Los ojos del continente en Brasil
Juan Esteban Maggi
El pasado 4 de octubre, más de 120 millones de brasileños se volcaron a las urnas para elegir al próximo presidente del gigante de Sudamérica. Se trata de la mayor economía de América Latina, uno de los principales socios comerciales de la Argentina, un actor con peso propio en el Sur Global y una pieza codiciada en la disputa entre las grandes potencias. Por eso, los ojos del continente (y de otras latitudes también) están puestos en Brasil.

Este artículo propone leer la elección en dos planos. En primer lugar, qué están mirando esos ojos, es decir, cómo llegó Brasil a esta instancia y por qué su polarización repite el patrón que caracteriza a la región. En segundo lugar, quiénes miran y por qué, en un tablero donde Washington y Pekín se disputan la región y donde el resultado del balotaje definirá tanto el margen de autonomía de Brasil como el lugar de la Argentina junto a Trump.
Qué miran los ojos del continente
Los primeros números engañaron. Durante las primeras horas del conteo del 4 de octubre, Flávio Bolsonaro superaba con un amplio margen a Lula da Silva, contabilizando el 51,2% de los votos y una diferencia de más de 10 puntos. Algunos analistas ansiosos, y muchos licenciados en «opinología», ya anunciaban un triunfo del Partido Liberal (PL) en primera vuelta, con poco más del 15% de las urnas escrutadas. Pero los votos del Nordeste, donde se concentran los municipios más pobres y los beneficiarios del Bolsa Família, suelen ingresar al final del conteo. Lula obtuvo cerca de 2 de cada 3 votos allí.
El antecedente estaba a la vista. En 2022, recién pasado el 70% del escrutinio, Lula superó a Jair Bolsonaro y dio vuelta la tendencia de la noche. Esta vez, sin embargo, el giro no alcanzó. Pasada la mitad del conteo, Flávio perforó el 50% y terminó con el 47,03% de los votos válidos, frente a 45,16% del líder del Partido de los Trabajadores (PT). Habrá balotaje el 25 de octubre.
Flávio y Lula reunieron juntos el 92,19% de los votos válidos. El tercer candidato más votado, Augusto Cury (Avante), acaparó tan solo el 2,89%. Entre trece candidatos, el centro prácticamente desapareció del mapa. Esa concentración, más que una señal de apoyo, expresa un intenso rechazo. Cada candidato ocupa uno de los dos polos del espectro político brasileño.
Por un lado, Flávio es el heredero político de un expresidente condenado a 27 años y 3 meses de prisión por liderar una trama golpista. Representa ahora el núcleo del bolsonarismo, articulado bajo la consigna «Dios, patria y familia». Se sostiene sobre un considerable voto evangélico y una cruzada contra la agenda progresista. Desde el rechazo al aborto y a la llamada «ideología de género», pasando por la flexibilización del acceso a las armas y la mano dura como respuesta a todo, hasta llegar a la enemistad permanente contra la prensa y las instituciones políticas. Una extrema derecha, hecha y derecha.

Por el otro lado, Lula, quien es la cara histórica de la izquierda latinoamericana. Fue uno de los arquitectos de la marea rosa de los 2000, junto a Hugo Chávez, Fidel Castro, Evo Morales, Rafael Correa y los Kirchner, alianzas regionales hoy difíciles de defender. En casa, el PT cargó con el Mensalão y el Petrolão, los escándalos de corrupción que llevaron a Lula a pasar 580 días preso, hasta que el Supremo anuló sus condenas por cuestiones procesales. Y, sin embargo, tanto en 2022 como en 2026, el ex-líder sindicalista intenta acaparar el centro del espectro sumando a Geraldo Alckmin (su viejo rival de centroderecha) como compañero de fórmula. Una izquierda tradicional que busca seducir a un electorado que ya no existe.

Brasil no es una excepción, sino el último capítulo del ciclo que abrió Argentina en 2023. Desde entonces, la región elige presidentes en sociedades partidas al medio, con elecciones que se definen en segunda vuelta y donde el ganador llega más por rechazo al adversario que por convencimiento propio. Ahí está el problema de fondo. Quien gana no logra construir legitimidad para gobernar, y al final del mandato el electorado lo castiga.
