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¿Qué significa ser internacionalista?

Por Luna Werner y Pilar Zárate

Reflexionamos sobre los desafíos de nuestra profesión, la necesidad de cuestionar nuestras certezas y la importancia de repensar cómo interpretamos un mundo cambiante.

Hay algo paradójico en elegir estudiar el mundo cuando este parece volverse, cada día, más difícil de comprender. Buscamos herramientas para explicar por qué los países se enfrentan entre sí, cómo se construyen los acuerdos y qué condiciones hacen posible un orden internacional. Sin embargo, a medida que avanzamos en nuestra formación, descubrimos que la realidad no siempre cabe en los libros y que comprender lo que sucede no significa necesariamente saber cómo responder ante ello. Ser internacionalista hoy es aprender a habitar esa incertidumbre.

El 24 de octubre nos invita a detenernos en esta idea. Ese mismo día, pero de 1648, se firmó el Tratado de Münster, uno de los acuerdos que conformaron la Paz de Westfalia, frecuentemente asociada con los orígenes del sistema moderno de Estados. Siglos después, otro 24 de Octubre, el de 1929, las bolsas del mercado de Wall Street comenzaron a caer en el “Jueves Negro”, iniciando una de las parálisis financieras más importantes de la historia. Y un 24 de octubre de 1945 entró en vigor la Carta de las Naciones Unidas, en un mundo que intentaba reconstruirse tras la Segunda Guerra Mundial. Como si el calendario quisiera recordarnos que el orden internacional se funda, se quiebra y se reconstruye, una y otra vez.

No son acontecimientos equivalentes, ni la historia internacional puede reducirse a una sucesión de fechas. Sin embargo, encontrarlos reunidos podría verse incluso irónico, porque nos permite reconocer uno de los rasgos más profundos de las Relaciones Internacionales, el de ser un saber que nuestra disciplina se construye en diálogo permanente con un mundo en continua metamorfosis. Estudiarlo exige, entonces, mucho más que conocer lo que ocurrió. Implica desarrollar las herramientas para interpretar lo que sucede y preguntarnos qué nos dicen esos cambios sobre aquello que creíamos comprender.

Esta es la lógica atraviesa la disciplina desde sus orígenes. En 1919 la firma del Pacto de la Sociedad de Naciones y la fundación del primer departamento especializado de política internacional en la Universidad de Aberystwyth, en Gales, dieron origen a las Relaciones Internacionales como campo de estudio autónomo. Desde entonces, cada alteración o ruptura del orden internacional impulsó nuevas preguntas y, con ellas enfoques teóricos, que buscaron responderlas.

Entonces, las teorías que articularon los cuatro grandes debates funcionaron como “lentes” que centraron el foco del análisis en la seguridad y el interés nacional, en las instituciones y la interdependencia, en las ideas e identidades o en una mirada crítica sobre quién interpreta el mundo.

Hoy, desarrollar nuevas herramientas para interpretar una realidad crecientemente compleja, nos interpela más que nunca. La guerra entre Rusia y Ucrania pone a prueba los principios de soberanía e integridad territorial, así como la capacidad de las instituciones internacionales para contribuir a la resolución de conflictos.

El creciente debilitamiento de las relaciones transatlánticas respecto al compromiso de Estados Unidos con Europa como el caso de Groenlandia o la OTAN plantea un debate sobre la autonomía en materia de defensa europea. La situación en Gaza nos enfrenta nuevamente a preguntas fundamentales sobre el derecho internacional humanitario, la protección de la población civil y las dificultades para garantizar que las obligaciones internacionales se traduzcan en una protección efectiva de los derechos humanos. A ello se le suma el avance de las tecnologías vinculadas a la Cuarta Revolución Industrial, que redefinen las capacidades militares, económicas y políticas de los Estados, al tiempo que desafían las formas tradicionales de ejercer el poder.

En este contexto de policrisis, entendida como la interconexión de una serie de crisis desestabilizantes, el tablero internacional vuelve a plantear la necesidad de reformular los marcos interpretativos con los que tradicionalmente entendemos la realidad desde nuestra profesión. También, frente a la proliferación de discursos que desestiman la capacidad del multilateralismo en la resolución de problemáticas comunes y del orden basado en reglas, vuelven a ensayarse nuevas respuestas, y los escenarios aparentemente más estables pueden dejar de serlo.

Esta constatación puede resultar abrumadora, pero también nos ayuda a comprender mejor nuestro lugar frente a la disciplina. Porque como internacionalistas, no nos formamos para tener una respuesta definitiva ante cada acontecimiento y la incertidumbre no tiene por qué conducirnos a la parálisis. Por el contrario, puede ser el punto de partida de una mirada más rigurosa y dispuesta a seguir construyendo.

El mundo está colmado de incertidumbres, y al ser este mismo nuestro objeto de estudio, nos obliga constantemente a habitarla, entendiendo que desde ese lugar lo mejor que podemos hacer es permitirnos repensarnos como profesionales. Y hacerlo no significa descartar lo aprendido, sino que se trata de revisar nuestras certezas, para formular nuevas preguntas y alimentar nuevos debates. El mundo puede estar en crisis, pero la única forma en la que podemos poner en ese lugar a nuestra disciplina sería renegando de su mutabilidad, y queriendo forzar a la realidad a encajar en categorías tradicionales sin aceptar el desafío de construir nuevas formas de pensar.


Quizás ser internacionalista consista, en parte, en aprender a mirar un mundo que nunca terminamos de comprender sin renunciar al esfuerzo de hacerlo. En aceptar que habrá preguntas que permanezcan abiertas, respuestas que debamos revisar y escenarios que no podamos anticipar, sin que eso nos exima de pensar, tomar posición y actuar con responsabilidad.

Nuestra formación no nos entrega un mapa definitivo,Nos ofrece, en cambio, herramientas para orientarnos, curiosidad para seguir buscando y criterio para no confundir nuestras certezas con verdades inamovibles. Comprender el mundo es estar dispuestos a interrogarlo una y otra vez, a reconocer lo que todavía ignoramos y a no perder de vista aquello que merece nuestra atención.

Porque el mundo no necesita que tengamos todas las respuestas; el mundo nos necesita atentos.


Luna Werner Robledo (Argentina): Estudiante avanzada de Relaciones Internacionales por la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires (UNICEN). Secretaría de Dirección en Políticas de Género de la Municipalidad de Tandil. Miembro de Diplomacia Activa.

Pilar Zárate (Argentina): Licenciada en Relaciones Internacionales por la Universidad Siglo 21 y estudiante del Máster en Gobernanza Global y Derechos Humanos de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM). Actualmente realiza prácticas en ECODES, en el área de Incidencia Política y Políticas Públicas. Miembro de Diplomacia Activa.

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