritor británico que: “el gran enemigo del lenguaje claro es la falta de sinceridad” y que, cuando existe una brecha entre los objetivos reales y los declarados, se emplean “palabras largas y modismos desgastados” para ocultarla. En relación con el discurso político, sostiene que “un orador que emplea esa fraseología ha tomado distancia de sí mismo y se ha convertido en una máquina”. Una especie de “sofista máquina” ya que sus palabras pueden surgir sin que su pensamiento esté plenamente comprometido y sea coherente con lo que expresa.
La sofística con esteroides
Estas tensiones se mantienen plenamente vigentes en el escenario del presente. Cotidianamente, escuchamos o leemos discursos que no solo presentan argumentos, sino que también construyen interpretaciones de la realidad, delimitan aquello que merece atención y procuran orientar las creencias de una audiencia. Las falacias (o sofismas), es decir, pseudo- razonamientos psicológicamente persuasivos pero lógica y filosóficamente inconsistentes, se presentan a diario. Los encontramos desde la publicidad imperante en todos los ámbitos de nuestras vidas, hasta las narrativas políticas, y ponen de manifiesto cómo la capacidad de persuadir no siempre se corresponde con la solidez de los argumentos ni con la búsqueda de la verdad.
En este sentido, la aparición de la inteligencia artificial complejiza e introduce nuevas dimensiones al problema. En Sophistry on steroids? The ethics, epistemology and politics of persuasive AI, Robin McKenna (2025) examina los riesgos de las tecnologías capaces de producir discursos persuasivos. La preocupación central consiste únicamente en, por un lado, que la IA pueda influir sobre las creencias, y, por otro, que un número reducido de actores concentre una capacidad desproporcionada para determinar qué argumentos circulan en la discusión pública.
Podríamos diagnosticar, apresuradamente, una transformación de las condiciones de persuasión a partir de la automatización y la multiplicación de la capacidad de producir discursos. En este sentido, el autor aclara que: “La persuasión puede definirse en términos generales como un modo de influencia sobre las actitudes y la conducta de otro que no implica coerción, fuerza ni manipulación (O’Keefe 2016).”

Si consideramos que la persuasión es intencional, ingresamos en un debate más profundo, ya que la IA, por sí misma, no posee estados intencionales al modo de un ser humano. Por ello, cabe precisar que de lo que estamos hablando son de tecnologías de inteligencia artificial producidas por agentes humanos. Ahora bien, de acuerdo con los estudios relevados por el autor, hay buena evidencia para sostener que las tecnologías de IA persuasiva (típicamente, los LLM) son al menos tan persuasivas como los humanos, y hay algo de evidencia de que los modelos más avanzados son más persuasivos que los humanos cuando se les da información relevante sobre la audiencia objetivo.
El problema que emerge no es únicamente la potencia discursiva, sino, fundamentalmente, la escala que estos discursos pueden adquirir. El contenido persuasivo generado por la IA es relativamente fácil de desplegar en masa y a gran escala cuando se tienen los recursos (financieros y tecnológicos) para lograrlo. Lo problemático son las condiciones tecnológicas, económicas y políticas que permiten producirla y distribuirla a una escala mayor. En la política internacional, la IA “persuasiva” emerge como una nueva herramienta de poder capaz de moldear la opinión pública, disputar sentidos y profundizar las asimetrías.
El autor juega con la ironía y propone una especie de sofística “con esteroides”. En este sentido, afirma: “La IA persuasiva puede ser, como argumenté anteriormente, una forma de sofística: los persuasores de IA son, al igual que los antiguos sofistas, “arguers for hire”. Pero, si se trata de una forma de sofística, es una sofística con esteroides. El reducido número de empresas que operan estas tecnologías de IA persuasiva tiene el poder de crear a voluntad ejércitos de “arguers for hire” y, de este modo, distorsionar el marketplace de argumentos, hacia sus propios fines”. La preocupación, por lo tanto, es que la IA persuasiva no sólo distorsione el marketplace de argumentos, sino que lo haga de modos que reflejan y refuerzan las desigualdades y los desequilibrios de poder existentes en nuestras actuales sociedades.
Y, en definitiva, se debilitan nuestras capacidades cognitivas para poder discernir y ejercer nuestro juicio crítico.
La temática, como hemos visto, no es nueva pero adquiere innovadores modos de cristalizarse tanto a nivel micro como macro. Orwell, hace ya varios años, advirtió sobre la posibilidad de evadir el esfuerzo de pensar mediante el uso de frases prefabricadas, pues: “ Usted no está obligado a encarar todo este problema. Puede evitarlo dejando la mente abierta y permitiendo que las frases hechas lleguen y se agolpen. Ellas construirán las oraciones por usted y, hasta cierto punto, incluso pensarán sus pensamientos por usted y, si es necesario, le prestarán el importante servicio de ocultar parcialmente su significado, aun para usted mismo. A estas alturas, la conexión especial entre política y degradación del idioma se torna clara”. En definitiva, el problema no es solo la capacidad de persuadir, sino quién la ejerce, con qué fines y a qué escala. Frente a estos nuevos modos de la sofística, recuperar el pensamiento crítico y ejercer una mirada atenta frente al mundo, la realidad y sus dinámicas se vuelve una condición indispensable.
Agustina Miranda Giordano (Argentina): Profesora universitaria en Filosofía por la Universidad Nacional de Cuyo. Redactora de Diplomacia Activa.
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