Los casos de este año lo ilustran con una claridad pedagógica. En Perú, Keiko Fujimori terminó ganando por apenas 49.641 votos al candidato izquierdista Roberto Sánchez. En Colombia, Abelardo de la Espriella se impuso a Iván Cepeda, candidato del petrismo, por unos 250.000 votos sobre más de 25 millones, menos de un punto. En ambos casos, la polarización terminó siendo capitalizada por la derecha, un patrón que se repite en casi todas las elecciones de la región desde 2023. Argentina con Javier Milei, Ecuador con Daniel Noboa, Bolivia con Rodrigo Paz, Chile con José Antonio Kast… y podemos seguir.
América Latina conoce bien estos movimientos pendulares. La marea rosa de los 2000, el giro a la derecha de mediados de la década pasada, la vuelta progresista de 2018-2022. Lo distintivo del ciclo actual no es la oscilación, sino que se movió el punto del que cuelga el péndulo. Se ha producido el vaciamiento del centro político, y con ello, todo el espectro se corre hacia la derecha.
En ese contexto, las campañas dejaron de competir por ideas para competir por la destrucción del adversario, y Brasil llevó esa lógica a otro nivel con la desinformación. El proyecto VigIA, de la agencia Lupa y la Unicamp, detectó al menos 554 deepfakes durante la campaña de primera vuelta, 29 de ellos publicados por candidatos o partidos pese a la prohibición del TSE. Ninguno de los candidatos quedó a salvo. Contra Lula circuló un audio fabricado con inteligencia artificial en el que supuestamente pedía buscar la forma de inhabilitar a Flávio y, de ser posible, encarcelarlo. El mismo día de la votación, un video recortado lo mostraba aparentemente arrojando al piso una bandera de Brasil. Contra Flávio se difundió un video con imágenes reales y la voz alterada en el que parecía decir que los trabajadores debían elegir entre resignar derechos o quedarse sin empleo. Completaron el cuadro una boca de urna falsa que lo daba ganador en primera vuelta y cotizaciones de Polymarket presentadas como si fueran encuestas.
Ni siquiera las encuestas reales lograron ofrecer una brújula confiable. Todas daban a Lula en primer lugar. Esto no fue un accidente aislado. En los últimos años, a nivel internacional, la derecha ha sido siempre “subestimada”. Ya los sondeos no vieron venir la magnitud del triunfo de Donald Trump sobre Kamala Harris, tampoco el caudal de Milei en la Argentina, Kast en Chile ni el de Paz en Bolivia, y algo parecido está ocurriendo con las derechas radicales en Europa.
Parte de la explicación está en la propia polarización. En sociedades donde votar por uno u otro polo se vive como una definición identitaria, muchos electores prefieren no declarar su preferencia ante un encuestador. El politólogo Marco Carvalho Teixeira, de la Fundación Getúlio Vargas, lo describió ante la agencia AFP como un “voto avergonzado”, el de quien elige a un candidato por rechazo a las alternativas, y que por eso lo calla en la encuesta y lo expresa solo en la urna.
A eso se le suma el voto estratégico. Una porción de quienes se inclinan ideológicamente por una tercera opción termina volcándose, a último momento, hacia alguno de los dos favoritos. Es la consecuencia lógica de una competencia tan polarizada. El centro no solo se vacía en la oferta electoral, sino también en la cabeza del votante.

Quiénes miran y por qué
Si la primera parte se ocupó de lo que miran los ojos del continente, esta segunda se pregunta quiénes miran y por qué. El balotaje del 25 de octubre no definirá solo quién gobierna Brasil, sino también qué lugar ocupará el país en un tablero regional que Washington y Pekín se disputan abiertamente. ¿Podría un Brasil gobernado por Flávio Bolsonaro desplazar a la Argentina como socio predilecto de Trump en la región? ¿Hasta dónde puede alinearse con Estados Unidos un país cuyo principal socio comercial es China? ¿Y qué significa todo esto para la Argentina de Milei?
Una primera pista está en cómo se hace la política exterior en cada país. Durante décadas, Brasil fue el ejemplo regional de una diplomacia de Estado. Itamaraty, como es conocida la Cancillería brasileña, era sinónimo de profesionalismo y continuidad más allá del gobierno de turno. En paralelo, la Argentina ha tenido una política exterior más permeable a la orientación de cada gobierno. Con Milei, la política exterior argentina adquirió una impronta marcadamente presidencial y una relación más tensa con el cuerpo diplomático de carrera. Hoy esa diferencia parece haberse acortado.
Para pensar estas preguntas conversé con Constanza Mazzina, doctora en Ciencia Política por la Universidad Católica Argentina y hoy directora de la Licenciatura en Ciencias Políticas de la UCEMA. A su entender, en Brasil el quiebre es anterior y llegó desde el otro lado del espectro.
«Hay continuidad en la política exterior, en las políticas de Estado de Itamaraty, hasta el primer Lula. A partir del segundo Lula, obviamente con Dilma, lo que vino después, se diluye o se rompe esta tradición que tenía Itamaraty de tener una agenda, una política exterior desideologizada. […] Vemos una política exterior mucho más ideologizada y ligada a la agenda presidencial».
En ambos países, entonces, la diplomacia profesional dejó de funcionar como este gran amortiguador de los vaivenes políticos. Hoy, quién llegue al Palacio del Planalto no heredará un servicio exterior que modere sus preferencias, sino probablemente una herramienta al servicio de su propia agenda.
Ahora bien, esa agenda tendrá que definirse frente a un Washington que volvió a mirar a la región con otros ojos, unos ojos del siglo XIX. Con su segundo mandato, Donald Trump volvió a mirar a América Latina como una esfera de influencia natural, en una relectura de la doctrina Monroe que recupera la vieja idea del patio trasero. El instrumento más visible es el Escudo de las Américas, lanzado en marzo de 2026 en Miami junto a una docena de presidentes afines, entre ellos Javier Milei. Lula y Sheinbaum, los líderes de las dos mayores economías de la región, no fueron invitados.
En ese esquema, la Argentina ocupa un lugar privilegiado. El respaldo financiero de Washington, condicionado abiertamente al triunfo oficialista en las legislativas de 2025, y la sintonía personal entre Trump y Milei convirtieron al país en el socio predilecto de Estados Unidos en el Cono Sur. Brasil recibió el trato opuesto. En julio de 2025, Trump le impuso un arancel del 50% invocando el juicio contra Jair Bolsonaro, y luego sancionó al juez del Supremo Tribunal Federal Alexandre de Moraes.

De ahí surge una paradoja. Para una Argentina gobernada por Milei, el resultado más conveniente del 25 de octubre es un triunfo de Lula. Mientras Brasil siga siendo el adversario de Washington en la región, la Argentina conserva su rol de aliado indispensable y los beneficios que trae aparejados, nos gusten o no. Un triunfo de Flávio Bolsonaro, en cambio, devolvería a Brasil al centro del radar de Trump, con un peso económico, territorial y demográfico con el que la Argentina difícilmente pueda competir.
Mazzina, sin embargo, matiza esta hipótesis. A su juicio, gane quien gane, Brasil enfrentará un frente interno demasiado complejo como para disputarle de lleno a la Argentina su lugar junto a Washington.
«Los dos escenarios, gane Lula o gane Flávio Bolsonaro, representan en gran medida una inestabilidad para Brasil, sea hacia la izquierda o hacia la derecha, con una elección muy polarizada, pero también muy peleada. Entonces, la relación con el Congreso va a ser altamente crítica, y la relación con el Tribunal Supremo, es decir, con la Corte Suprema de Brasil, también va a ser muy crítica. Me parece que en ese sentido las relaciones ejecutivo-judicial y ejecutivo-legislativo van a estar muy complicadas. […] Yo tenía en gran medida esta hipótesis también […] La respuesta para mí está dada en que Bolsonaro va a tener una agenda muy crítica hacia la política interna, y difícilmente pueda ocupar ese espacio, ese rol gravitacional a nivel internacional«.
A eso se suma una advertencia para toda la región. Con un déficit nominal que ya ronda el 9,5% del PBI, presionado sobre todo por el costo de la deuda, el próximo gobierno brasileño (ya sea Lula o Bolsonaro) tendrá que hacer un ajuste importante, y sus efectos no se quedarán exclusivamente dentro de sus fronteras. «Si a Brasil le va mal, en un punto a todos nos va mal», resume.
Aun así, incluso con el frente interno ordenado, Flávio enfrentaría otro límite, más difícil de sortear. Un Brasil bolsonarista tampoco podría alinearse sin matices. China es el principal socio comercial de Brasil y el destino de buena parte de su soja, hierro y su petróleo, y esa estructura no se modifica por decreto. Flávio deberá mantener cierta equidistancia entre Washington y Pekín, seguramente más jugada que la de Lula, aunque difícilmente ello represente una ruptura total.
El propio bolsonarismo ya transitó ese camino. Jair llegó al poder en 2019 con un discurso abiertamente hostil hacia China, pero en la práctica Pekín siguió siendo el principal comprador de Brasil durante todo su mandato. Todo indica que su hijo repetiría el patrón, con retórica de alineamiento, pero mucho más pragmatismo en los hechos. Mazzina coincide en que la realidad comercial terminará imponiéndose sobre el discurso.
«La relación de China con Brasil se profundizó muchísimo en estos años con la presidencia de Lula. Es muy difícil que hoy Brasil pueda prescindir o correrse de esa relación con China. […] Un poco como le ha pasado a la Argentina, más allá de lo discursivo, narrativo, después la realidad se impone. Y la realidad que de alguna manera se impuso tanto en la agenda de Milei, y como probablemente le ocurra a Bolsonaro si gana la elección, es que el comercio y las inversiones chinas representan hoy para Brasil un número demasiado importante como para decir ‘no, me corro de esto’ […] Me resulta claro que política y narrativamente se corra de ahí, pero que comercial y financieramente, la relación con China continúe por los andariveles en los que ha estado en estos años«.
Incluso pone en duda que Washington espere un alineamiento total. «Me parece que ni siquiera con Argentina piden un alineamiento absoluto», señala. La presión, anticipa, se concentrará en sectores puntuales.
«Es pensar las industrias estratégicas, o que afectan temas de seguridad. Estoy pensando sobre todo en minerales raros/estratégicos, y en temas de acceso a la información y de seguridad, sobre todo lo que es hoy la discusión en torno al 5G. […] En Brasil [esta discusión] la ganó Huawei. Entonces probablemente sí podamos ver una presión de la administración Trump […] enfocado en estos temas más relacionados con la geoestrategia, la geopolítica y la seguridad».
Mazzina resume ese escenario con un concepto: una autonomía condicionada en un contexto de great power competition. Brasil conservaría márgenes propios de decisión, aunque acotados por la competencia entre Washington y Pekín, una rivalidad cuyo verdadero campo de batalla son los minerales críticos, las telecomunicaciones y la infraestructura de datos. Ahí está la clave para entender hasta dónde podría llegar un eventual alineamiento de Flávio con Washington.

Hacia el 25 de octubre
La aritmética favorece a Flávio. Para alcanzar el 50% de los votos válidos le faltan poco más de tres millones de votos, mientras que a Lula le faltan casi seis. Tiene dos lugares donde buscarlos, y ninguno le resulta favorable.
El primero son los cerca de nueve millones de votos que fueron a otros candidatos, casi el 8% de los válidos. Ese caudal es, en su mayoría, terreno natural de la derecha. Lula, que compitió como candidato único del progresismo, llega al balotaje sin reservas propias de las que echar mano. Para ganar tendría que quedarse con casi dos de cada tres de esos votos.
El segundo son los 33 millones de brasileños que no fueron a votar. El antecedente, sin embargo, no es de mucha ayuda. Entre la primera y la segunda vuelta de 2022 se sumaron apenas 570.000 votantes. Lula necesita diez veces eso.
A su vez, si consideramos las cinco elecciones anteriores, quien ganó la primera vuelta ganó también la segunda.
Dos datos sobresalen. Primero, la suma de los dos primeros escaló de alrededor del 75% en 2014 y 2018 a más del 91% en 2022 y 2026. En pocas palabras, la polarización dejó de ser coyuntural. Segundo, el antecedente más cercano a la situación del PT es el del propio Jair Bolsonaro en 2022, es decir, un presidente en ejercicio que terminó segundo en la primera vuelta y perdió el balotaje. La historia, hoy, no acompaña a Lula.
A pocos días de celebrarse la primera vuelta, las cartas parecen inclinarse a favor de Flávio Bolsonaro, aunque en una elección tan peleada nada está definido. De todos modos, gane quien gane el 25 de octubre, Brasil ya mostró lo que los ojos del continente vinieron a ver: un reflejo de la situación que atraviesa nuestro hemisferio. Sociedades polarizadas que eligen más por rechazo que por convicción, una política exterior sumamente ideologizada y atada a la agenda presidencial, y una “vecindad” que Washington vuelve a mirar con los lentes de “patio trasero”.
Entre Washington y Pekín, Brasil, como el resto de América Latina, conserva un margen de maniobra cada vez más estrecho, inserta en una competencia entre grandes potencias que lo excede. Ninguna elección se juega solo puertas adentro, sobre todo cuando tantos ojos miran desde afuera.
Juan Esteban Maggi (Argentina): Licenciado en Relaciones Internacionales, Universidad Católica de Córdoba. Estudiante de Derecho, Universidad Nacional de Córdoba. Miembro de Diplomacia Activa
Categorías